Rotas las raíces del loto siguen unidas sus fibras.

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Mátame suavemente (Venezuela, madre de generosas entrañas) Imprimir Correo
Por: el Administrador   
Octubre 29, 2006
En otras palabras, la energía que todo ser vivo genera continuamente busca equilibrar su intimidad con el entorno. por Michel Balivo



En otras palabras, la energía que todo ser vivo genera continuamente busca equilibrar su intimidad con el entorno. Puede encontrar modos creativos y solidarios de hacerlo enriqueciendo el mundo. Una pregunta reiterativa de los amigos que leen y comentan mis artículos, que no cesa pese a todos mis intentos de aclaración, es ¿por qué mi insistencia en introducir el tema de lo irracional en la mayoría de los escritos y qué relación tiene ello con la revolución bolivariana?
Por tanto con el perdón de aquellos que no están interesados en el tema, hoy me voy a extender con la intención de dejar en evidencia qué parte juega lo irracional en nuestra vida cotidiana. Empezando por aclarar que irracional o no racional no es ninguna mala palabra, sino que simplemente hace referencia a todo aquello que no es lógico o racional, abstracto.

La revolución bolivariana irrumpió en el escenario nacional inesperadamente. La irrupción de un fenómeno siempre es inesperada, no prevista con anticipación. Y por ello ya deja de ser racional. Porque todo lo racional es conocimiento manejable, cuantificable, que crea una especie de circuitos cerrados de experiencias reiterables y manejables a voluntad.

Por tanto el modo en que la razón organiza la realidad crea cercos mentales o paradigmas estáticos, que excluyen selectivamente aquellos elementos que no entran dentro de su explicación. Estos por extensión se convierten en aleatorios o azarosos para esa concepción limitada de realidad y son tranquilamente negados por inexistentes, ya que no resultan asimilables o reducibles a su teoría. Algo así como el caballo con anteojeras.

No está de más agregar que nuestra imagen de realidad, del mundo, es algo así como un rompe cabezas de fotos pegadas por memoria. Es evidente que no podemos percibir más allá de nuestro entorno inmediato, y aún subidos a la más elevada montaña no podemos ver más allá de la ciudad.

Por tanto si bien hoy tenemos imágenes satelitales, es interesante comprender como nuestra conciencia apoyada en memoria, organiza y completa aquello que no puede percibir directamente.

Un aviador tiene otro punto de vista y otras experiencias diferentes al que observa desde la tierra plana. Prueba de ello son los libros de Juan salvador gaviota y El principito, justamente expresión de lo que se siente mirando desde esa altura. Si nos elevamos un poco más tenemos la experiencia del astronauta.

Este ya nos cuenta de una especie de experiencia mística al contemplar la Tierra desde el exterior. Abarcándola e incluyendo todos sus habitantes, contrario a la mirada racional que se apoya en diferenciar, comparar y clasificar objetos. Esa experiencia cambió el modo de vida de la mayoría de los astronautas.

Pero la revolución no solo irrumpió en Venezuela sino en el escenario mundial. Decir escenario mundial es otro modo habitual de expresarnos que no encaja con la realidad. Porque en verdad se trata de la difusión de noticias selectivas según intereses de los medios de comunicación, que las resuenan e impresionan en la atención o conciencia colectiva.

Este es otro tema interesante a dilucidar, ¿qué pasa cuando un tema irrumpe en conciencia colectiva? Porque mientras no se que algo está pasando pues simplemente no existe para mi. Pero una vez que entra en conciencia comienza el establecer comparaciones con mi propias circunstancias de vida, y puede permitirme comprender y sacar conclusiones que de otro modo al no tener puntos externos de referencia no tengo modo de comprender. ¿Qué sucede entonces cuando Telesur o los medios alternativos encadenados comienzan a dar una imagen alternativa del mundo a la existente y predominante? Sigamos entonces con nuestro tema.

Viviendo atentamente he llegado a una conclusión muy simple. El móvil inicial de todo pensamiento o intención es la incomodidad, la insatisfacción, el sufrimiento mental, la tensión acumulada. Y el objetivo lógicamente es relajar, descargar, equilibrar ese sistema de tensiones, es decir experimentar alegría, comodidad, gratificación.

Otra de mis conclusiones es que todos mis inconvenientes se originan o se han originado siempre en relación. Nunca me he peleado conmigo mismo, solo con las miradas de otros que ahora viven en mí. Por tanto cuando pienso intento dos direcciones, la primera es reconocer las miradas ajenas que viven en mi y me hacen infeliz y como librarme de ellas.

La segunda es reconocer las actitudes y conductas que generan inconvenientes en las relaciones, en los modos de actuar, corrigiéndolas de modo que se conviertan en reconciliadoras y gratificantes. He aprendido que es más económico reconocer mis errores y corregirlos que culpar a los demás e intentar cambiarlos, lo cual nunca me ha dado resultado.

Así pues generalizando podría decir que mi móvil esencial es reconocer y transformar el sufrimiento, la frustración en felicidad, alegría, en estados de ánimo positivos. Para mi son como la energía que mueve todo, son además contagiosos. Igual resultan los negativos, pero bloquean y paralizan el movimiento, hacen imposible ponerse de acuerdo. Porque parten justamente del conflicto, la molestia mutua, la irritación y los reproducen.

La idea es simple, me pregunto qué es lo que quiero que crezca en mi vida. Y simplemente eso es lo que alimento y afirmo descartando lo que reconozco ya no desear más. He descubierto de ese modo que las emociones negativas te mantienen encerrado en ti mismo mientras que las positivas abren tu espacio y trascienden tus límites para ampliarse contagiando tu entorno.

Todo eso me resulta una operativa muy simple para transformarme junto con mi entorno, y es por eso que no soy afecto a superestructuras intelectuales para comprender el mundo. Sobre todo ahora que cada vez se acelera más su transformación y el pensamiento reflexivo resulta cada vez más lento y complejo para moverse al ritmo apropiado.

Por lo cual se desfasa y aliena crecientemente resultando inoperante en cuanto a discernir direcciones superadoras en los hechos. A mi modo de ver la escena colectiva no es sino resultado de las complejas combinaciones de nuestras intenciones o direcciones de acción, que interactúan, accionan y reaccionan las unas sobre las otras de un modo estructural, contagioso y no lineal.

Por tanto no veo mejor modo de comprender lo colectivo que desde mi propia experiencia. Y es desde esta perspectiva que he llegado a conclusiones muy curiosas. Yo no sé como lo habrán vivido uds., pero yo me enamoré de una persona, una mujer en mi caso. A los pocos meses quedó embarazada y la persona desapareció para aparecer la función madre-niño.

Los profundos cambios hormonales de su cuerpo afectaron totalmente su siquis también, nunca más volví a encontrarme con la persona que conocí una vez. Con el tiempo comenzaron a aumentar los conflictos y tensiones entre nosotros hasta que un día decidimos separarnos.

Decir que decidimos separarnos es un modo de expresarlo que no coincide con lo que viví. Porque pese a que los conflictos eran crecientes, de algún modo yo seguía pensando que todo iba bien y estábamos construyendo un futuro juntos. El día que nos sentamos a hablarlo había una parte de mí que no podía entender ni creer lo que se planteaba. Pero se supone que uno ha de seguir adelante cuando las cosas ya no funcionan más.

Así que seguí adelante con toda mi extrañeza, incredulidad y pedazos rotos. Y seguí cargando con ellos, no los pude pegar. La experiencia terminó pero el conflicto y el sufrimiento no. Ese sufrimiento siguió creciendo hasta que llegó el punto en que me di cuenta que tenía que hacer algo con él o iba a convertir mi vida en un calvario.

Fue entonces que comencé a buscar el modo de transformar el sufrimiento en alegría, una operativa que me permitiera relajar ese tropismo creciente de tensiones que se había convertido en un hábito que solo reconocí cuando estaba ya a punto de explotar. Tuve que aprender a romper ese encadenamiento, esa programación reactiva.

Es ese mismo estado el que reconozco hoy en muchos acontecimientos en Venezuela, como “el Caracazo” por ejemplo, donde el pueblo salió a la calle decidido a todo, le ordenaron a las fuerzas armadas disparar y resultó una masacre. Ese pueblo ya no era la persona educada o domesticada que cumplía con una función social sin ocasionar problemas.

Su organismo se había alterado producto del elevado y continuado sistema de tensiones a que estaba sometido, había desplazado al operador habitual, y había tomado control de su conducta por contagio colectivo.

Tampoco nadie se había dado cuenta como llegamos a esa situación, solo se la percibió en el desenlace final, cuando desbordó los umbrales de la intimidad para irrumpir en su medio ambiente como conducta alterada, violenta. Fui entonces encontrando muchos ejemplos de ese tipo de circunstancias.

Hoy por ejemplo todo el mundo admite como dato científico que fumar es envenenarse poco a poco, aunque la gran mayoría no tenga la fuerza de voluntad para discontinuar el hábito. Todos nos horrorizamos ante una guerra y hasta decimos que los militares deberían hacer un acto de conciencia y negarse a ejecutar órdenes de asesinar a sus semejantes sin ningún motivo.

Sin embargo no reconocemos que el bloqueo a Cuba es igual a cuando en el medioevo sitiaban los castillos para impedir su abastecimiento de alimentos y rendirlos por hambre. Es una táctica de guerra por mucho que se la disfrace con el eufemismo de sanción económica.

Lo mismo puede decirse de un sistema de explotación creciente de los pueblos y de la práctica de la propiedad privada acumulativa y heredable. Son formas de irnos matando lentamente, día a día, generación tras generación. Pero en todos estos casos sufrimos de cortedad de vista para reconocer el alcance y resultado de la dirección de los hechos intencionados.

Pareciera que hasta que no vemos a alguien agredido físicamente, retorciéndose de hambre o dolor en el piso, no reconocemos violencia en los hechos. Tampoco reconocemos el sistema creciente de tensiones que un sistema opresivo de explotación genera en sus elementos.

Ni siquiera nos pasa por la cabeza que los conflictos matrimoniales puedan ser resultantes del mismo sistema colectivo de tensiones, pese a que la institución completa naufrague y haya tantos o más divorcios que casamientos, no vemos la menor relación entre una cosa y otra. Además acusamos y responsabilizamos a los elementos por fracasados y antisociales.

Jamás se nos ocurre que la gente es la que está viva y es sensible, y es su energía la que choca y se estrella con instituciones estrechas y frustrantes. Mi madre me contaba que cuando iba con sus padres a decirle que mi padre la maltrataba, ellos la devolvían a su casa porque le debía respeto y lealtad a su esposo que era quien proveía, aquel era ahora su hogar.

Tiene que estar apunto de estallar el mundo para que finalmente se admita el conflicto íntimo y se institucionalice el divorcio o separación de las partes. Es nuestra parte anímica, visceral, la que experimenta, sufre y reacciona a los elevados niveles de tensión que un sistema de opresión creciente genera, y es por eso que la irracionalidad crece e irrumpe en los escenarios.

Estos niveles de tensión que desbordan umbrales de tolerancia desencadenan los curiosos fenómenos que llamamos de masas, como cuando en una multitud se asustan, atropellan y pisotean. Muy similar a una estampida de ganado o a los acontecimientos del tsunami asiático, donde los animales huyeron mucho antes y ninguno fue atrapado por las aguas.

Contemplando todos estos aconteceres llegué a caer en cuenta que todo el ecosistema natural es y opera involuntariamente. Toda la base de nuestra vida conciente, racional, es irracional, simpática. Nacer, crecer, enamorarse, reproducirse y envejecer hasta morir no tienen la menor relación con la conciencia resultante de la acumulación histórica de conocimiento.

Nuestro cuerpo realiza cientos, miles de funciones simultáneas de la que ni nos enteramos salvo por señales de hambre, sueño, dolor, insuficiencia de energía o cansancio. Y es gracias a ello que disponemos todas las mañanas al despertar de la suficiente energía para desempeñar nuestras tareas, incluyendo la de razonar.

Entonces decimos estoy cansado, tengo sueño, me voy a dormir o me desperté. Como si fuera una acción del yo. Cuando en realidad es la función vegetativa la que recoge y entrega la energía y desconecta o reconecta el estado de vigilia que comienza a caer en semisueño camino del sueño. Es cómico imaginarse al yo durmiéndose y despertándose a si mismo.

Tal vez alguien esté pensando, ¿y a mi qué? ¿Adónde llegamos con todo esto? Simplemente a que a medida que el sistema de tensiones aumenta se altera cada vez más la conciencia y se activa una programación irracional que no solo no pasa por conciencia racional, sino que la corre, la desplaza sin pedirle permiso, directamente prescinde de ella.

Porque es prioritaria, ya que es la responsable de la supervivencia, de sostener la adaptación de la especie al entorno, sin cuyo equilibrio no hay posible energía para la conciencia vigílica o racional, no hay el menor manejo de las relaciones con el entorno, solo reactividad instintiva. Es por eso que pensar sin enterarse siquiera de que tenemos una base involuntaria, pensar racionalmente en el cuerpo, mirarlo desde afuera como una cosa o base animal sobre la cual cabalga el ego, tiene muy poca utilidad operativa. Además no solo se trata del cuerpo, sino del entorno natural completo cuyas funciones soportan la conciencia racional.

Desde esta mirada de la aceleración o intensificación de las funciones involuntarias en reacción al elevado nivel de tensiones a que las somete el modelo organizativo social, que es una creación mental, histórica social, racional, se comienza a comprender la agitación planetaria que presenciamos, por el predominio creciente de lo anímico o visceral.

Dentro de ese rango entra la irrupción creciente de los indígenas y mujeres en el escenario público, así como la alteración del equilibrio climático con sus consiguientes intensificaciones de huracanes, tsunamis, terremotos, volcanes en erupción, desplazamiento de las placas tectónicas submarinas, derretimiento de los polos y aumento de las aguas, sequías y lluvias prolongadas.

Porque el ecosistema se regula igual que nuestro cuerpo, estructuralmente. La alteración de cualquiera de sus partes implica a la totalidad, genera reacciones en cadena en el intento de restablecer el equilibrio necesario a la existencia. Traté entonces de imaginar la vida desde este enfoque vegetativo, involuntario en lugar del acostumbrado y estático orden racional.

Y se me ocurrió que la vida se desarrolla en un equilibrio inestable entre polaridades, por ejemplo fuego-hielo, calor-frío, vísceras-cerebro, pasiones-intelecto. Ya sabemos que el centro de la tierra es puro magma que los volcanes eructan cuando el grado de tensiones internas se vuelve ya insoportable hasta restablecerlo, así como ambos polos son acumulaciones de hielo.

Desde este ordenamiento el ecuador sería el corazón de la vida vegetativa, orgánica, y allí encontramos la mayor fuente de agua del planeta así como la misteriosa selva amazónica fuente y reserva genética de la vida vegetal y animal, mientras que los polos serían su periferia.

Coincide curiosamente el que hace cuarenta y cinco años sucedió la revolución cubana ubicada en la zona caribeña y que ahora sea en Venezuela que se rompa la inercia histórica o inicie el movimiento de cambios más apasionado. Que sea además la segunda vez en doscientos años, si es que se puede decir que alguna vez ese movimiento telúrico se detuvo.

Yo creo que después de esta breve ruptura de la visión racional a que estamos habituados, podemos comenzar a sospechar cuando menos la importante función que cumple lo involuntario en nuestras vidas. En una proporción más o menos como la de la delgada capa cultivable con respecto al resto de la masa total del planeta hasta el centro de la Tierra.

El modelo mental de organización social afecta continua e inevitablemente nuestros organismos. A medida que el tropismo histórico evoluciona se acrecientan y fijan los sistemas de tensiones. Por ese motivo se producen a ciclos cada vez más veloces desbordes de pasiones al chocar con la estrechez de las instituciones, hábitos y creencias.

Tenemos ya aparatos para medir preventivamente la creciente tensión interna de un volcán y desalojar anticipadamente la población para evitar inútiles muertes. Pero no sucede así con la creciente tensión social que siempre termina en inútiles masacres, holocaustos y guerras. Cuando sería tan simple como reconocer que las instituciones ya están obsoletas y es necesario abrir nuevas vías de expresión. Ampliar la democracia de representativa a participativa y protagónica por ejemplo, porque los niños ya crecieron y el vestido se puso estrecho. En lugar de masacrar a la gente para garantizar la continuidad de la máquina.

No otra cosa sucede cuando la mayor vitalidad y movilidad adolescente se estrella con la formalidad anquilosada de los hábitos y creencias adultas, cuyos sueños ya se frustraron y escondieron de su conciencia al verse obligados a adaptarse para ganarse el plato de comida caliente. Allí y así se abre la creciente brecha y lucha intergeneracional por el poder.

Hoy en día tenemos más que suficiente conocimiento científico y hechos comprobables como para saber que todo el reino orgánico, incluyendo nuestros cuerpos, es estructural y reacciona como uno solo al creciente sistema de tensiones que el tropismo histórico le impone. Por lo tanto cada acción egoísta es inevitablemente un alienarnos y matarnos suavemente.

Es justamente por eso que nos hemos convertido en un esforzado yo que da espaldas a sus sentimientos y sensaciones reduciéndose a una vitalidad cada vez más difusa, empujándose a si mismo a cumplir con las necesidades que su cuerpo y una organización social explotadora le imponen. Convirtiendo la vida en una obligación y pesada carga que dobla sus espaldas.

Nos han enseñado a temer y desconfiar de nuestro organismo, nos han dicho que deseos y pasiones son malas palabras. ¿Cómo podemos pues sentir vitalidad y ser felices cuando le tememos a las funciones que sostienen la vida, generan y hacen posible la conciencia vigílica?

El nuevo hombre y la conciencia revolucionaria continua de que hablaba el Che, requieren también de un poderoso nivel de energía vegetativa del que solo podremos disponer reconciliándonos con las fuerzas de la vida. Aprendiendo a darle dirección generosa, solidaria, creativa a nuestros deseos y pasiones, con lo cual los convertiremos en bendiciones.

Ninguna fuerza de la vida es negativa, salvo cuando por ignorancia o error la conviertes en enemiga de si misma. Eso es justamente lo que genera el temor a la vida, el egoísmo que aliena y encierra la conciencia en si misma.

Como todos sabemos tanto para los análisis en un laboratorio como para las tareas culinarias, es el control de la intensidad de la llama la que regula todo el proceso de transformación de los demás elementos, agua, aire y tierra, marcando el ritmo del metabolismo físico y químico.

Y si nuestro organismo es estructural con el ecosistema no sería tan extraño pensar que las tierras tropicales, caribeñas, sean los vientres madres de este parto. A fin de cuentas las tierras nórdicas con su difícil clima han de haber sido probablemente madres de la concepción del ser racional, previsor, acumulador de provisiones para el invierno, organizador de actividades especializadas y disciplinas sociales necesarias a sobrevivir en tan duras condiciones.

Mientras que en los trópicos no era ni siquiera necesaria las trashumancia porque los frutos eran perennes y por tanto los animales no emigraban huyendo del frío y en búsqueda de alimentos. Por lo cual no desarrollaron por necesidad dolorosa tales cualidades.

Sintetizando, si ganas en capacidad de relacionarte con tu intracuerpo, reconciliarte con tus sensaciones, sentimientos, intuiciones, sentir en general, comenzarás a sentir cada vez mayor plenitud vital. Y necesariamente tenderás, te sentirás fuertemente impulsado a expresarte, manifestarte, vaciarte, descargar creativamente en tu entorno esa extra energía o plus vital.

A eso le llamamos riqueza, plenitud desbordante, alegría creciente de sentirse vivo, generosidad, que proviene de generar, generación. Solidaridad, que separado dice sol y dar y dad.

Si por el contrario temes y das espaldas a tus funciones involuntarias, simpáticas, entonces dispondrás de una vitalidad difusa y tu conciencia superficializada se enajenará de su entorno natural e histórico. Es un fenómeno paradójico y difícil de reconocer.

Porque por un lado como ser vivo que eres generas continua energía, pero como estás negado a tu intracorporalidad sentida, a tu visceralidad, entonces toda esa energía queda bloqueada dentro de ti y se experimenta como creciente tensión, desborde emocional, expectativa desproporcionada de lo que las cosas que deseas harán por ti, te darán, en sencillo, fetichismo.

Toda esa energía represada, bloqueada y tensa se traduce a ensueños, a continuos deseos insatisfacibles y sin fin. Porque igual que el temor y la búsqueda de seguridad compensatoria, son ilusorias, no tienen asiento en experiencias reales sino solo sicológicas, imaginarias.

A esa condición de conciencia le llamamos carencia, pobreza interna, vacío que ensueña llenarse. Para esa conciencia el mundo todo no será más que un gran seno a succionar u objeto a poseer, para compensar su temor, su búsqueda de completarse y sentirse segura.

En otras palabras, la energía que todo ser vivo genera continuamente busca equilibrar su intimidad con el entorno. Puede encontrar modos creativos y solidarios de hacerlo enriqueciendo el mundo.

Pero también puede quedar atrapada, encerrada en si misma, sintiendo crecer impotente sus tensiones, sufrimiento mental, violencia interna. Que altera cada vez más su vigilia, se somatiza y al llegar a umbrales de tolerancia irrumpe violenta y descontroladamente en su entorno. La primera opción implica creciente conciencia de si, la segunda creciente automatismo, determinismo.

Hoy en día frío y calor, razón y pasión, varón y mujer, han de encontrar su equilibrio para que el aplastante peso de los hábitos históricos heredados pueda ser revertido. Para que podamos volver a sentir la alegría de vivir, reír, confiar y jugar juntos como cuando niños. Para que podamos desaprender todo lo que por ignorancia nos alienó de la vida que nos da a luz y sostiene. Para que podamos una vez más relajarnos, despreocuparnos y disfrutar.

Sexo, poesía y revolución, son la mejor combinación.

Última actualización ( Octubre 29, 2006 )

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