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Siete horas de discusión y muchos momentos tensos, terminaron con una
declaración de buenas intenciones que trata de remendar lo que debe soldarse.
La
reunión de UNASUR en Bariloche, Argentina, dejó un sabor a horchata. Aún así,
podemos resaltar algunos puntos importantes: la casi inmediata reunión de
cancilleres y ministros de defensa, el compromiso de no amenazar la soberanía e
integridad de ningún otro país y verificar la situación de las fronteras
nacionales en toda la región para que, una próxima reunión cumbre, tome
decisiones.
Pero nadie pudo ponerle el cascabel al gato y el gato se instaló nomás en sus
bases: tres aéreas, dos navales y dos terrestres. Hubo un momento en que parecía
roto el diálogo, pero finalmente se impuso el criterio mediador. Cristina
Fernández precisaba llevar a buen término la reunión de la que era anfitriona.
Lula quería dejar al o la futura gobernante del Brasil, un proyecto de unidad en
marcha. La presidenta Bachelet no iba a tomar partido en sus complejas vísperas
electorales. Alan García, preparado para arremeter contra nuestro presidente Evo
Morales, prefirió dejar las cosas como estaban y terminó apoyando el texto
conciliador. En fin, los que se batieron allí, fueron Evo Morales, Rafael Correa
y Hugo Chávez, contra un Uribe acorralado pero firme en su papel de mejor aliado
norteamericano.
Y ahora, ¿qué hacemos con ese documento? Para los presidentes de Venezuela,
Ecuador y Bolivia, hay un reto que no pueden eludir: restablecer el proceso de
unidad regional para el cambio. Porque no se trata de unir Sudamérica para
recorrer, una vez más, las indefiniciones y los incumplimientos del Pacto Andino
o el MERCOSUR. Aquéllas, fueron experiencias frustrantes, de las que pueden
resaltarse acercamientos y una que otra convicción, pero que no contribuyeron a
la unidad. Claro que aún subsisten, pero deberán insumirse en UNASUR cuando
llegue el momento.
¿Cómo salvar a UNASUR en su orientación primigenia? Los paños tibios han
destruido muchos buenos propósitos. Son parte de la estrategia de desunión, esa
estrategia usada por Washington para mantenernos enquistados en nuestros
nacionalismos que sólo conciben alianza con el poderoso, algo así como el
padrino que se nombra para bautizos, matrimonios, promociones y campeonatos. Por
lo tanto, la estrategia, con la que podremos prescindir de padrinazgos, es y
solamente puede ser de complementación y coordinación económica. Por supuesto,
la cualidad política es la base de tal estrategia. No habrá ninguna coordinación
entre enemigos políticos.
¿Cuál es la base política? No se trata de proclamarnos seguidores de una
doctrina. Ya pasamos esa experiencia, cuando nos obligaron a implementar la
política de las fronteras ideológicas. Se trata de algo más sencillo pero, a la
vez, más comprometido: un planteamiento que podríamos llamar de soberanía
compartida. Los países componentes de UNASUR se comprometen a respetar la
soberanía de cada uno de sus asociados, reconociendo que todo acto soberano será
en beneficio de la unidad. Una acción que sea intimidante o ponga en riesgo la
integridad de los otros, no podrá implementarse en tanto no se logre un acuerdo
sustancial.
Avanzando en tal sentido, puede y debe identificarse el o los problemas
económicos principales que aquejan a la región. Si el tema es energético,
pongamos por caso, deben elaborarse planes y programas conjuntos que busquen
soluciones en base a la complementación. Habrá que desterrar la práctica
mercantilista de la que no saldrá beneficiado ninguno de nuestros países, sino
las naciones enriquecidas.
El presidente Evo Morales, hace un año más o menos, propuso conformar un
fondo común de UNASUR para enfrentar la crisis que, en aquel momento, parecía
que sería catastrófica. Habrá que suponer que, los mandatarios asistentes, los
mismos que estuvieron este viernes en Bariloche, tomaron nota de la sugerencia,
pero no hicieron nada en ese sentido. Aquélla fue una falla tremenda porque, si
se ponía en práctica, habríamos reducido mucho más el impacto de la crisis.
Ahora que estamos saliendo de aquel remezón debemos estudiar seriamente, ya no
la creación de un fondo, sino la organización de un banco con una moneda
sudamericana, intenciones y decisiones ya se han tomado, pero aún no se
concretan.
La cuestión, ahora, tiene carácter militar. Tropas norteamericanas están en
territorio sudamericano y, la mayoría de los gobiernos de esta región, rechazan
esa presencia, considerándola peligrosa para la estabilidad sudamericana e
intimidante a la soberanía de nuestras naciones. Otra cosa es que, para evitar
diferendos, se haya optado por un texto que, por no agredir, termina sin decir
nada.
Pues bien. Comencemos a revisar nuestra situación. ¿Acaso no es intervención,
la presencia de fuerzas militares de varios países sudamericanos en Haití? No
sólo estamos allí; también estamos en el Congo. Es que, aquellos países, ¿son
distintos a los nuestros? Se dirá que formamos parte de los cuerpos de paz de
Naciones Unidas. La intención inicial de formar tales cuerpos fue propiciar la
paz en países convulsionados por conflictos internos, pero los resultados han
sido nefastos. Otra preocupación proviene de la instrucción relevante que
Estados Unidos les da a los oficiales de nuestros países en Fort Bening, a donde
se retiró la Escuela de las Américas que funcionaba en Panamá. Todavía hay
países sudamericanos que pasan por esa experiencia de instrucción perversa, pues
allí se mantiene el ideario de las fronteras ideológicas.
Los gobernantes de
Sudamérica se propusieron formar la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR).
Que no sea una más de las buenas intenciones frustradas.
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