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Se acabó la fiesta ...Vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza |
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Por: el Administrador
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Enero 03, 2007 |
Las tradiciones perduran porque forman parte del instinto de conservación de la especie y, como un peso muerto obstruyen el cambio sin confrontarlo. La tradición, hecho repetitivo, siempre igual a sí mismo, refuerza el status quo, sacraliza lo existente y paraliza la renovación espiritual que se rezaga del progreso tecnológico y ampara lo conservador. Las tradiciones afirman el credo de que la comunión de los individuos con las fuerzas ignotas e inmarcesibles, gobernadoras del destino, producirá destellos de fortuna que de alguna manera alcanzará a los desposeídos, cosa que ocurre y como felices excepciones, confirman la regla.
Jorge Gómez Barata (Visiones Alternativas)
Como quien pacta una tregua consigo misma, la humanidad volvió a cobijarse bajo la inmensa carpa de imaginaria o real felicidad, que otorgan las fiestas y que la hace inmune a sus propias contradicciones y desdichas. Los que ya eran felices, lo han sido más y los desdichados han disfrutado sus migas de ternura y comprensión.
Aquellos que en todos los parajes y latitudes soñaron con que un día después comenzaba una era diferente y que las cosas cambiarían para ellos, pasaron por alto un detalle: no hay fronteras en el tiempo.
Se trata de un gigantesco ejercicio de evasión, un espejismo de dimensiones planetarias, un fenómeno ideológico, de los que acompañan a la condición humana desde el día de la creación, engendrados sin que nadie se los propusiera, a veces llamados tradiciones y tenidas como panaceas o momentos excepcionales para perdonar, amar, comer y beber. Todo en nombre de la tradición.
Las tradiciones perduran porque forman parte del instinto de conservación de la especie y, como un peso muerto obstruyen el cambio sin confrontarlo. La tradición, hecho repetitivo, siempre igual a sí mismo, refuerza el status quo, sacraliza lo existente y paraliza la renovación espiritual que se rezaga del progreso tecnológico y ampara lo conservador.
Las tradiciones afirman el credo de que la comunión de los individuos con las fuerzas ignotas e inmarcesibles, gobernadoras del destino, producirá destellos de fortuna que de alguna manera alcanzará a los desposeídos, cosa que ocurre y como felices excepciones, confirman la regla.
La idea de que el destino está escrito, fue puesta en circulación por quienes no necesitan cambiar. No fue ninguna mano todopoderosa la que prescribió en el libro de la vida una existencia para los hambrientos, ni quien privó de medicina a los enfermos; no es por su culpa que mueran los niños que podían sobrevivir con una vacuna de diez centavos y no es ÉL quien decide que no tengan juguetes los que se portaron mal.
No debiera extrañar que sean preciosamente las clases altas, el clero y los oligarcas quienes más defienden y utilizan la fe y adoran las tradiciones.
No se trata de purgar la cultura y deshacernos de los mitos y las leyendas que la adornan, sino de atribuirles un significado coherente con la condición humana, sólo concebible a costa de cambiar y progresar constantemente.
Es magnifico que los hombres crean en fuerzas sobrenaturales que los asisten en sus empeños, pero absurdo enajenarse atribuyendo a ídolos, deidades e ideas, fuerzas y capacidades que sólo los humanos tienen y peor creer que hay días de tregua para el sufrimiento que se agazapa sin remitirse.
Afortunadamente, al menos de América Latina, adonde nos llega mejor la vista, se reciben mejores noticias.
Son ya muchos los que comprenden que, al menos a escala social, donde es posible identificar los verdaderos problemas y las soluciones reales, para que las cosas cambien, se necesita de quienes quieran cambiarlas y estén dispuestos a correr los riesgos. No hay que suprimir las tradiciones, sino a quienes las usan como opio para pulmón ajeno.
Lo saben los cubanos y los venezolanos, los bolivianos que nada más comenzaron y no les dan tregua, los mexicanos a quienes no les permitieron elegir, los nicaragüenses que votaron por una nueva oportunidad para quebrar a la oligarquía y los millones de brasileños, argentinos y latinoamericanos a quienes los neoliberales, hacedores de destinos, junto con sus países les habían robado todo derecho y toda esperanza. Divirtámonos siempre que haya ocasión sin ser instrumentos de fuerzas que pactaron para nosotros el destino con sabor a resaca, del que nos advierte Joan Manuel Serrat, al revelar la verdad presente en las luces y las sombras de las magnificas fiestas de fin de año: “Vuelve el pobre a su pobreza/ El rico a la riqueza/ El avaro a las divisas/ Y el cura a sus misas… 3/1/07 |
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Última actualización ( Enero 03, 2007 )
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