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La opinión pública colombiana está gratamente sorprendida con el viraje de 180 grados del presidente Hugo Chávez en relación con las FARC.
Muchos analistas políticos han señalado, algunos con desconfianza, que resulta altamente positivo para la paz de Colombia la condena del presidente venezolano a la lucha guerrillera y la exhortación a la liberación de todos los secuestrados, pero agregan que ello ha sido posible por la información que ha suministrado la célebre computadora de Raúl Reyes y que dejan mal parado ante el mundo al comandante de la revolución bolivariana. La oposición venezolana también ha visto con buenos ojos ese cambio del presidente que odian y han intentado tumbar, aunque lo explican alegando una actitud oportunista de Chávez para evitar perder más imagen, de cara a las próximas elecciones de gobernadores y alcaldes en enezuela.
La verdad es que todos -tirios y troyanos-- han manifestado su deseo de que el actual secretariado rebelde y su nuevo comandante Alfonso Cano, acepten las sugerencias del presidente suramericano que más respetan y que más cerca ha estado de sus posiciones. Y que se produzcan las liberaciones de los secuestrados como consecuencia de un acuerdo humanitario y posteriormente un proceso de paz dialogada que concluya con la desmovilización de la guerrilla más antigua de América. Algunos, como los dirigentes del Polo Democrático Alternativo, han agregado que ojalá -como en el 91-el proceso de paz concluya con una Asamblea Nacional Constituyente que reforme la tenencia de la tierra -fuente de todas las violencias--, comenzando por devolverle las fincas y parcelas a los desplazados por el paramilitarismo, y reforme la estructura del estado para evitar que vuelvan a apoderarse de la mayor parte de sus organismos las mafias del narcotráfico.
Pero hay algo que agregar al anterior análisis. Yo pienso que las motivaciones de Chávez van mucho más allá de las arriba señaladas. Su frase "ustedes (dirigiéndose a las Farc) se han convertido en el pretexto del Imperio" para atacar a Venezuela y a los demás países de izquierda del continente y su acusación al gobierno de Colombia de ser parte de un plan político-militar made in USA para invadir a Venezuela, dicen mucho. Chávez está hoy en la disyuntiva -superada por Fidel Castro hace años-entre institucionalizar su revolución o correr el riesgo de perderla en aras de la solidaridad con los movimientos revolucionarios de otros países. De allí que le apueste a la paz de Colombia, que para él tiene un obstáculo: la intransigencia del presidente Uribe, y busque convencer a las FARC que el primer paso para lograr que la comunidad internacional les quite el calificativo de terroristas y les reconozca posteriormente el estado de beligerancia, es el de cancelar el secuestro como mecanismo de presión política y de finanzas.
No me cabe la menor duda de que en el evento de que las FARC procedan al tenor de las sugerencias del coronel Chávez, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, al menos, y posiblemente Cuba, Argentina, Uruguay y Brasil y dos o tres países de Europa, les reconocerían a las FARC ese estatus de fuerza beligerante que ellas han demandado, para de ese modo obligar al gobierno de Colombia a sentarse en la mesa de negociación con ellas. Si ello llegare a ocurrir quedaría el presidente Uribe sin justificación alguna para la reelección y se le abrirían al partido liberal y a la izquierda democrática amplias posibilidades de alcanzar el poder, lo que disiparía los temores de invasión de los dirigentes bolivarianos del país hermano. Esa es la principal motivación, no tan oculta, del comentado giro de 180 grados del presidente Chávez que la mayoría de los analistas políticos ha pasado por alto en sus escritos. Faltaría por saber cual sería la jugada del presidente Uribe frente a ese jaque al rey de su contrincante.
* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.
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