|
Hoy (Valladolid 2001) celebramos, de este modo, no la lengua del imperio, sino la lengua de
encuentros, la lengua de reconocimientos, la lengua que liga a Lorca y Neruda, a
Galdós y Gallegos, pero también a Marcela Serrano y a Nuria Amat, a Juan
Goytisolo en España y a Juan Rulfo en México. Escuchar el audio aquí
-Quiobas manís, ¿qué jáis de la baraña? -La mera neta, a todas
margaritas. -Pos yo te echo vidrio medio destorlongado. -Tu en cambio,
bien fufurufo. -Es que me metí a la polaca y a mí pelones y mamones. Tú en
cambio mírate qué verijón. -Es que yo no sé pintar un tololoche. -Oye, tú
necesitas un jiricaso pa' ponerte más almeja. -Pos que's más que la verdá,
nomás me falta hecerle a la limonada. -No seas bato furriel, cuasimodo, la
chingadera es que me chingué... -Pues vidrios, mejor éntrale conmigo a la
polaca. -N'ombre, la polaca es la casa de la risa. -Estás hecho camote.
¿No necesitas laniza? -Un chirris. -¿Quieres estirar las de batir
lodo? -Nel. -Entonces ponte los cuatro fanales y vamos a todas margaritas.
Tienes ínfulas de marciano, bato. -Pelones al chile. Éntrale conmigo a la
jarcia. Vamos a girarle al jerez seco, al chicloso con mandarín y al chocolate
de fumanchú. Te juro que le ronca la progenitora. -Ay cuasimodo, tu vida es
un huarachazo. -No le zacatées, manís, vamos a chillar con la lira y déjame
darte un jiricaso pa' ponerte más almeja. -Ataca matraca.
Este diálogo está dicho en el habla popular de la ciudad de México.
Ahora bien, traducido al español de todos los días, la parla totacha de la
ciudad de México leería sí: -¿Qué tal, mi hermano?, ¿cómo te
encuentras? -La pura verdad, muy bien. -Pues yo te veo un poco
maltratado. -Tú en cambio, siempre tan elegante. -Es que entré a la
política y ya sabes, yo puedo lidiar con quien sea. Tú, en cambio, no te ves muy
pulcro. -Es que yo no me presto a malas jugadas. -Oye, tú necesitas un
golpe en la cabeza para ver si despiertas. -Pues la verdad es que sólo me
falta pedir limosna. -No seas tonto. Colabora. Hay que prestarse a
todo. -La verdad, amigo mío, es que estoy bien jodido. -Pues mejor abre
los ojos y entra conmigo a la política. -No hombre, la política es un
manicomio. -Estás confundido. ¿No te hace falta dinero? -Mucho. -¿Quieres
morirte de hambre? -No. -Entonces abre bien los ojos y todo te saldrá
perfecto. -Tienes ideas poco realistas, muchacho. -No importa. Entra
conmigo a la polícia secreta. Te propongo que manejemos juntos el negocio de la
droga. -Ay, mi hermano, para ti la vida es un baile. -No te eches para
atrás, compadre. Ahora vamos a tocar la guitarra y déjame darte un golpe en la
cabeza para despertarte. -Está bien. Vamos.
Pero este diálogo que todos ustedes entienden, sería otro argot
incomprensible para Cicerón, quien lo habría escrito en estos términos:
-Salve, mi frater! Quómodo vales? -Revére, óptime. -At ergo te paulo
vexatum video. -Te autem semper adeo excultultus.
-Quia ego in públicam administrationem intravi et -ut seis- cuiaue possum
conversari. Tu sutem non adeo mundus videris.
-Quia ego non óbsequor malversatiónibus. -Cave! Opus est tuum caput
percútere si forsam expergiscaris. -Revera autem mibi tantum mendicare
deest. -Ne desipias. Collábora. Obsequendum est cuique rei. -Revera, amice
mi, valde eversus sum. -At pótius áperi óculos et ad públicam
administrationem mecum intra. -Non, mehércule! Administratio est
insania. -Tu obnibularis. Nonne tibi deest pecúnia? -Multum. -Visne fame
perire? -Non. -Tum óculos bene áperi et ómnia tibi bene cedent. -Parum
ínterest. Mecum íngredi in secretam millitarem custodiam. Te invito ut simul
narcoticorum negotium geramus. -Eheu, mi frater? Tibi vita saltatio
est. -Ne retrogrediaris, amice. Nunc fidículum pulsemus et sine tuum caput
percutiam ut expergiscaris. -Bene est. Procedamus.
Agradezco cumplidamente al Dr. Tarcisio Herrera, del Colegio de México, esta
espléndida versión latina y el acceso al habla popular mexicana al joven
novelista mexicano Pedro Ángel Palou.
Si empiezo con estos ejemplos de tres maneras de decir lo mismo, es para
establecer, de entrada, el tema de mi discurso esta mañana en Valladolid.
El español es una lengua impura y en su impureza reside su valor, su
tradición, su renovación, y su comunicabilidad.
He llamado al orbe hispanoparlante el «Territorio de la Mancha».
Mancha lingüística, en expansión: 400 millones de seres humanos hablan hoy el
castellano, convirtiendo a nuestra lengua en la segunda del mundo occidental y
la cuarta, después del chino, el inglés y el hindi, universalmente.
Mancha lingüística en expansión también porque es lengua de migración y el
fenómeno migratorio será uno de los ejes de la realidad mundial en el siglo
XXI.
Mancha lingüística de mestizaje porque la mayor parte de los que hablamos
español no pertenecemos a una sola raza, sino que somos, en el continente
americano, descendientes de indígenas, negros, europeos y todos los mestizajes
de por medio y, en Europa, España es acaso el país más mestizo, celtíbero,
fenicio, griego, romano, godo, judío y árabe.
¿Lengua del imperio, entonces?
Así la llamó Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática de la lengua
española, publicada en el año crucial de 1492.
Año de unidad española bajo los signos de la pureza de sangre, la
intolerancia y el dogma religioso.
Año de la conquista de Granada y el fin de la presencia política del Islam en
la península.
Año de la expulsión de los judíos y año, en fin, del doble descubrimiento de
América por Europa y de Europa por América.
Hechos paradójicos, contradictorios y que reclaman aun hoy nuestra
atención.
¿Cómo iba a ser lengua del imperio, excluyente y exclusiva, una lengua
tamizada, hasta el día de hoy, en una altísima medida, por la lengua árabe que
nos permite decir a los hispanoparlantes y sólo a nosotros, azotea,
almohada, alberca, alcachofa y alcázar, olé y ojalá, además de naranja, limón y jaque mate? ¿Cómo iba a irse de
nuestra lengua la herencia árabe que da origen, recogida por el Arcipreste, a
nuestro Libro de Buen Amor, que se dirige «a... todos nos... a todos
los cristianos, e moros e judíos», la totalidad de la gente de España, como
indica Américo Castro? ¿Cómo iba a ser lengua del imperio, excluyente y
exclusiva, la lengua hebrea y su adaptación sefardita, el ladino, hablada y
publicada hasta el día de hoy por los descendientes de la diáspora de 1492 y su
entrañable amor a España, la «madre bienquerida» en el poema que los sefardíes
clavaron en las puertas del exilio, junto con las llaves de las casas españolas
donde habían vivido desde tiempos del emperador Adriano, esperando regresar un
día a ellas?:
«A ti, España bienquerida, nosotros madre te llamamos y mientras toda nuestra
vida tu dulce lengua no dejamos. Aunque tú nos desterraste como madrastra de tu
seno, no estancamos de amarte como santísimo terreno, en que dejaron nuestros
padres... las cenizas de millares de sus amados. Por ti, España, nosotros
conservamos amor filial, país glorioso».
Con estas palabras antiquísimas recibieron las comunidades sefardíes el
Premio Príncipe de Asturias en 1990 y al entregarlo, el Príncipe Felipe les
abrió los brazos y les dio la bienvenida a casa a los expulsados de 1492 con
estas otras palabras, particularmente válidas para un congreso como este que se
reúne en Valladolid: «La grandeza del mundo hispánico es inseparable de la
diversidad cultural de sus componentes», dijo Don Felipe, y añadió dirigiéndose
a la comunidad sefardí: «Desde el espíritu de concordia de la España de hoy, y
como heredero de quienes hace quinientos años firmaron el decreto de expulsión,
yo los recibo con los brazos abiertos y con una gran emoción».
No fueron palabras de contrición sino de reconocimiento, pues no es ajena la
vitalidad y continuidad de nuestra lengua al aporte de los intelectuales judíos
de la corte de Alfonso el Sabio en el siglo XIII, cuando las grandes historias
universal y española, las grandes recopilaciones de las leyes de España y hasta
las reglas del ajedrez, fueron escritas en español, y no como hasta entonces, en
latín, gracias a la insistencia del brain trust hebreo del rey de
Castilla.
Bueno, ya se me salió una expresión en inglés y ello me regresa al continente
americano, donde 400 millones de hombres y mujeres, del Río Bravo al Cabo de
Hornos, hablamos castellano en los que fueron dominios de la corona española
durante 300 años; pero un continente en el cual, al norte de México, en los
EE.UU. de América, otros 35 millones también hablan español, y no sólo en lo que
fueron tierras de la Nueva España primero y de México hasta 1848 -la frontera
sudoeste que va de Texas a California- sino hasta el Pacífico Norte de Oregón,
hasta el centromedio de Chicago y hasta la costa este de Nueva York.
Se habla por este motivo de una reconquista de la antigua extensión
del imperio español en Norteamérica. Pero debemos atender el llamado de alerta
que nos pide ir más allá del recuento de cuántos hablan nuestra lengua a la
cuestión de si el castellano es competitivo en los campos científicos,
filosóficos, informativos y literarios en todo el mundo, asunto planteado hace
poco por Eduardo Subirats.
Podemos contestar que no, en el campo científico, a pesar de contar con
eminencias mundiales, no podemos sumar, nos dice el gran hombre de ciencia
colombiano Manuel Elkin Patarroyo, no contamos, en Iberoamérica, más que con el
1% de los científicos del mundo.
En cambio en la filosofía somos vigorosos renovadores, portadores de dudas
metódicas, y ejemplifico apenas con los nombres de Santiago Kovadloff en la
Argentina, Martín Hopenhayn en Chile, Luis Villoro en México, y en España,
Emilio Lledó.
En cuanto a información, contamos, en castellano, con algunos de los grandes
diarios del mundo, de Madrid a Buenos Aires y de Bogotá a México. Y muy
llamativamente, la presencia de la prensa y la televisión hispánica en los
EE.UU. se traduce, someramente, en 1 300 publicaciones periódicas en español,
doscientos cincuenta semanarios y veinticuatro diarios que venden un millón de
ejemplares cada 24 horas...
En cuanto a la literatura, este Congreso es ejemplo espléndido de un vigor
creciente, de una presencia probada y de un porvenir probable.
Para dar respuesta cabal a la pregunta formulada, hay que ir, de todos modos,
a la historia de las historias de nuestra lengua como fenómeno competitivo
dentro y fuera de España, ya que la competencia histórica ha sido interna a
España como nación multicultural y a Hispanoamérica como conjunto de naciones, a
su vez, multiculturales, en un continente dominado por una superpotencia
angloparlante que rápidamente se convierte en archipiélago multilingüe y
multicultural, no sólo anglo e hispanoparlante, sino rayado de chino y de
coreano, de japonés y vietnamita, es decir, anuncio de lo que será en el siglo
XXI la cuenca del Pacífico, nueva frontera para los EE.UU., la nación
continental prevista por Tocqueville, que en nombre del «destino manifiesto» se
extendió del Atlántico al Pacífico hasta derrumbarse al mar en California -the
slide area-, donde la esperan las milenarias culturas de Asia, y pugnó por
extenderse al sur hispanoamericano que hoy le devuelve, como decimos en México,
«el chirrión por el palito». Las intervenciones de fuerza norteamericanas en
Latinoamérica están siendo contestadas por una invasión pacífica de
Latinoamérica a los EE.UU., y sus legiones hablan español.
Con razón establece la dimensión actual de este tema Felipe González, quien
admite que el inglés es la lingua franca de nuestros días en materia de
transacción económica e información tecnológica. Pero insiste, con razón
también, en que nuestra aparente capitis dimunitio como hispanohablantes oculta
una verdad que debemos afirmar una y otra vez.
A pesar de las apariencias, el espacio cultural angloamericano es más
reducido que el espacio cultural hispano. «Cuando alguna personalidad del mundo
de las letras recibe un reconocimiento en ese espacio nuestro -escribe el ex
presidente González- poco importa... que su nacionalidad sea colombiana,
peruana, argentina o española. Todo el mundo de cultura hispánica lo considera
suyo».
Por el contrario, en el poderoso mundo político, militar, económico y
comercial de la lengua inglesa, persiste una balcanización cultural notoria,
precisamente, en el campo de la lengua. Los EE.UU. y la Gran Bretaña, dijo
famosamente Bernard Shaw, son dos países unidos por el mismo océano y separados
por la misma lengua. Un escritor norteamericano -salvo T. S. Eliot y ni
siquiera, malgré lui, Henry James- jamás es asimilado en la literatura inglesa,
privativa de la isla británica. Y aunque escriban en inglés, Wole Soyika es
nigeriano, J. M. Coetzee es surafricano, Derek Walcott es antillano, Anita Desai
es hindú y sus obras no se suman a un acervo común anglófono desconocido como
tal por sus propios autores y lectores, en tanto que Rubén Darío y Antonio
Machado, Valle Inclán y Juan Carlos Onetti, José Gorostiza y Luis Cernuda,
Isabel Allende y Antonio Muñoz Molina, son inmediatamente asimilables al gran
magma de la literatura en castellano, la ciudadanía literaria mestiza,
transatlántica, la lengua común de La Mancha.
Es más: la lengua castellana tiene una fuerza de penetración en el territorio
mismo de la máxima potencia mundial y angloparlante, los EE.UU. de América, que
el inglés, por más utilitario que sea, no posee en las tierras de habla
hispánica de uno y otro lado del Atlántico.
El inglés penetra en España y en la América española en el nivel del
comercio, las finanzas y la publicidad, el espectáculo y la información. Es una
penetración vasta. Pero en la práctica, pocos hombres y mujeres hispanoparlantes
son, además, angloparlantes.
El inglés hoy, como el francés en el pasado, es lengua de élite en el orbe
hispánico. En cambio, el castellano penetra en lo más hondo y numeroso del
territorio norteamericano: es lengua de 35 millones de norteamericanos, es
lengua de religión, de cultura, de gastronomía, de familia y de amor. ¿Cuántos
hispanos en Norteamérica le dicen «mi amor» a su esposa? Muchísimos. ¿Cuántos
hispanoparlantes les decimos a nuestras mujeres «my darling»? Espero que
ninguno.
En suma: acepto las indicaciones de mi amigo Federico Campell acerca de la
penetración de la lingua franca inglesa en el castellano de América Latina e
Iberia, pero la propia expresión lingua franca me lleva a remarcar la
imposibilidad de hablar inglés en los EE.UU. sin acudir constantemente a la
lengua francesa, presente en Inglaterra desde la conquista de la isla por
Guillermo y sus normandos en 1066.
Repito un diálogo entre dos señoras escuchado hace poco por este escritor en
el restorán neoyorquino La Goulue de la Nouvelle York:
-Garcón, what's on your menu? -A la carta or dégustation? -Anything except
nouvelle cuisine, it's déjá vu. -An aperitif first? -Call the
sommelier. -There's a nice Margaux mise en bouteille au chateau. -Truly
d'origine? -Ask the maitre d'hotel. -The bouquet tells its all, c'est
magnifique. -En tout cas, en attendant, some hors d'oeuvres would be de
rigueur . -Followed by soupe á l'oignon and a filet mignon á point with
béarnaise and frites. -You know, it's the best bistro in the
quartier. -Well, maybe I'm parti pris but just look at the midinette over
there... -You can't avoid la canaille these days... -Who's her chevalier
servant? -He looks rather louche to me. -Yet he does have a certain je ne
sais quoi¼ -And a mauvaise reputation, on cite a crime passionel and all that¼
-Sans blague! Perhaps you have a parti pris¼ -No, without any arriere pensée, he
goes only after filles de joie... -She looks more like a femme de chambre to
me... -He is very much á la page, tu sais... -But she's not very much á la
mode¼ -Well, maybe she dresses a bit ancien regime... -Please, no double
entendres, she is just plain ancien¼ -Ma chere, it's an affaire de coeur¼ rien á
faire... -Well, finish your peche melba and let's flanner the quartier¼
-Don't forget the pourboire... -Come on, move your
derriere... -Allez-y.
Lo interesante es señalar la aparición de un nuevo fenómeno lingüístico que
Doris Sommer de la Universidad de Harvard, llama con gracia y precisión «el
misturado continental», el spanglish o espanglés, pues a veces priva la
expresión inglesa, a veces la castellana, en un fenómeno fronterizo fascinante,
peligroso a veces, creativo siempre, necesario o fatal como lo fueron los
encuentros antiguos del castellano con el náhuatl, por ejemplo, gracias al cual
nuestra lengua y algunas más, pueden hoy decir chocolate, tomate, aguacate y si
no dicen guajolote sino pavo, es porque los franceses convirtieron a nuestra ave
americana en pájaro de las indias, oiseaux des Indes o dindon, en tanto que los
ingleses, completamente desorientados en materia de geografía, le dieron el
excéntrico nombre de Turquía, turkey, acaso por inconfesables ambiciones en el
Mediterráneo, de Gibraltar al Bósforo...
En resumen, reconquista hoy, pero el pre-factum mismo, re-conquista -nos
conduce al factum-. La conquista y la colonización de las Américas por las armas
y las letras de España fue una paradoja múltiple. Fue una catástrofe para las
poblaciones aborígenes, notablemente para las grandes civilizaciones indias de
México y el Perú.
Pero una catástrofe, nos advierte María Zambrano, sólo es catastrófica si de
ella no se desprende nada que la redima.
De la catástrofe de la conquista nacimos todos nosotros, los indo-ibero-
americanos. Fuimos, inmediatamente, mestizos, hombres y mujeres de sangres
indígena, española y poco más tarde, africana. Fuimos católicos, pero nuestro
cristianismo fue el refugio sincrético de las culturas indígenas y africanas. Y
hablamos castellano, pero inmediatamente le dimos una inflexión americana,
peruana, mexicana, a la lengua.
Porque en cuanto abrazó a los pueblos de las Américas, en cuanto mezcló su
sangre con la de los mundos indígena primero y negro más tarde, la lengua
española dejó de ser la lengua del imperio y se convirtió en algo, mucho,
más.
Se convirtió, de nuestro lado del Atlántico, la orilla americana, en lengua
universal del reconocimiento entre las culturas europea e indígena cuyos frutos
superiores fueron la poesía de la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz y la
prosa del cronista peruano, el Inca Garcilaso de la Vega, en los siglos XVI y
XVII.
Sor Juana vio en su propia poesía un producto de la tierra, «¿Qué mágicas
infusiones / de los indios herbolarios / de mi Patria, entre mis letras / el
hechizo derramaron?». Garcilaso fue más lejos y se negó a ver en la América
indo-española una región excéntrica o aislada, sino que conectó la cultura del
nuevo mundo a la visión de un globo unido por muchas culturas: «Mundo sólo hay
uno», exclamó el Inca, para su edad y para la nuestra.
Porque del otro lado del Atlántico, sujeta a la vigilancia de la Inquisición,
los dogmas religiosos y la absurda exigencia de la pureza de sangre, la propia
literatura de España creó todo un nuevo reino de la imaginación. Si la Iglesia y
el Estado impusieron las reglas de la Contrarreforma, la literatura de España
inventó, en cambio, una contra- imaginación y un contralenguaje.
De Fernando de Rojas a Miguel de Cervantes, de Francisco Delicado a Francisco
de Quevedo -el abuelo instantáneo de los dinamiteros, según César Vallejo- todo
lo que no puede decirse de otra manera se expresa gracias a la literatura.
Contra la adversidad de la prohibición, contra las evidencias de la
decadencia moral y política, España afirma, con más vigor que el resto de
Europa, el derecho a definir la realidad en términos de la imaginación. Lo que
imaginamos es, a la vez, posible y real. Verdad de Cervantes. Verdad de
Velázquez.
Hoy celebramos, de este modo, no la lengua del imperio, sino la lengua de
encuentros, la lengua de reconocimientos, la lengua que liga a Lorca y Neruda, a
Galdós y Gallegos, pero también a Marcela Serrano y a Nuria Amat, a Juan
Goytisolo en España y a Juan Rulfo en México.
Permítanme ustedes, a partir de estas premisas, considerar algunos aspectos
salientes del castellano como fenómeno multicultural y multirracial, empezando
por mi propio país, México, país mayoritariamente mestizo pero con una
importante presencia indígena.
En México, con una población total de unos cien millones de habitantes, diez
millones son indígenas y, aunque cada vez más culturizados en la corriente
general mestiza, la mayoría de ellos retienen casi siempre sus lenguas
originales, más de cuarenta, tan diferentes entre sí como pueden serlo el sueco
del italiano.
Viajar a las tierras de los huicholes en Jalisco, los tarahumaras en
Chihuahua, los náhuas en el México Central, los zapotecas en Oaxaca o los mayas
en Yucatán es descubrir que, aun cuando son iletrados, los indígenas no son
ignorantes y aun cuando son pobres, no están desposeídos de una cultura.
Lo que poseen es un extraordinario talento para recordar o imaginar sueños y
pesadillas, catástrofes cósmicas y deslumbrantes renacimientos, así como los
minuciosos detalles de la vida diaria, las primeras palabras de un niño, las
gracejadas del payaso de la aldea, la fidelidad del perro casero, las comidas
preferidas, la memorable muerte de los abuelos...
Fernando Benítez, el gran cronista de los indios de México, dijo en una
ocasión que, al morir un indio, muere con él toda una biblioteca. Y es que en un
mundo derrotado que debió hacerse invisible para no ser, una vez derrotado,
notado, la oralidad es más segura que la literalidad. Pasar de la invisibilidad
y oralidad de siglos a la visibilidad y literalidad modernas es un paso
gigantesco pero difícil para el mundo indígena de las Américas. Sus rebeliones
esporádicas deben dar lugar a una relación digna, permanente y mutuamente
enriquecedora.
De la primera rebelión chiapaneca de 1712, desencadenada por la visión
milagrosa de la niña María Candelaria, a la última rebelión chiapaneca de 1994,
desencadenada por la visión igualmente milagrosa de que México ya era un país
del primer mundo, resulta curioso notar la presencia -si no precisamente, la
dirección- de cabecillas criollos o mestizos, Sebastián Gómez de la Gracia en
1712, Marcos en 1994, que si no son o dicen no ser, quienes conducen la
rebelión, sí son quienes le dan voz pública y esa voz, nos guste o no, se la dan
en español.
Y es que el movimiento que hoy se extiende por las antiguas tierras
aborígenes de América, reivindica la gran tradición oral de los pueblos
indígenas -náhuatl, aymará, guaraní, mapuche- pero sabe -sabemos- que su voz
universal, la que liga sus reivindicaciones muy respetables a la comunidad
social y política mayor de cada país nuestro, es la voz castellana. El guaraní
de Paraguay no se entenderá con el maya de Yucatán pero apuesto a que ambos se
reconocen en la lengua común, la castilla, el español, el esperanto de
América.
De tal suerte que, aún en nombre de la autonomía y el reconocimiento
culturales de los pueblos indígenas, el español es lengua de co-relación, de
comunicación, de reconocimiento incluso de lo que no es en español. El
castellano es la lengua franca de la indianidad americana.
En maya o en quechua traducido al castellano, los indios de América nos harán
saber a nosotros, los habitantes de las ciudades blancas y mestizas del
continente, lo que desean, lo que recuerdan, lo que rechazan. A nosotros, ¿qué
nos corresponde sino escuchar, poner atención y saber respetar a esa parte de
nuestra comunidad indoeuroamericana?
A nosotros nos corresponde saber si nos interesa participar de los frutos de
la comunidad indígena, su pureza ritual, su cercanía a lo sagrado, su memoria de
lo olvidado por la amnesia urbana.
A nosotros nos corresponde decidir si podemos respetar los valores del indio,
sin condenarlos al abandono, pero salvándolos de la injusticia.
Los indios de América son parte de nuestra comunidad policultural y
multirracial.
Olvidarlos es condenarnos al olvido de nosotros mismos. La justicia que ellos
reciban será inseparable de la que nos rija a nosotros mismos. Los indios de
América son el fiel de la balanza de nuestra posibilidad comunitaria. No seremos
hombres y mujeres satisfechos si no compartimos el pan con ellos.
Pero ellos, al cabo parte y no todo de un nosotros, deben aceptar también las
reglas de la convivencia democrática, no deben escudarse en la tradición para
perpetuar abusos autoritarios, ofensas a las mujeres, rivalidades étnicas o la
respuesta paralela al racismo blanco, que es el racismo contra el blanco o el
mestizo o, como le dice un indio mixteco a Benítez: «Me quieren matar porque
hablo español».
«¡Colón al paredón!», gritaba un grupo de indígenas mexicanos en torno a la
estatua del navegante genovés en 1992. Sí, Colón al paredón pero -con la venia
de los indigenistas a ultranza- tenían que gritarlo en español.
La negritud americana es otra historia. Traídos a América en barcos
esclavistas, en el camino perdieron las lenguas africanas de sus orígenes
disímiles y debieron comunicarse entre sí en la lengua de los amos: español y
portugués, holandés y francés.
Pero los negros y su propio mestizaje mulato le dieron a cada lengua europea
un sello afroamericano. Los esclavos se convirtieron en los amos del lenguaje,
como lo demuestran, hasta el día de hoy, los poetas afrocubanos y
afropuertorriqueños en español, los poetas negros en francés de la Guadalupe y
la Martinica, y los poetas de la negritud angloparlante de Jamaica, Trinidad, y
las islas de su archipiélago, cuyo mayor exponente es Derek Walcott y cuyas
palabras mayores nos dicen, en nombre de toda la negritud americana y su mar de
encuentros, el Caribe, que «el mar es historia», el mar es génesis, el mar es
una linterna de carabela. El mar puede ser renacimiento en columnatas de coral y
el mar ha sido éxodo de esa mitad del Caribe que es África, «una vasta sombra de
la duda que se desliza para partir nuestro mundo por la mitad¼»
Desde la isla de Santa Lucía, Walcott escucha la «salada música del mar»,
rogándole: «regresa a mí, mi lenguaje, regresa».
Y regresará pero como el Edgar Poe de Mallarmé, transfigurado, no por la
eternidad, sino por el tiempo que es, nos lo dijo hace mucho Platón, el nombre
que le damos a la eternidad cuando se mueve...
Y en el Caribe la oralidad se mueve, es la movida, es la conservación de los
ritmos perdidos de las lenguas africanas en los ritmos musicales de la poesía,
la danza, el elocuente lenguaje del bongó y la botijuela, de la clave y el tres
cubanos que en Venezuela se convierte en el cuatro y en México en la guitarra
española que prolonga el romancero en el corrido, calendario de la vida nacional
y pasional, «Año de mil novecientos, muy presente tengo yo...» y se extiende
hasta el sur argentino, donde el tango reúne tradiciones andaluzas y africanas
y, de vuelta en las Antillas, las metamorfosis de las lenguas convierten a la
country dance inglesa en contradanza haitiana, y el duque de Marlborough,
conquistador de Holanda en la Guerra de la Sucesión Española de 1701, viaja como
Mambrú que se fue a la guerra por España misma y desembarca en Veracruz como
Babalú que se fue a la guerra y no me quiso llevar: el general inglés se ha
convertido en brujo antillano y en golfo mexicano.
En el otro extremo de una brujería maléfica y totalitaria encontramos la
terrible profecía de Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451, donde una
dictadura prohíbe la lectura, quema los libros y cierra las bibliotecas, pero no
puede encarcelar las mentes de toda una tribu de hombres y mujeres que han
memorizado a Homero, a Shakespeare y a Cervantes.
Cervantes: No conozco momento que mejor ilustre la maravillosa era de
Gutenberg, la era de la palabra impresa, que ese capítulo en que Don Quijote
entra a una imprenta en Barcelona, convocado acaso por Carmen Balcells, y
descubre que lo que allí se imprime es su propio libro, Don Quijote de la
Mancha.
Esta es, seguramente, la primera vez que un personaje ficticio se da cuenta
de que está siendo escrito, publicado y leído. Le basta a Cervantes ese
incidente del Quijote para poner en movimiento el circuito de la escritura, la
edición y la lectura como sistema de identificación mediante referencias mutuas
y en expansión constante. Hoy se nos dice que esta triple conciencia del mundo
moderno -la de ser escrito, publicado y leído- está en peligro mortal bajo el
nuevo orden de la era post-Gutenberg.
¿Pone la nueva constelación -Internet, la Red, e-mail, etc.- en peligro los
firmamentos de la escritura, la publicación y la lectura?
Como toda novedad, ésta entraña peligros y novedades.
Peligro de la pasividad receptiva del llamado couch potato, el receptor como
papa yacente.
Pero oportunidad de comunicar los valores de la educación superior,
enriqueciendo la inter-acción de profesores, estudiantes y textos -y aun los de
la educación básica-, empleándolos, como ha propuesto en México el Presidente
Fox, para superar la distancia y la pobreza de las aulas en las comunidades
apartadas.
Oportunidad de universalidad e instantaneidad de la información, arrojando
luz sobre las más oscuras regiones del quehacer político, y privando de
impunidad -como lo ha demostrado el caso Pinochet- a tiranos nuevos y antiguos,
junto con el auxilio que ello presta a la idea de la universalidad no
prescriptible de los derechos humanos, idea que en España originaron, para el
mundo moderno, Las Casas, Vitoria y Suárez.
Pero peligro de que confundamos, en muchas ocasiones, la abundancia de
información con el valor de la misma, cuando en verdad puede haber muchos
mensajes y muy poca -o muy banal- información.
Oportunidad de resaltar los valores de la existencia pública y privada.
Pero peligro, también, de sujeción pública y de aislamiento privado.
Todo ello le importa mucho a la palabra, desde el momento en que las
comunicaciones modernas se han convertido en las portadoras más visibles de la
lengua y de la identidad en el mundo actual.
La inter-acción de los aspectos positivos y negativos del lenguaje de las
comunicaciones nos alerta contra otro peligro. Es el peligro de la uniformidad
global, de la pérdida de la diferencia, de la variedad borrada.
Es un peligro real porque es un peligro cómodo. Si todos nos suscribimos a un
solo estilo de comer, beber, consumir, pensar y desear, acabaremos siendo lo que
el sociólogo norteamericano C. Wright Mills predijo hace medio siglo: Seremos
«robots alegres».
¿Podemos, dados estos peligros, iluminar las zonas de diferenciación, de
saludable diversificación sobre las cuales, en aparente paradoja, reside la
identidad?
Pues una identidad segura de sí no teme la diversidad, sino que la
cultiva.
Nosotros en Hispanoamérica, por ejemplo, hemos luchado larga y tesoneramente
por adquirir identidades nacionales. Nacidos de un gran choque de
civilizaciones, europeas, indígenas, africanas, hoy creemos saber quiénes
somos.
Un mexicano, un chileno, un argentino, abrigamos pocas dudas acerca de
nuestras identidades nacionales. Cuestionada por los pensadores, desde Sarmiento
hasta Beatriz Sarlo, reseñada por los historiadores, desde Vicuña Mackenna hasta
Enrique Florescano, explorada por los novelistas, desde Alberto Blest Gana hasta
Ángeles Mastretta, dicha por los poetas, desde Rubén Darío hasta Raúl Zurita, es
la continuidad y profundidad de nuestra tradición cultural la que más y mejor
cuenta da de nuestras identidades nacionales y de nuestra identidad colectiva,
como parte del mundo hispanoparlante.
Lengua e identidad son dos conceptos que tradicionalmente hemos asociado.
Lengua e identidad personal, desde luego.
También lengua e identidad nacional.
Pero también lengua e identidad universal, de acuerdo con dos ideas que son
como alfa y omega de nuestras culturas iberoamericanas.
Mundo, sólo hay uno, dijo el Inca Garcilaso de la Vega en el siglo XVII -lo
recordé hace un instante.
Seamos generosamente universales para ser provechosamente nacionales,
escribió Alfonso Reyes en el siglo XX.
Yo me pregunto, cerrando el círculo que va del Inca a Don Alfonso, si no
hemos alcanzado ya, en cada país de Iberoamérica, la identidad nacional y si no
corremos el riesgo, plantados en ella como el proverbial nopal, el solitario
ombú o la apuñaleada Ceiba, de caer en solipsismos, ensimismamientos,
autocelebraciones, chovinismos y xenofobias: como México no hay dos, Dios es
brasileño y Chile es la copia feliz del Edén.
Sabemos quiénes somos.
Nos falta saber, proteger y alentar lo que aún no somos cabalmente, nuestras
posibilidades, desde luego, pero nuestras diversidades, también, y
urgentemente.
Diversidad política.
Diversidad religiosa.
Diversidad sexual.
Diversidad étnica.
Y diversidad social, a fin de mirarnos con claridad en ese otro espejo de la
vida personal y colectiva que es la justicia, esa justicia cuyo aspecto
igualitario tanto preocupó a Bolívar y que no consiste en la nivelación, sino en
la voluntad de abrir espacios en los que los más débiles de la sociedad y del
mercado puedan combatir, negociar sus conquistas y dejar que se escuchen sus
palabras, pues la lengua también es parte sustantiva de la justicia, de la
libertad y de la política democrática.
Se está gestando en todo el mundo, a contrapelo de los modelos de consumo
masivo, una nueva cultura que no aspira a la unidad sino, en contra de la
uniformidad, a la diversidad.
«Politeísmo de valores», la llamó, al anunciarla hace ya casi un siglo, Max
Weber.
Cultura centrífuga, más heterogénea, más empeñada en recuperar diferencias
que en imponer semejanzas, más cercana al ritmo de lo que está siendo,
cambiando, inacabado, pero no en el sentido del cambio kleenex de valores que
usados se tiran a la basura, no en el sentido de un lenguaje publicitario que se
propone renovador y sólo repite la misma fórmula: para ser conservadores, no
conservemos nada.
Hablo de lo que está siendo, cambiando, inacabado, como parte de
interrogantes permanentes y acaso insolubles de nuestra vida personal y
colectiva:
¿Cómo se relacionan la libertad y la fatalidad? ¿En qué medida puede cada
individuo moldear su propio destino? ¿Qué parte de nuestras vidas es
adaptable al cambio y cuál, en deuda con la permanencia? ¿Y por qué nos
identificamos como seres humanos precisamente porque ignoramos lo que somos?
¿Por qué motivo no podemos realmente entender cómo se unen cuerpo y alma y
sin embargo seguimos siendo exactamente lo que no entendemos?
No hay un gran escritor que no se haya planteado, tácita o expresamente,
estas preguntas.
Pero aunque no la imposible respuesta, la indispensable pregunta requiere un
lenguaje.
Si fue Gianbattista Vico, el gran filósofo de la España napolitana en el
siglo XVIII, quien primero fundó la historia en el lenguaje, otro napolitano,
este italiano ya, Benedetto Croce, propuso la idea del lenguaje como capacidad
de vernos como pueblos poéticos. Leyendo La Iliada Croce llega a la conclusión
de que es obra de Homero en tanto que es obra de todo un pueblo poético o
poetizante, un popolo intero poetante¼
¿Es esta la capacidad que hemos perdido, la de vivirnos y vivir nuestra
cultura como producto de una poética compartida? No lo sé. Recuerdo un momento,
hace ya casi medio siglo, en que visité la costa de Chile en la población de
Lota. Los mineros salieron de su trabajo debajo del mar, de rodillas, se lavaron
los cuerpos con el mar Pacífico y se sentaron a cantar con guitarras.
Reconocí lo que entonaban. Eran unas estrofas del Canto General de Pablo
Neruda.
Me acerqué a decirles que al poeta le encantaría saber que sus palabras eran
cantadas por los mineros.
«¿Qué poeta?» me contestaron sorprendidos.
En efecto, el poeta había desaparecido. En su lugar, frente al mar de un rojo
vinoso de Grecia, frente al mar verde como una uva de Chile, quienes recitaban
el poema lo habían hecho suyo, canto colectivo de un popolo intero poetante.
Las primeras palabras de un pueblo son sus mitos, la lengua del origen de la
historia, cuando, como nos dice Seamus Heaney en su magnífica rendición moderna
del Beowulf nórdico, «un poeta cuenta con maestría el nacimiento del hombre»,
llenando con palabras «el ancho regazo del mundo».
Las segundas palabras de un pueblo son sus relatos épicos, cuando un pueblo
sale de sí mismo, abandona el lar para combatir y conquistar y conocer el
mundo.
Las terceras palabras son las de la tragedia del regreso al hogar para
encontrar a las casas divididas, las familias enconadas y los héroes con
armaduras cuarteadas.
Las cuartas palabras en fin, son las palabras de la comedia.
Pues la tragedia es sólo la máscara triste del teatro. La máscara sonriente
es la de la comedia. Conocemos las fallas trágicas, las grandezas épicas y los
orígenes míticos.
Ahora, sonreímos porque hemos descubierto al fin, como Erasmo, que la razón,
para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica,
relativa, que mine los dogmas absolutistas de la Fe al mismo tiempo que impide
el dogma absolutista de la Razón. La sonrisa de la comedia es la sonrisa de la
relatividad de todas las cosas. Contra todos los dogmas, Erasmo escribe un
Elogio de la locura para recordamos que «todo en la vida es tan oscuro, tan
diverso, tan opuesto, que no podemos aseguramos de ninguna verdad».
No es fortuito que el mismo año de 1605 aparezcan Don Quijote, El Rey Lear y
Macbeth. Dos viejos locos y un joven asesino salen a llenar con el delirio de
sus imaginaciones los vacíos del tránsito entre dos edades del mundo. Pero si la
máscara de Shakespeare llora, la de Cervantes ríe. Ríe porque al inaugurar la
novela moderna, Cervantes se propone trascender los modelos míticos, épicos y
trágicos para darle a la comedia su revolucionaria parte de verdad: la novela es
el escenario de la comedia moderna, la comedia humana, oh Balzac, que ha perdido
el lenguaje identitario del pasado, cuando la unidad lingüística permitía que
todos, altos y bajos, ricos y pobres, se comprendieran. Se entienden entre sí
Ulises y Penélope, Ximena y el Cid. No se comprenden Ana Karenina con su marido,
ni Emma Bovary con el suyo. Hablan lenguajes distintos.
Y los hablan porque Cervantes, genialmente, puso a dialogar a la épica -Don
Quijote- con la picaresca -Sancho Panza- fundando la comedia humana, la comedia
novelesca en la disparidad y multiplicidad de lenguajes y en la incertidumbre
-de género, de nombre, de circunstancia, incluso de sitio, «un lugar de cuyo
nombre no quiero acordarme».
La lección cervantina es universal, pero especialmente aplicable a quienes
hablamos y escribimos en español, convirtiéndola en signo de la continuidad y
profundidad de la cultura hispánica en todas las direcciones que aquí he
señalado: iberomediterránea, indoeuropea, afroamericana y, al cabo, lengua
mestiza, lengua de La Mancha.
Del mito de Tartessos en España a la mitología del Popol Vuh en el mundo maya
y, contemporáneamente, a las mitologías indoamericanas de Miguel Ángel Asturias
y a las mitologías españolas de Valle Inclán.
De la épica del Poema del Cid en España a la épica de Bernal Díaz del
Castillo en su Conquista de la Nueva España a las épicas contemporáneas de La
guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa y de la Crónica del alba de Ramón
J. Sender.
Y de la máscara de la comedia española -Lope- y americana -Ruiz de Alarcón- a
las modernas comedias narrativas de Julián Ríos y Juan José Millás en España, y
de Julio Cortázar, Luis Rafael Sánchez y Alfredo Bryce Echenique en
Latinoamérica.
Claro está: queda un hueco y se llama la tragedia. Acaso sólo Calderón en el
teatro español -La vida es sueño es un compendio del pesimismo trágico, dijo
Alfonso Reyes- y Vallejo en la poesía hispanoamericana -trágico asomo de lo
recién nacido- son realmente trágicos, es decir, espejos de las ciudades caídas.
Y esta ausencia habla muy alto de nuestra capacidad hispánica para rememorar el
mito, exaltar la epopeya y reírnos de la comedia humana, pero también de nuestra
incapacidad para reconstruir la ciudad burlada, explotada, arruinada, que
Quevedo, visionario, cantó sobre las ruinas de Itálica famosa.
¿Por qué? Acaso porque nuestra historia ha sido demasiado melodramática,
demasiado maniquea, demasiado obsesionada con la división entre los buenos y los
malos y la tragedia, en cambio, es un conflicto en el que las dos partes tienen
una parte de razón: Antígona al reclamar los derechos de la persona y la familia
y Creón al reclamar los de la sociedad y el Estado.
Mas aunque ambos tengan razón, ni llegan a un acuerdo ni se salvan del
conflicto.
Y es que la función de la tragedia no consiste en evitar la catástrofe, sino
en recrear la relación perdida entre comunidad y persona, reconstruir la ciudad
como sitio de encuentros. Otra vez, María Zambrano, redimir la catástrofe.
La literatura en lengua española -mítica, épica y cómica- acaso se esté
acercando a la reconstrucción de la comunidad mediante un acto de generosidad
cultural que le abra los brazos a todo lo que somos y a todo lo que negamos,
tanto en los siglos de la colonia en América y de la decadencia en España, como
en la imitación extralógica, nugatoria de la tradición indígena, negra y
española, de nuestra reacción independentista en el siglo XIX.
Sin embargo, con qué enorme altura vemos hoy a los grandes creadores
decimonónicos, Eça de Queiroz en Portugal y Machado de Assis en Brasil, y en
España, Galdós y Clarín, que de la debilidad sacaron fuerza, de la pobreza,
riqueza, y de la tradición, nueva creación. Ellos nos dieron la pauta: no hay
tradición que se sostenga sin creación que la prosiga, como no hay creación
nueva sin tradición antigua.
El camino de la inclusión, y no el de la exclusión, ha permitido a nuestras
literaturas del siglo XX ser infinitamente superiores a las del siglo XIX,
gracias a la tradición recuperada.
Ejemplifico someramente: Miguel Ángel Asturias el viejo y César Aira el joven
recuperan las tradiciones indígenas de América. Alejo Carpentier y Severo
Sarduy, las tradiciones afroamericanas. Y el mestizaje es corazón latiente de la
prosa de Juan Rulfo, de Gabriel García Márquez y de Sergio Ramírez. Nuestra
amnesia respecto al mundo árabe es superada en España con Juan Goytisolo y en
Latinoamérica por Jorge Luis Borges, gran resurrector, también, de la herencia
judía que se hace explícita en las novelas de Isaac Goldenberg en Perú y de
Margo Glantz y José Emilio Pacheco en México.
¿Es el camino de una creación consciente de la tradición, la ruta que nos
conduzca al espacio de la reconciliación y encuentro de cuanto somos, de cuanto
hemos sido y de cuanto queremos ser?
Un anuncio, poderoso anuncio de ello, se encuentra, precisamente, desde el
título mismo de La tragicomedia de Calisto y Melibea y en ella, la Celestina y
Fernando de Rojas, nos dan el ejemplo supremo de la modernidad urbana, de la
circulación de valores, de los disfraces necesarios para sobrevivir y de las
identidades que sólo la ficción revela en profundidad diciéndonos que ya no es
necesario perder nuestra existencia personal para construir una existencia
colectiva, ni sacrificar nuestra inserción en el mundo para ganar la plenitud
personal en eso que Rojas y La Celestina anuncian para todos los tiempos y para
todas las ciudades: El diálogo de las conciencias, el mestizaje de las culturas,
la liberación del yo que ya no vivirá aislado ni en sí mismo, ni en la multitud
solitaria, ni en la tentación actual de dejarse divertir hasta la muerte, sino
hablándole al mundo, a ese tú, a ese nosotros que Rojas convierte en poder de
una dulce y terrible intimidad alcanzada en el instante efímero de la reflexión
interna que con urgencia lenta se dirige a ti y a mí, al mundo entero, mediante
el doble coro de la lengua, pues en la lengua cada uno es coro de sí mismo y del
principio de vida que encarna, pero a sabiendas de que es parte del coro
colectivo del lenguaje portador de cuanto hemos sido, somos y queremos ser
quienes hablamos, soñamos, recordamos y deseamos en español.
Muchas gracias. |