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Por: el Administrador
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Enero 05, 2007 |
Eran las ocho en el pasado por llegar y andaban sobre el hueso preguntando ¿cuál el lugar donde no muere al menos la tinta enmudecida de los versos?
Pablo Urquiza
Eran las ocho en el pasado por llegar y andaban sobre el hueso preguntando ¿cuál el lugar donde no muere al menos la tinta enmudecida de los versos? ¿cuál la cerradura, la bocanada ansiosa y complacida? ¿tanto fantasma merendando en la humedad y usted en su reloj sin calendario? ¡Las ocho de lo triste, reloj con ligaduras! Y usted cansado por los bronquios y los perros, por los que ya no pueden más y se retratan novios en los mortales poemas o las alamedas de un México borroso por la suerte del milagro a medias. Eran agujas cenicientas tus cánticos, reloj, la putaluzla fingía amable en tu vidriera, y reclamaban desde el hueso en el casi final de mi cuaderno: ¿por qué orilla voraz se va la sangre así desordenada y el secreto escondrijo de uno mismo se deshace y queda oscuridad y polvo en cuotas para el municipio? ¿fragmentar lo cotidiano, lo sagrado, lo ridículo y múltiple y dárnoslo a comer como en la paz de un cuarto? ¿no ser lo otro, desear ser ello y traducir de a partes la luna diciembre de los pájaros en la viudez del cielo, un nuevo amor, un amor siempre, y dárnoslo a comer como en la paz de nuestra mesa? ¡Las ocho de lo triste, reloj con ligaduras! ¡Las ocho de lo triste simplemente!
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Última actualización ( Enero 05, 2007 )
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