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Con motivo del Bicentenario de la Bandera Nacional |
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Por: el Administrador
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Marzo 14, 2006 |
Discurso de Orden en la Sesión Especial de la Asamblea Nacional del día 12 de marzo. “Cuando uno ha dedicado su vida a una sola y misma meta, siendo ésta el estudio de los principios acertados que llevan a los hombres a la felicidad, para aplicarlos en beneficio de la patria, uno no debe dudar de sus propios principios, ni ruborizarse por haberse pasado la vida en esas ocupaciones”
Por: Carmen L. Bohórquez / Orador Publicado el Lunes, 13/03/06 10:57pm imprímelo Discurso:
“Cuando uno ha dedicado su vida a una sola y misma meta, siendo ésta el estudio de los principios acertados que llevan a los hombres a la felicidad, para aplicarlos en beneficio de la patria, uno no debe dudar de sus propios principios, ni ruborizarse por haberse pasado la vida en esas ocupaciones”.
Carta de Francisco de Miranda al Primer Ministro inglés, William Pitt. Londres, 13 de junio de 1805.
Esta confesión de Miranda hecha ante William Pitt, al cabo de 15 años de difíciles e infructuosas negociaciones con el gobierno inglés, tratando de que le ayudaran militar y financieramente a armar su ansiada expedición libertadora a la América Meridional, nos da la medida de un hombre que convencido de un ideal, no cejó jamás en su empeño por hacerlo realidad ni se dejó tentar por ofrecimientos que pudieran desviarlo de su propósito, como tampoco amilanar por los obstáculos que tuvo que enfrentar ni inhibir en su acción por las críticas, burlas o amenazas de las que constantemente fue objeto.
En efecto, desde fines de 1783, año en el que nace Bolívar, y en el que Miranda concibe la idea de una América Meridional libre y unida en sola nación, hasta su muerte en la prisión de La Carraca, en Cádiz, España, el 14 de julio de 1816, no hubo en su vida un día en el que esta meta no estuviera presente, ya en sus lecturas, en su escritura, en su andar por el mundo, o en sus conversaciones con los distintos personajes con los que se fue topando, fueran estos reyes, primeros ministros, políticos, militares, filósofos, poetas, músicos o simples viajantes encontrados por azar en alguna posada del camino.
Fueron 33 años ininterrumpidos, la mitad exacta de su vida, pensando, obrando y entregado por entero a la causa de Nuestra América, como ya la siente y la denomina en esa página de su Diario, escrita el 1º. de junio de 1783, cuando habiendo tomado la decisión de desertar del ejército español, al cual había servido durante diez años, se embarca subrepticiamente en un navío norteamericano surto en el Puerto de La Habana, para salvaguardar su vida y sus proyectos; amenazado como estaba por varias órdenes reales que lo declaraban Reo de Estado, y por la propia Inquisición, que ya había enviado un agente a esta isla caribeña para que lo capturase y le confiscara las pruebas del grave delito cometido: leer libros que hablaban de otras formas posibles de gobierno y del derecho de los pueblos a la libertad.
Libros que venían alimentando su espíritu naturalmente crítico del orden instituido, quizás desde antes de dejar Caracas, en 1771, pero sí, ciertamente, desde su llegada a Madrid y con más fuerza, a partir de su ingreso como Capitán en el batallón de La Princesa, a fines de 1773. De modo que las ideas de Voltaire, de Rousseau, de Locke, de Montesquieu y de muchos otros, conformaban ya un sedimento de ideas modernas bien consolidado en su espíritu, cuando participa, en 1781, en la Batalla de Pensacola, en Florida, apoyando a los colonos norteamericanos en su lucha de independencia contra el imperio inglés. Extraordinaria paradoja que, a no dudar, debe haber producido enormes sacudidas en el andamiaje conceptual de Miranda y provocado serios cuestionamientos respecto al rol que él mismo, como soldado del ejército imperial español, estaba jugando en esa lucha de liberación colonial.
Consecuencia tal vez de esta sacudida es su afán, una vez que deserta y regresa a los Estados Unidos, ya sin ataduras militares, por conocer cada uno de los detalles de ese proceso que llevó a los colonos norteamericanos a conquistar su independencia. Fue tal el grado de conocimiento que llegó a tener del mismo, que el propio Presidente John Adams escribió en sus Memorias, que no había hombre en los Estados Unidos ni en el mundo entero, que conociera mejor y con mayor precisión cada una de las batallas libradas entonces contra Inglaterra, que Francisco de Miranda. Pero no sólo Miranda estudió esas batallas, sino que también se preocupó por examinar a fondo los cambios que la adopción del gobierno republicano estaba produciendo en la sociedad norteamericana, tanto en la vida cotidiana como en la vida productiva; al igual que estudió a fondo la nueva Constitución, discutiendo con los Padres fundadores de la nueva nación, los principios que la sustentaban.
De modo que seis meses después de haber llegado a los Estados Unidos, Miranda está plenamente convencido de que no sólo es posible, sino que es sobre todo necesario e impostergable que al igual que lo habían hecho las colonias inglesas del norte, también las colonias de la América del Sur se liberaran del yugo colonial y se constituyeran en una sola nación; una nación que dadas las extraordinarias riquezas naturales que albergaba en su inmenso territorio estaba llamada a convertirse, como le gustaba decir, en una de las naciones más preponderantes de la tierra y en un bloque de poder político que sin duda ayudaría a mantener el equilibrio internacional y a asegurar la paz en el mundo. Para designar esta gran nación libre y unida que habría de constituirse una vez derrotado y expulsado de América el imperio español, Miranda crea el sonoro nombre de Colombia. Nombre que tuvo mucho más éxito que su creador y que todavía un siglo después, seguía siendo utilizado por ilustres americanos para designar a esa patria grande que es nuestra América. Patria para la que también Miranda, años más tarde, diseñaría este hermoso tricolor que constituye hoy nuestra bandera nacional, y cuyo izamiento por primera vez hace 200 años, nos ha reunido hoy aquí en conmemoración y reconocimiento.
Concebida, pues, la idea, determinada la meta a alcanzar, y comprometido el espíritu y la voluntad para lograrlo, a partir de ese instante, Miranda se entregó por entero a hacer realidad este proyecto emancipador de la América Meridional. Su primer paso en esa dirección fue hacer de sí mismo un digno conductor de esa empresa y para ello, tomó la determinación de viajar a Europa a fin de completar “la magna obra de una educación sólida y de provecho”. Aunque también lo hizo para escapar del cerco que le venía tendiendo el Estado español; ese que desde sus primeros años en el ejército real y hasta que lo tuvo finalmente en sus manos en La Guaira, en 1812, no dejó jamás de perseguirlo por todas partes del mundo por las que anduvo.
Así, llega a Londres en febrero de 1785, y luego de permanecer allí seis meses, en los cuales se dedicó a estudiar la Constitución británica, a asistir a las discusiones de la Asamblea Nacional y a tratar de conocer el mundo político inglés, decide emprender un viaje de cuatro años por toda Europa, que lo llevará también hasta Constantinopla y el imperio ruso. Compartiendo plenamente las ideas de la Ilustración, Miranda recorrerá el gran libro del Universo para conocer otros pueblos, otras ideas, otras costumbres, otras formas de gobernar; recogerá textos constitucionales, discutirá sus principios con los respectivos gobernantes, medirá y comparará el grado de felicidad que cada forma de gobierno proporcionaba a los habitantes del país, sin dejar por ello de cultivar su espíritu y su intelecto asistiendo a conciertos y obras de teatro, visitando museos e iglesias, conociendo bibliotecas, comprando y devorando ávidamente cuantos libros le fuera posible adquirir, intercambiando ideas con científicos, inventores, poetas, filósofos, historiadores, músicos, religiosos, y con cuanta persona le pareciera interesante fuese aristócrata o gente del campo. Y todo eso, para fortuna nuestra, lo fue registrando cada día en su Diario de viajes.
Pero no se quedó sólo en las ideas, sino que decidido a conocer el mundo tal cual era, se interesó también en las condiciones bajo las cuales funcionaban hospitales, hospicios, lazaretos, manicomios y cárceles. Esta práctica la convirtió casi en un rito, que fue cumpliendo en cada una de las innumerables ciudades visitadas durante sus viajes; estando dispuesto, en todos los casos, a hacer llegar su denuncia a las más altas instancias de gobierno y a exigir la corrección de las injusticias constatadas. Caso emblemático, por sólo citar un ejemplo, fue la visita hecha a las cárceles y hospicios del reino de Dinamarca, donde se horroriza de tal modo por las condiciones de vida de los detenidos, que sale "resuelto a hablar con todo el mundo" para ponerle fin a dicha situación. Lo constatado lo impulsa a formular de inmediato un proyecto de reforma de prisiones que, acompañado de la obra de John Howard, El estado de las prisiones en Inglaterra, con observaciones preliminares y un informe sobre algunas prisiones extranjeras (1777), hace llegar a través de uno de los ministros de la corte danesa, al propio Príncipe de Augustenbourg. Y fue tan insistente la campaña que al respecto hizo, que muy pronto recibió la grata noticia de que el príncipe había ordenado que se corrigiera de inmediato la situación de las prisiones danesas, por lo cual bien podía tener “la gran satisfacción de haber hecho un bien a este país y a la humanidad” .
Igualmente fue motivo de preocupación de Miranda la manera en que eran tratadas las mujeres en las diferentes sociedades en las que tuvo oportunidad de interactuar. Si en su viaje por los Estados Unidos en 1783-84, se sorprende gratamente de ver que en general las mujeres superan a los hombres en sus modales, en su vestimenta, en su educación y en el cultivo de la inteligencia, en su recorrido por Europa critica acerbamente el que en algunos lugares las mujeres y en particular las mujeres pobres, sean tratadas poco menos que como animales; tal como lo denuncia al observar el trato que se le da a las “pobres esclavas georgianas” en el puerto ruso de Kherson. Vale, pues, subrayar cómo, contrario a la imagen frívola y donjuanesca que se ha construido y que algunos insisten en seguir construyendo de Miranda, por razones que preferimos no juzgar aquí, son mucho mayores las referencias que hace en su Diario de viajes, sobre la inteligencia, la cultura y las ideas sostenidas por las mujeres que se cruzaron en su camino. Con ellas intercambia libros, habla de literatura y de poesía, comenta los hechos más relevantes del momento, discute de política, les habla de América y de sus proyectos de emancipación, y en general, alaba sus dotes intelectuales y su sensibilidad para comprender los problemas de la sociedad. Su reconocimiento del ser femenino como igual, queda claramente demostrado en sus apreciaciones sobre la poetisa negra Phillis Weatley, de quien admira su talento y lamenta su suerte final, producto de la poca valoración que en muchas partes se le daba al cultivo de la razón y al hecho de que ese talento estuviera “preservado en este negro-ente”.
Esta defensa de los derechos de la mujer alcanza lo que es tal vez su máxima expresión, dado el contexto histórico en que la formula, cuando en la Francia revolucionaria le reclama al Alcalde de París, Jerôme Pétion, el “¿por qué en un gobierno Democrático la mitad de los individuos (las mujeres) no están representadas directa o indirectamente, a pesar de que están igualmente sujetas a la misma severidad de las leyes que los hombres han hecho a su voluntad? ¿Por qué al menos no son ellas consultadas sobre las Leyes que las conciernen más directamente, como son las del matrimonio, del divorcio, educación de los hijos,etc.? Yo le confieso que todas estas cosas me parecen usurpaciones escandalosas y muy dignas de ser tomadas en consideración por nuestros sabios Legisladores…” .
A sus muchos valores, Miranda agrega, pues, el de haber sido también uno de los primeros en alzar su voz por la defensa de los derechos de individuos y pueblos del mundo entero. En momentos como el actual en que hombres y mujeres de todos los continentes protestan y se organizan para reclamar y hacer cumplir las tan violadas Declaratorias de Derechos Humanos que desde entonces se han venido promulgando, la constancia y el empeño de Miranda en combatir la injusticia donde quiera que ésta estuviese presente, se erige hoy como imperioso reclamo que nos obliga y compromete cada vez más con la defensa de la Humanidad.
Esa conciencia y ese compromiso con la defensa de los valores más esenciales de la humanidad, más su conciencia de la injusticia del hecho colonial en América, hizo que Miranda convirtiera también esa etapa preparatoria que constituyen sus viajes, en una cruzada por la libertad de ese continente. Por boca de Miranda se enteraron muchos en Europa de lo que realmente estaba sucediendo en América, de las crueldades y asesinatos con las que habían sido sometidos sus habitantes originarios, del despojo de las riquezas naturales de sus vastas regiones, de la discriminación de que eran objeto hasta los criollos más encumbrados, y hasta de la negación del derecho a pensar, que ejercía el “infame Tribunal de la Inquisición”; como también se enteraron del descontento que agitaba algunas voluntades; del sacrificio de muchos indígenas que prefirieron perecer o refugiarse en lugares inhóspitos, antes que someterse a la ignominia de una esclavitud; y del reclamo de ayuda que por doquier se multiplicaba, para acabar con tan injusta situación. Puede decirse que fue Miranda el primer publicista de América en Europa y que no sin razón llegó a ser tenido por la monarquía española como su enemigo más peligroso, pues introdujo en la opinión pública europea una información que contradecía el discurso que España había gestado de ser la gran benefactora de los pueblos americanos.
En este andar de denuncias y de reclamos de justicia, y de evadir la persecución de los agentes españoles que le seguían los pasos, hay que reconocer la oportuna ayuda que le brindó la emperatriz Catalina de Rusia, quien no sólo se negó a entregarlo al embajador español que lo reclamaba en nombre de Carlos III, sino que lo hizo Coronel ruso, le otorgó una cierta cantidad de dinero, y le extendió un salvoconducto, que lo protegió durante el resto de su viaje y le permitió librarse de ser enviado preso a España, cuando tiempo después fue capturado por agentes españoles en Londres. Por ello, cabe decir que fue Rusia la primera y, materialmente, la única nación en apoyar decididamente y de manera oficial el proyecto emancipador de Miranda. Y esto no por las razones que aducen los frívolos cultivadores de la leyenda donjuanesca de Miranda, sino por razones fundamentalmente geopolíticas, dado el conflicto de intereses que en ese momento mantenían Rusia y España por el control de la costa americana del Pacífico norte; como también por la admiración que siempre tuvo Catalina por las ideas de la ilustración, como lo mostró al proteger también a Voltaire y a Diderot. Sin embargo, pareciera que estos últimos sí podían ser admirados por sus ideas, pero un americano como Miranda, tan sólo podía serlo por quien sabe qué ocultas razones.
En 1789 regresa Miranda a Londres, luego de haber pasado por el convulsionado Paris pocos días antes de la toma de La Bastilla. Considerándose formado en lo personal y con el proyecto emancipador mejor estructurado, inicia Miranda la tarea de la realización material del mismo, que no es otra que la de establecer las alianzas necesarias que le permitieran armar una expedición de 10 a 15 mil hombres y de preparar las condiciones necesarias para que otro tanto se le sumara en América, tan pronto desembarcara. No contando con medios financieros ni con respaldo de ningún grupo o movimiento, salvo la ayuda personal de algunos amigos, logra tener su primera entrevista con William Pitt, los primeros días de marzo de 1790. Pocos días después, le hace entrega ya de su primer “Plan para la formación, organización y establecimiento de un gobierno libre e independiente en América meridional”. Comienza aquí la primera etapa de lo que Miranda llamó “Negociaciones” con el gobierno inglés; las mismas que luego emprenderá con los revolucionarios franceses y de nuevo con los ingleses en 1798, cuando desengañado también de estos y en peligro su vida, tenga que abandonar furtivamente Francia para refugiarse de nuevo en Londres. En todo caso, estas negociaciones estuvieron siempre y exclusivamente dirigidas a obtener el apoyo necesario para armar su proyectada expedición contra el dominio español en América; pero nunca a cualquier precio, pues cuando estas potencias quisieron condicionar esa ayuda a que Miranda realizara ciertas misiones militares que favorecían sus intereses, pero que iban contra la dignidad de otros pueblos, como cuando Francia quiso enviarlo a someter la sublevación de los esclavos negros en Haití, Miranda prefirió rechazar dignamente el ofrecimiento y seguir postergando su proyecto liberador, antes que prestarse a atentar contra la libertad de otros.
Si bien antes de Miranda, ya otros americanos se habían acercado a Inglaterra buscando apoyo para enfrentar al gobierno español en su región, ninguno de ellos había llegado al extremo de cuestionar o de pretender revertir el orden colonial como tal. Más aún, ninguno llegaba siquiera a admitir la posibilidad de que otro orden fuese posible, pues incluso la rebelión de Túpac Amaru sólo pretendió una relativa autonomía. En general, los levantamientos y rebeliones que se habían dado en América tuvieron casi siempre un objetivo muy específico: hacer derogar un impuesto excesivo, protestar contra los abusos de un funcionario real, oponerse al monopolio del comercio por parte de compañías como la Guipuzcoana o, como también sucedió, establecer un enclave autárquico que sirviera de refugio a los esclavos que lograban burlar la vigilancia de sus amos. En todos estos casos, la fidelidad al rey se mantuvo prácticamente fuera de las motivaciones de la protesta, por lo que podemos decir que lo que estaba en el centro del cuestionamiento no era el orden mismo, sino alguna de sus manifestaciones, y bajo el supuesto no explícito de que la supresión de la causa de la protesta habría de traducirse en perfeccionamiento de la bondad del sistema.
De modo que cuando en 1790, Miranda se entrevista por primera vez con el Primer Ministro inglés William Pitt para hablarle de su proyecto emancipador, y le plantea como exigencia fundamental la necesidad que tiene la América española de que Inglaterra “le ayude a sacudir la opresión infame en que la España la tiene constituida”, está asumiendo por primera vez como causal de insurrección, no un hecho circunstancial o local, sino una razón esencial y universal: América ha sido constituida como oprimida .
Esta afirmación de Miranda constituye, sin duda, una clara expresión de la conciencia del hecho colonial; entendido éste, ya no como limitación de derechos particulares, sino como negación de todos aquellos derechos esenciales que en tanto seres humanos tienen los americanos. En otras palabras, Miranda denuncia la negación del ser americano mismo.
Establecida y hecha conciente esta condición colonial, Miranda se plantea entonces como un imperativo, la negación de dicha negación, es decir emprender una acción que permita superar esta condición y afirmar, por el contrario, el ser propio:
“En esta situación, pues, la América se cree con todo derecho a repeler una Dominación igualmente opresiva que tiránica – y formarse para sí un gobierno libre, sabio y equitable (sic); con la forma que sea más adaptable al País, Clima e Indole de sus habitantes.”
Afirmación que subraya no sólo el derecho de los americanos a ser y vivir libres de toda dominación, sino a ejercer plenamente su soberanía, determinando autónomamente la forma de gobierno que consideraran más apropiada a sus intereses. Aspiración legítima que todavía hoy algunas potencias pretenden negar y en cuya defensa, al igual que Miranda, estamos todos plenamente comprometidos. En aquel entonces, Miranda debió argumentar contra la tesis del imperium mundi que el Papa ejercía por derecho divino y que le permitía a España no sólo alegar – por ser concesión papal – propiedad legítima sobre América, sino, más que eso, atribuirle a la misma un cierto carácter sagrado que convertía de antemano en herejía cualquier cuestionamiento al ejercicio de este dominio. Contra esta pretensión, Miranda, siguiendo la tradición de Francisco de Vitoria (1480-1546) y de Francisco Suárez (1548-1617) , asume y defiende, por el contrario, la tesis de una comunidad internacional basada, no en un imperium mundi que se pretende necesario, perpetuo e inmutable, sino en la interdependencia de Estados soberanos que acuerdan someterse a los mismos derechos y obligaciones, esto es, a un Derecho de Gentes que es universal, evolutivo y contingente. Concepción bajo la cual todo pueblo preserva el derecho inalienable a la libertad y a la autonomía y, en consecuencia, el derecho a combatir por todos los medios a su alcance a quien quiera mantenerlo en un estado de opresión y tiranía. Derecho que todavía hoy los pueblos del mundo siguen estando obligados a defender con sus vidas ante pretensiones imperiales de nuevo cuño, pero igualmente insaciables, que siguen queriendo imponer el imperium mundi; alegando no ya el derecho divino, sino el derecho de su santa voluntad y de su fuerza militar.
Así, pues, es con Miranda que se reconoce por primera vez, de manera expresa, que hay una situación de negación de la esencia de los americanos y que en consecuencia estos, como hombres dignos, tienen todo el derecho o están plenamente justificados para rebelarse contra aquello que los niega: “seremos libres, seremos hombres, seremos nación; entre esto y la esclavitud no hay medio, el deliberar sería una infamia”.
La afirmación de ser americano resulta entonces para Miranda inconciliable con cualquier forma de sujeción. Ser es ser libre, sólo en libertad se puede ser verdaderamente humano, como sólo en libertad un pueblo puede llegar a constituirse verdaderamente en Nación. De allí, pues, que el proyecto político de Miranda se plantee, desde sus inicios mismos, acompañado de una búsqueda real de la identidad de nuestra América y, consecuencialmente, de una definición del ser americano. Búsqueda que comienza a cristalizar, como ya dijimos, en el forjamiento del nombre Colombia y del gentilicio colombiano, como afirmación de una conciencia de saberse siendo otro que la totalidad vigente y como proyecto histórico de construcción de una nueva realidad. Desde esta concepción Miranda no podía ver las luchas de independencia como una empresa de unos pocos, sino como una lucha colectiva: “un movimiento insurreccional parcial podría dañar a la Masa entera”, y por las mismas razones se muestra convencido de que la única manera de consolidar la independencia en el continente era fortaleciendo esa unión a través también de un único proyecto político colectivo. Para sustentar su propuesta de “unión indispensable” de toda la América Meridional, recurrirá a argumentos geopolíticos, económicos, pero también socioculturales. A su entender, no sólo compartíamos una historia común de opresión, es decir una misma problemática social y política, derivada de la secular situación de dominación, sino también un acervo cultural común que a pesar de esa misma dominación, se fue consolidando hasta conformar una identidad propia sobre la cual, una vez conquistada la independencia, se podría construir un solo Estado. Es decir, Independencia e integración son, para Miranda, ideas indisolubles que conforman un mismo proyecto político y que, ensambladas, constituyen la clave para que Nuestra América llegue a convertirse en un bloque de poder que contribuya a equilibrar el mundo.
Estas ideas las desarrolla en la llamada Acta o Instrucción de París, escrita en 1797, a la que podemos considerar –independientemente de las condiciones en que fue producida – como el primer documento integracionista referido a nuestra América, así como en la Proclama a los Habitantes del Continente Colombiano (alias Hispanoamérica) (1801), y en sus proyectos constitucionales de 1801 y de 1808, en los cuales explicita la estructura político-jurídica sobre la cual se ha de sustentar, regular y preservar dicha unidad continental, siempre basada en principios republicanos.
II
Con esta apretada síntesis, en la que hemos tenido que sacrificar muchísimas otras ideas igualmente importantes, hemos querido mostrar quién es el hombre que un 2 de septiembre de 1805, decepcionado de los ingleses, un tanto traicionado por la Francia revolucionaria, cuyo ejército llegó a comandar como Mariscal de Campo, primero, y muy pronto como General, y sin más recursos financieros que las seis mil libras esterlinas que había obtenido hipotecando su extraordinaria biblioteca, más algunas letras de crédito otorgadas por su leal amigo inglés John Turnbull, se embarca en Londres rumbo a los Estados Unidos, determinado a seguir adelante con su proyecto emancipador y decidido a armar por sus propios medios la expedición que viene planificando en detalle, desde por lo menos su primera conversación con William Pitt en 1790. Tres meses antes de embarcar, había escrito Miranda la frase que citamos al comienzo. Como vemos, a pesar de tantas vicisitudes y frustraciones, no ha dudado jamás de los principios que defiende, ni se ruboriza por haberse pasado la vida en esas ocupaciones.
Debemos también decir que paralelamente a esas negociaciones con los posibles aliados, Miranda emprendió, casi desde su propia llegada a Londres en 1784 y hasta que regresó a Caracas en diciembre de 1810 para impulsar la declaratoria definitiva de la Independencia, una intensa campaña epistolar y editorial dirigida a sus compatriotas de todo el continente americano; con algunos de los cuales, mantenía relación directa, como es el caso del venezolano Manuel Gual, refugiado en Trinidad luego de fracasada la conspiración de 1797; los otros, conocidos sólo por referencias indirectas; pero insistiendo con todos, para tratar de acelerar un proceso que equivocadamente creía que era compartido por muchos. Igualmente enviará agentes suyos a las propias colonias españolas; hará circular en ellas papeles que los españoles calificaron de incendiarios, entre ellos, la Carta a los Españoles Americanos del jesuita Viscardo; escribirá Proclamas y Proyectos Constitucionales; elaborará detallados planes militares a partir de la información que sus agentes en América le envían; y más tarde, de vuelta en Londres en 1808, luego de los negativos resultados de su Expedición Libertadora, enviará también a América su mayor esfuerzo publicitario: el periódico El Colombiano, publicado cada 15 días entre marzo y mayo de 1810 y cuyo objetivo era dar a conocer a los habitantes del Nuevo Mundo “el estado de las cosas de España para, según las ocurrencias, tomar el partido que juzguen conveniente en tan peligrosa crisis”
Vale decir de paso, que este periódico, el primero de corte independentista que se publicaba en Europa, constituyó en sí mismo un verdadero esfuerzo de información alternativa contra la rígida censura y que con su envío, clandestino por supuesto, a las diversas provincias de la América española, se pretendía no sólo proveer a los americanos de una información objetiva y veraz de lo que realmente estaba ocurriendo en España, sino que se intentaba también, a través de la deconstrucción del discurso oficial, mostrar los mecanismos mediante los cuales el imperio pretendía seguir enajenando la voluntad de sus siervos de ultramar.
En todos estos esfuerzos dirigidos a sus compatriotas, el énfasis de Miranda estará siempre puesto en marcar la diferencia casi ontológica entre americanos y españoles; en mostrar que no sólo los indígenas eran víctimas de la opresión, sino también los propios criollos; en reiterar que la libertad y la soberanía de los pueblos eran derechos esenciales y por tanto indelegables; que los más grandes pensadores eran unánimes en condenar la tiranía ejercida por una nación sobre otra y por si acaso ninguno de estos argumentos lograba hacer reflexionar a los criollos, insiste en señalarles también lo prósperos que podían llegar a ser si los cuantiosos recursos de América, en lugar de ir a enriquecer “a unos extranjeros codiciosos” se quedaran en manos de sus propios naturales:
“Conciudadanos, es preciso derribar esta monstruosa tiranía. Es preciso que los verdaderos acreedores entren en sus derechos usurpados. Es preciso que las riendas de la autoridad pública vuelvan a las manos de los habitantes y nativos del país, a quienes una fuerza extranjera se las ha arrebatado. Pues es manifiesto (dice Locke) que el gobierno de un semejante Conquistador, es cuanto hay de más ilegítimo, de más contrario a las Leyes de la naturaleza, y que debe inmediatamente derribarse” .
No le cupo duda alguna a Miranda de que la Independencia de la América Meridional era posible, ya fuera con ayuda de Inglaterra o de otra potencia, o ya con los propios recursos, como llegará finalmente a asumirlo cuando el desengaño ante las promesas incumplidas por estos supuestos aliados, lo enfrente a la realidad de los verdaderos intereses de esas potencias. Lo que sí le costará e incluso puede decirse que nunca llegó a aceptar totalmente, fue el hecho de que sus propios compatriotas no vieran lo que para él era, desde al menos fines de 1783, una verdad y un mandato histórico ineludible. En realidad, de muy poco valieron todas esas proclamas y escritos que, además de revelar tras ellas un intenso trabajo de investigación y análisis, fueron escritas con la pasión que brota de saber que se trabaja por una causa justa y por la defensa de los derechos más esenciales del ser humano.
Todo esto tenía Miranda en mente cuando desembarca en el Puerto de Nueva York el 9 de noviembre de 1805. Trae consigo, como ya dijimos, algunas notas de crédito, planes militares de desembarco en la Provincia de Venezuela, así como de ocupación de territorio hasta llegar a liberar Caracas, para luego emprender la liberación de la Nueva Granada, la Nueva España y el resto del continente; trae ya dispuesta la organización de lo que será el Ejército del pueblo libre de Colombia, habiendo calculado todo lo necesario para su equipamiento y hasta el diseño de los uniformes que portaría cada rango; trae su proyecto constitucional de integración y organización de la nueva República que habrá de crearse: Colombia, cuyos limites geográficos serían los mismos sobre los que se extendía el dominio español: desde el Sur del Mississipi hasta la Patagonia; trae su ya increíble Archivo que testimonia y recoge todos sus esfuerzos por la liberación de la patria americana, y sobre el que quiero aprovechar esta oportunidad para solicitar dos cosas: de la UNESCO, que ponga todo su empeño para que en este año bicentenario de la Expedición Libertadora, el Archivo del General Miranda sea finalmente declarado Patrimonio de la Humanidad; y del Señor Presidente, con todo respeto, que ordene la culminación este mismo año 2006, de la colección Colombeia, esa nueva edición del Archivo del General Miranda, emprendida desde hace 30 años por la Presidencia de la República y de la cual, increíblemente, sólo han aparecido 18 tomos, a pesar de que ha sido objeto de dos decretos presidenciales. Es una deuda que tenemos con el Precursor y con ello estaríamos dando además cumplimiento al deseo expresado en su testamento, redactado hace 200 años, de que sus compatriotas conozcan, leyendo los papeles de su Archivo, de sus esfuerzos por la libertad de América.
También trae Miranda consigo el diseño de lo que habrá de constituirse en el mayor símbolo de esa América libre y unida en una sola nación: el de una bandera de tres franjas horizontales amarillo, azul y rojo, que hará coser más tarde con telas adquiridas en Haití, la primera nación libre de la América del Sur, y que será izada a bordo del Leander, el bergantín que ha logrado contratar y armar a duras penas en el puerto de Nueva York, y que el 12 de marzo de 1806, anclado frente a las costas de Jacmel, servirá de escenario para que los colores colombianos de la libertad ondeen al viento por la primera vez. “Esta enseña, dice James Biggs, uno de los testigos de ese acto, está formada por los tres colores primarios que predominan en el arco iris. Hicimos una fiesta en esta ocasión: se disparó un cañón e hicimos brindis por los auspicios de un pendón que se espera nos lleve al triunfo de la libertad y de la humanidad en un país largamente oprimido”.
Mucho se ha dicho y escrito sobre esta bandera, y sobre la fuente donde se pudo haber inspirado Miranda para diseñarla y adoptarla como la bandera de Colombia. Algunas tesis, muy respetables y posibles; otras deleznables y hasta ofensivas respecto al inmenso esfuerzo desplegado por Miranda y respecto a la profundidad de su pensamiento. Pudo Miranda, ciertamente, haberse inspirado en los colores incaicos, o en la teoría del color de Newton, o quizás en el triángulo de color de su contemporáneo Goethe, formado por estos tres colores amarillo, azul y rojo, bajo el principio de simetría y complementareidad. No nos dice expresamente Miranda nada al respecto, aunque sí está claro que siempre pensó en estos tres colores y no en otros, como lo prueban algunas de las cartas que envía a funcionarios ingleses calculando los metros de tela amarilla, azul y roja que necesitará para hacer las banderas de Colombia.
Ante esta ausencia de referencias distintas a la señalada por Biggs, y por algo debe haberlo dicho, en lo personal preferimos la tesis de que efectivamente Miranda pensó en los colores primarios del arco iris para enseña de su Colombia, en tanto todos ellos están contenidos en el blanco, su fusión produce el negro y desu combinación surgen todos los demás colores, de la misma manera que Miranda imaginaba a Colombia como constituida por la integración de todas sus partes y de todas sus diversidades culturales en un proyecto histórico común. En todo caso, este tricolor es la única bandera referida directamente por Miranda en su voluminoso Archivo, como la bandera de Colombia. De eso no cabe duda alguna; otras banderas que se le atribuyen responden o a referencias dadas por terceros, sin prueba documental de que Miranda la haya en realidad considerado, o bien se trata de las insignias navales que todo barco tiene como distintivo particular y que no deben, en ningún caso confundirse con la bandera de Colombia.
Es, pues, esta bandera tricolor la que Miranda izó tal día como hoy, hace 200 años, a bordo del Leander, como pendón de la libertad y como afirmación de la dignidad esencial de los americanos del sur. Es este mismo pendón el que hará igualmente flamear en Tierra Firme, cuando desembarque en La Vela de Coro el 3 de agosto de 1806, y ocupe con su ejército colombiano, el Fortín San Pedro, primero, y luego La Vela misma y la ciudad de Coro, colocándolo en todos los lugares prominentes de estas ciudades; acompañado además de su hermosa “Proclama a los pueblos habitantes del Continente Américo-Colombiano”, que había hecho reproducir también a bordo del Leander, por medio de un arma cuyo valor Miranda siempre apreció y que por ello no podía faltar en su expedición: una imprenta.
Proclama ésta que anuncia que “llegó el día, por fin, en que recobrando nuestra América su soberana Independencia, podrán sus hijos, libremente manifestar al universo sus ánimos generosos”, es decir manifestar esa honesta “índole nacional” que tres siglos de opresión no habían logrado corromper, y a partir de la cual sería posible recuperar “nuestros derechos como ciudadanos y nuestra gloria nacional como americanos colombianos”. Es ésta también una Proclama que habla y asume la igualdad como un derecho a ser instituido: “Que los buenos e inocentes indios, así como los bizarros pardos, y morenos libres crean firmemente, que somos todos conciudadanos, y que los premios pertenecen exclusivamente al mérito y a la virtud en cuya suposición obtendrán en adelante infaliblemente, las recompensas militares y civiles, por sus méritos solamente”. Afirmación que, por supuesto, no iba a agradar en lo absoluto a la integrantes de la élite criolla, que todavía cinco años después se resistían a declarar la independencia definitiva respecto a España, por el temor de que esos pardos, indios y morenos de los que hablaba Miranda, pretendieran igualarse e ellos.
Son todas estas ideas de libertad, de unidad y de igualdad las que están representadas en esta bandera tricolor cuyo bicentenario celebramos hoy. Por defender esta bandera, ante la cual juraron, a bordo del Leander un 24 de marzo, ser “fieles y leales al pueblo libre de Sur América, independiente de España, y servirle honrada y lealmente contra todos sus enemigos y opositores, cualesquiera que sean”, murieron ahorcados y descuartizados, el 21 de julio, en las afueras de las murallas del Castillo San Felipe (hoy Libertador), en Puerto Cabello, 10 de los valientes miembros de la tripulación mirandina, capturados en Ocumare de la Costa, cuando el Precursor intentó desembarcar por primera vez; y cuya memoria debemos también honrar en este año bicentenario.
Por temor a esta bandera, a que fuera la chispa que incendiara la pradera, fue quemado el retrato de Miranda en la Plaza Mayor de Caracas, junto con la propia bandera hecha pedazos, ejemplares de su Proclama y una de las patentes de oficial de su ejército colombiano.
Por temor a esa libertad y a esa igualdad que esta bandera anunciaba y que ponía en grave peligro sus privilegios, los criollos de Caracas y del resto de las provincias, contribuyeron generosamente a ponerle precio a la cabeza de Miranda y se apresuraron a demostrar que no tenían nada que ver con las intenciones de ese “traidor”, que pretendía poner fin al “dulce yugo de la obediencia al rey”.
No imaginaban estos criollos que cuatro años más tarde, la crisis del imperio español, agudizada por la invasión de Napoleón, pondría a ese rey en prisión y les llevaría a instalar gobiernos autónomos en sus provincias; no por las mismas razones por las que había luchado Miranda tanto tiempo, sino porque vieron la oportunidad de asegurar sus privilegios asumiendo también el control político que hasta ese momento había estado en manos de los peninsulares. Pero Venezuela ya no era la misma. Algo había cambiado. Si bien la expedición de Miranda de 1806 no logró sus objetivos militares, sí mostró que el imperio no era invulnerable, que había americanos dispuestos a dar hasta la vida por acabar con el dominio español en América e instaurar en ella un gobierno distinto que asegurara la libertad y la igualdad.
Por otra parte, estas ideas de libertad y de igualdad que los pensadores de la ilustración habían ayudado a conformar y a difundir, y que habían sacudido a Europa con la Revolución francesa, también habían germinado en otros americanos. De modo que la instalación de Juntas autónomas abrió también el espacio para que esas corrientes revolucionarias emergentes, entre las que se encontraba el joven Simón Bolívar, José Félix Ribas, y otros, comenzaran a expresarse abiertamente. El regreso de Miranda a Caracas en diciembre de 1810, va a contribuir a galvanizar y potenciar estas fuerzas emergentes, y esta alianza, más su posterior incorporación al Congreso Constituyente en junio del siguiente año, hará que los criollos se vean forzados a declarar definitivamente la independencia ese 5 de julio de 1811. El sueño de Miranda se vio realizado ese día, el de Bolívar comenzaba a tomar vuelo.
El nuevo gobierno establecido entiende – quien sabe si a instancias del propio Miranda – que la nueva república proclamada necesitaba una insignia por la cual pudiera ser distinguida en el concierto de las naciones libres. Es así como el Congreso Constituyente nombra una comisión de Diputados, compuesta por el General Francisco de Miranda, el Capitán de Fragata Lino de Clemente y el Capitán de Ingenieros José De Satta y Bussy, para que presenten un diseño para la bandera del nuevo estado soberano. El proyecto, presentado el 9 de julio de 1811, asume el tricolor mirandino como símbolo de la nación, aunque añade, en la franja amarilla junto al mástil, un escudo con la imagen de una indígena sentada en una roca y portando en la mano derecha un asta rematada por un gorro frigio. A su espalda se lee “Venezuela Libre”, y en una cinta a sus pies, “Colombia”, el nombre creado por Miranda para designar la América del Sur independiente y unida. Es decir, esta bandera de 1811 recoge también la idea mirandina de una sola patria americana, como lo recogió igualmente la primera Constitución que se dio la República. Esta bandera, en la que también figuran los emblemas del comercio, de las ciencias, de las artes, un caimán y vegetales, así como un sol que se asoma sobre el horizonte, fue enarbolada en la Casa de Gobierno el 14 de julio de 1811, el mismo día en que se publicó solemnemente en Caracas el Acta de la Independencia.
Luego vino la reacción realista, primero interna, cuando en Valencia se sublevan algunos “vecinos” contra la República y a Miranda se le da el comando de las fuerzas patriotas que deben someterlos y hacerles aceptar la independencia; lo que hace exitosamente, aunque de manera incompleta pues el descontento también se manifiestaba en las Provincias de Coro y Maracaibo, donde la Junta de Gobierno no le permitió llegar. De allí que cuando la reacción realista venida del exterior y encarnada en la persona de Monteverde, inicie el contraataque desde Coro a comienzos de marzo de 1812, va a encontrar el campo libre y las condiciones apropiadas para constituir una fuerza lo suficientemente poderosa, que ayudada por el fuerte terremoto del 26 del mismo mes, por la grave crisis de abastecimiento, por la tardía reacción de la Junta de Gobierno de poner bajo un único mando las diversas milicias, por las rivalidades entre los propios mandos republicanos, por el terror que causan los levantamientos de los esclavos negros en Barlovento y los valles del Tuy, y, finalmente, la pérdida por insurrección interna del arsenal de Puerto Cabello, al cuidado en ese momento de Bolívar, pondrá en jaque a las fuerzas republicanas, cuyo comando le había sido asignado a Miranda el 23 de abril, obligándolas finalmente a capitular el 24 de julio de 1812. Seis días más tarde, Miranda es detenido en La Guaira por un grupo de jóvenes oficiales, entre los cuales Bolívar, quienes ante los sanguinarios desmanes que estaba cometiendo Monteverde, ahora lo culpaban de haber aceptado la capitulación. Entregado a los españoles, fue encerrado en la Guaira; luego en Puerto Cabello, en el mismo castillo donde habían estado detenidos sus hombres seis años atrás; después, por el temor de que fuera liberado, cuando ven avanzar triunfante a Bolívar desde la Nueva Granada, en lo que se ha llamado la Campaña Admirable, los realistas deciden trasladarlo a Puerto Rico y, finalmente, a la prisión de La Carraca, en Cádiz, donde Miranda morirá olvidado el 14 de julio de 1816.
Pero las ideas y la bandera de Miranda no murieron, sino que por el contrario se fortalecieron bajo el empuje y la también admirable constancia de Bolívar, quien no sólo volvió a hacerla flamear en Venezuela, una y otra vez, sino que la llevó por casi todo el continente abriéndole paso a su espada libertadora.
Más tarde, perdida la II República y mientras Bolívar se encuentra realizando la campaña de Guayana, para intentar restablecer nuevamente el mando republicano, otros patriotas, entre los cuales Santiago Mariño, intentan establecer un Gobierno en el nororiente de Venezuela sobre las mismas bases federales de 1811. Aunque efímero y desaprobado por Bolívar, el Congreso que allí logra instalarse dicta algunos decretos, entre los cuales modificar la bandera de la República, manteniendo las mismas franjas mirandinas, pero en lugar de la india sobre la franja amarilla, son colocadas 7 estrellas azules, que representan las siete provincias que declararon la Independencia en 1811: Caracas, Barcelona, Cumaná, Margarita, Barinas, Mérida y Trujillo. Este decreto tiene fecha 12 de mayo de 1817 y es cuando aparecen las estrellas por primera vez.
Poco tiempo después, Bolívar completa la liberación de la Provincia de Guayana y de inmediato decreta que la misma sea tenida como una provincia más de la República de Venezuela, cuyas bases está tratando de consolidar nuevamente. Para sellar esta incorporación, decreta, el 20 de noviembre de 1817, en artículo único, lo siguiente:
“Artículo único: A las siete estrellas que lleva la bandera nacional de Venezuela, se añadirá una, como emblema de la provincia de Guayana, de modo que el número de las estrellas será en lo adelante el de ocho. Dado, firmado de mi mano, sellado con el sello provisional del Estado y refrendado por el Secretario del Despacho, en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Angostura, a 20 de noviembre de 1817”.
Ocho estrellas que la creación, en 1819, de la gran República de Colombia, en la que se unían en una sola nación las Provincias de Venezuela, Cundinamarca y Quito, y la adopción de la correspondiente bandera, por decreto del 4 de octubre de 1821, emanado del Congreso General que se reunió en Cúcuta, hicieron desaparecer de la bandera tricolor en tanto no tenían sentido dentro de este gran ensayo integrador republicano. Lo lamentable fue que disuelta la llamada Gran Colombia en 1830, las estrellas no fueron retomadas cuando de nuevo se constituyó la República de Venezuela; tal vez porque no se quería recordar en ese momento el principio federativo que representaban las siete estrellas iniciales y, mucho menos, la que había agregado Bolívar, quien en diciembre de ese mismo año muere abandonado, execrado y traicionado por los mismos por cuya libertad había consagrado su vida.
Sin embargo, lo que sí se mantuvo sin variaciones en el tiempo fue el amarillo, azul y rojo primigenios de Miranda, por lo que puede decirse que este tricolor se ha constituido en el hilo conductor que nos permite ir desentrañando la trama de nuestra historia, con sus desacuerdos y contradicciones, con injusticias y olvidos, con momentos aciagos y momentos de gloria, ciertamente, pero siempre adelante en la conquista definitiva de nuestra libertad, en la reafirmación de nuestra dignidad como pueblo, y en el ejercicio pleno de nuestra autonomía y de nuestra soberanía, no dispuestos a hipotecarlas bajo ningún concepto ni ante ninguna pretensión imperial, como bien nos enseñaron esos dos grandes hombres, esos dos grandes americanos que fueron Miranda y Bolívar, y que hoy, con la incorporación de la octava estrella decretada por Bolívar a esta bandera bicentenaria que nos legó Miranda, vuelven a unirse paradecirle al mundo que la unidad de la América Latina se consolida y que en esta tierra no hay cabida sino para la libertad y para la victoria de la humanidad sobre cualquier intento de opresión.
1 AGM, T. III, pp. 138 ss.; Colombeia, T. VI, pp. 200 ss. 2 AGM, T. I, pp. 315-316 3 Carta de Miranda a Jerôme Pétion, del 26 de octubre de 1792. En Carlos A. Villanueva, Historia y Diplomacia. Napoleón y la independencia de América, París, Garnier Frères, 1911, p. 64. 4 Archivo del General Miranda, Negociaciones, T. XV, pp. 114-119. Edición preparada por Vicente Dávila. Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1938. (Colombeia. T. IX, pp. 39-44. Ediciones de a Presidencia de la República, Caracas, 1988). 5 Ibidem, p. 115. 6. De jure belli, relectiones theologicae (15..). 7. Tractatus de Legibus ac Deo legislatore (15..) 8. “El Colombiano” de Francisco de Miranda. Prólogo de Caracciolo Parra Pérez. Nota bibliográfica de Pedro Grases. Caracas, Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana, 1952. 9. En este punto, Miranda da como referencia de John Locke, “Del Gobierno Civil – art. conquista injusta”, que corresponde al capítulo 3 de Two treatises on government, publicado en 1690. Cf. Archivos, Neg., T. XVI, p. 117. 10 James Biggs, Historia del intento de Don Francisco de Miranda para efectuar una revolución en Sur América. Publicaciones de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1950, p. 31.
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Última actualización ( Marzo 14, 2006 )
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