Lecciones de la gobernanza colectiva en Cochabamba
Por: Travis Driessen, Transnational Institute
Mayo 18, 2008
Más allá de las guerras del agua
En la guerra del agua de
Cochabamba, Bolivia, se levantaron algunas de las primeras barricadas contra la
privatización de los servicios de agua en todo el mundo, pero aún se deben
producir unos cambios institucionales y culturales que vayan más allá de la
reestructuración simbólica del servicio
público.
En la ahora famosa
guerra del agua de la ciudad de Cochabamba, se levantaron algunas de las
primeras barricadas en contra de la privatización de los servicios de agua en
todo el mundo, en el momento en que una ciudadanía concienciada y politizada se
alzó para protestar por la participación privada en su empresa de agua, SEMAPA,
y para reivindicar el suministro público de sus servicios. La resistencia de
Cochabamba a las políticas de agua neoliberales y su llamamiento al agua pública
resonaron muy pronto en el incipiente movimiento social transnacional en defensa
de este bien común.
En los primeros meses de 2000, decenas de miles de
personas participaron en las multitudinarias protestas populares que obligaron
al Gobierno boliviano a rescindir el polémico contrato de servicios con la
operadora privada de agua, Aguas del Tunari,(1) y a
devolver la empresa pública de agua SEMAPA a manos estatales. Y aunque la
empresa estatal era bien conocida por ser ineficaz, corrupta y estar controlada
por la política de los partidos, ese público recién politizado y comprometido
aspiraba a volver a crear su empresa de agua reorganizándola para incorporar una
nueva forma de gobernanza democrática y participativa llamada ‘control
social’.
Ocho años después, se pueden sacar algunas lecciones importantes
de la lucha para alcanzar una gobernanza democrática y participativa sobre el
agua en Cochabamba. Los procesos participativos, puesto que conllevan
reconfigurar las relaciones de poder, pueden toparse con una intensa resistencia
y con una posible coptación por parte de aquellos que se beneficiaban con el
antiguo método de organización empresarial. La corrupción y el control de la
elite política representan dos de los principales factores que influyen en el
mal rendimiento de las empresas de agua. También son obstáculos clave en la
creación de nuevas formas de transparencia, y en la ampliación y mejora de la
participación ciudadana en la toma de decisiones. Además, el sesgo técnico que
suele darse entre el personal profesional de las empresas de agua plantea en
muchas ocasiones un desafío a una mayor participación comunitaria en los
aspectos técnicos del suministro del servicio. Finalmente, diversos grupos
sociales pueden luchar para crear instituciones participativas y eficaces,
desarrollar nuevas capacidades y formar relaciones estratégicas con funcionarios
de la empresa para participar de forma efectiva en una gobernanza colectiva.
Enfoques de democracia participativa sobre la gestión de los
servicios públicos: el control social en SEMAPA
El sistema de control
social fue concebido por los actores de una plataforma de movimientos sociales
que surgió durante la guerra del agua llamada Coordinadora del Agua y de la
Vida. En la práctica, el control social procura proporcionar los mecanismos y
procesos de democracia participativa que permitan incorporar e integrar la
participación ciudadana en escenarios estratégicos de la estructura de toma de
decisiones de la empresa. Al fomentar la participación sobre las políticas
hídricas y las prioridades de los proyectos, los participantes definen un
exigencia social más amplia para que la empresa de agua sea una herramienta al
servicio de la equidad y no de una demanda económica limitada, determinada y
expresada según la lógica del mercado (es decir, por aquellos que se pueden
permitir pagar por el suministro del servicio) por operaciones privadas. Además,
el control social intenta mejorar la planificación reduciendo el suministro de
servicio clientelista y aumentando el rendimiento de la empresa mediante el
fomento de la supervisión y la evaluación ciudadanas.
La creación del
control social en SEMAPA buscaba ofrecer una presencia participativa en la toma
de decisiones que se complementara con las responsabilidades técnicas del cuadro
administrativo de la empresa. Promover la participación en el organismo
ejecutivo para la toma de decisiones del organismo, la junta de SEMAPA, fue un
intento de capacitar a los ciudadanos y alejar a la institución del control que
tradicionalmente han ejercido sobre ella los diversos políticos municipales y
elites de la empresa, que la han utilizado durante años para obtener ganancias
personales.
La institucionalización del control social: un dificil
inicio
Tras las multitudinarias manifestaciones en las calles de
Cochabamba, dirigentes de movimientos sociales, funcionarios de SEMAPA y
políticos locales iniciaron negociaciones dentro de la directiva de la empresa.
Pasar de la protesta en las calles a los escenarios formales del gobierno
municipal supuso toda una serie de importantes obstáculos para la Coordinadora.
En el marco de este contexto formal, la Coordinadora se vio desafiada por
mantener la amplia movilización con el fin de ejercer una presión popular
efectiva sobre las elites municipales y garantizar así que se cumpliera con sus
demandas para reorganizar la compañía. Además, los procedimientos jurídicos en
virtud de los que se podían mantener las negociaciones y aprobar las decisiones
favorecían a las elites políticas municipales que, en un primer momento, habían
estado a favor de la privatización. Crear nuevas formas de transparencia y
ampliar el control de los ciudadanos sobre la toma de decisiones en SEMAPA
exige, en última instancia, la capacitación de nuevos actores, sobre todo de
aquellos que se han visto tradicionalmente marginados, y, por tanto, la pérdida
de cierto poder para otros, especialmente políticos municipales y trabajadores y
administradores corruptos. El control de la institución proporciona un botín (2) a
los políticos y unos beneficios económicos ilícitos a administradores y
trabajadores de SEMAPA que participan en varias formas de corrupción en
detrimento de la empresa. Es principalmente por estés motivos por el que las
elites locales, tanto en la municipalidad como en la empresa, se han resistido
con dureza al desarrollo y la puesta en práctica del control social.
Pero
la dura resistencia de las elites no es el único desafío a la creación de
procesos participativos. Los actores sociales progresistas también tienen la
responsabilidad de desarrollar modelos de gobernanza colaborativos y eficaces
junto con el público que se espera que utilizará las nuevas instituciones
participativas. Además, el control social implica una nueva lógica de la
política que a menudo desafían organizaciones sociales encontradas. En el marco
de la gobernanza colaborativa, las organizaciones sociales deben desarrollar
nuevas capacidades y relaciones estratégicas con funcionarios de la empresa para
negociar de forma fructífera los proyectos del servicio y supervisar su
funcionamiento.
Según una leyenda muy extendida sobre el traspaso de las
manos privadas a las públicas, la Coordinadora controlaba la reestructuración y
la aplicación del modelo de control social en SEMAPA. Lo que sucedió en realidad
es que se creó una junta provisional para definir, negociar y aplicar el modelo
de control social. Esta junta provisional estaba compuesta por cinco asientos,
de los que dos correspondían a representantes de la Coordinadora. Otros dos
miembros representaban los intereses del alcalde y uno, los del sindicato.
Durante estas negociaciones, los actores que representaban a la estructura de
poder municipal libraron duras batallas para desacreditar la gestión provisional
de la empresa por parte de la Coordinadora y para hacer descarrilar el proyecto
de control social de los movimientos sociales.
Las estrategias de la
Coordinadora para institucionalizar una forma de gestión participativa se
centraban en tres ámbitos. En el ámbito ejecutivo, la Coordinadora proponía
integrar a representantes ciudadanos en la junta con el fin de que éstos
representaran los intereses de la población más directamente. Su demanda
original reclamaba 14 directores ciudadanos que actuaran como representantes de
cada uno de los distritos municipales. Sin embargo, la demanda fue rechazada por
el resto de miembros de la junta. En el ámbito de la empresa, el equipo técnico
de la Coordinadora proponía realizar unos cambios institucionales en las
operaciones de SEMAPA que generarían mayor cooperación entre los ingenieros, los
trabajadores y las comunidades en las diversas etapas del suministro del
servicio. Se proponía, en concreto, la creación de comités técnicos, formados
por representantes de la empresa y de la comunidad, que supervisarían y
evaluarían cualquier proyecto de ampliación del servicio que pusiera en marcha
la compañía. Esta idea, sin embargo, no fue aceptada por el entonces gerente
general. En el ámbito de la comunidad, la Coordinadora abogaba por crear unas
instituciones participativas llamadas Comités de Saneamiento Básico. Estos
comités se organizarían por barrios y permitirían a los usuarios del agua
elaborar sus exigencias y valorar las propuestas municipales para los servicios
de agua. Los desafíos políticos que planteaba la reforma de las instituciones de
participación gubernamentales conocidas como Organizaciones Territoriales de
Base evitaron su institucionalización. Los presidentes de estas organizaciones
comunitarias son conocidos por practicar una política clientelista con los
políticos de la zona a cambio del suministro de servicios. Los dirigentes temían
que abrir sus instituciones a una mayor participación se tradujera en una
pérdida de control y, por tanto, se resistieron a crear los nuevos comités de
servicios básicos.
El modelo de control social que finalmente fue
aprobado por la junta y aplicado en SEMAPA reflejaba las muchas concesiones de
los movimientos sociales. No incorporaba los cambios institucionales necesarios
para facilitar la participación integrada de la comunidad en las operaciones
cotidianas de la empresa de agua. La versión final carecía también de mecanismos
para potenciar la supervisión ciudadana de la labor de los representantes y
administradores de la empresa. En el modelo negociado, el papel de la comunidad
en general estaba menos garantizado.
No obstante, una de las
oportunidades de cambio más importantes ha llegado con la incorporación de los
directores ciudadanos a la junta, con la idea de representar a las diversas
zonas geopolíticas del municipio. Estos directores son elegidos mediante
sufragio universal por todos los cochabambinos. Este pequeño paso hacia la
construcción de un control social efectivo ha sido un primer avance
significativo, aunque sigue careciendo de muchos mecanismos de apoyo para
conectar realmente los intereses de la comunidad con la estructura de toma de
decisiones de SEMAPA.
El control de las elites, la corrupción y la
ineficiencia no cesan
Sin bien los directores ciudadanos ocupan
cuatro de los nueve asientos, la junta sigue anclada en una tradicional
estructura de poder gubernamental e institucional caracterizada por la
influencia de los partidos desde arriba y por una descarada corrupción
empresarial desde abajo. Para desesperación de los movimientos sociales, el
alcalde sigue conservando, por ley, la presidencia de la junta de SEMAPA. El
consiguiente mal funcionamiento de la empresa y su administración son un reflejo
de los rasgos de lo que se ha denominado “un servicio público apresado por las
elites”. En este contexto, sigue habiendo pruebas de una extendida corrupción y
de que la influencia de los partidos políticos determina quién y cuándo recibe
el servicio.
La política clientelista influye en la planificación del
servicio y en el uso eficiente de recursos limitados en las empresas de
servicios públicos al reducir el alcance del suministro y centrarse en una
demanda política limitada a corto plazo. Esta demanda política representa los
intereses de miembros de la elite y no las necesidades de la sociedad,
personificada por todos aquellos y aquellas sin acceso a servicios de calidad.
Con la planificación clientelista, los proyectos de expansión del servicio se
convierten en una mezcolanza fragmentada, más regida por cálculos geopolíticos
de asegurarse apoyos electorales que por un enfoque coherente y técnicamente
viable en materia de suministro. La planificación clientelista, en última
instancia, impide maximizar el potencial para redistribuir unos recursos
económicos limitados –del Estado, de la empresa, de la comunidad– y cubrir la
actual y futura demanda de servicios en un escenario determinado.
Es
difícil determinar el coste que suponen las prácticas corruptas a la empresa
debido a los esfuerzos de sus responsables por ocultar sus actividades. De lo
que no se tiene ninguna duda es que éstas siguen muy presentes en todos los
ámbitos de la empresa. En los últimos dos años, los dos últimos gerentes
generales han sido despedidos por acusaciones de corrupción que supondrían un
impacto económico de más de un millón de dólares estadounidenses. En este
tiempo, también han sido destituidos de la empresa otros representantes y
administradores por acusaciones parecidas. En muchos casos, la corrupción busca
proporcionar una infraestructura menos viable técnicamente y, por tanto, menos
cara, para que los culpables puedan compartir los beneficios. Bajo este tipo de
corrupción contractual, funcionarios de la empresa negocian proyectos de obras
públicas con empresas menos solventes a cambio de sobornos. El nepotismo
contribuye también a la falta de capacidad y experiencia entre los
administradores y el personal. Los parientes o los partidarios políticos son
contratados en virtud de vínculos familiares, y no por sus propios méritos, por
lo que en muchas ocasiones carecen de la especialización necesaria. Entrevistado
recientemente, un ex administrador calculaba que “el 80% del personal
administrativo de SEMAPA no reunía los requisitos mínimos para cumplir con sus
responsabilidades”.
Experimentando con el control
social
Los movimientos sociales y las personas que participaron en la
guerra del agua cada vez ven más las primeras protestas de 2000 como la primera
batalla de un proceso y unos esfuerzos más amplios para reformar y redefinir las
relaciones técnicas y políticas de la empresa, e influir en las políticas del
Gobierno sobre la gestión de los servicios públicos de agua. Las organizaciones
sociales están trabajando para fortalecer el actual proceso participativo y
crear nuevos mecanismos con los que construir la capacidad del público para
interactuar de forma efectiva con la gobernanza colectiva de la institución. Las
estrategias que han adoptado tras la guerra del agua se podrían dividir en tres
categorías: iniciativas para reformar los estatutos de la empresa con el fin de
mejorar el control social, protestas para luchar contra la corrupción y la
influencia política, y establecimiento de relaciones estratégicas con directores
ciudadanos y profesionales de la empresa para impulsar proyectos de servicio y
supervisar el rendimiento de la compañía.
Los intentos para reformar los
estatutos de SEMAPA y dar cabida al control social han sido bastante
restringidos. Poco después de la transición al control social, empezaron a
surgir quejas de las organizaciones sociales en torno a los directores
ciudadanos. Se criticaba, entre otras cosas, que los representantes no tenían
suficientes responsabilidades, que no tenían la obligación de presentar informes
para mantener a los ciudadanos al tanto del funcionamiento de la empresa, y que
no podían ser sancionados por los ciudadanos en caso de que no cumplieran
debidamente con sus tareas. En 2004, la Coordinadora presentó a la junta una
propuesta de reglamentación que definía las nuevas responsabilidades de los
directores ciudadanos para mejorar el papel de éstos y sus relaciones con los
usuarios del agua. La directiva, no obstante, denegó la propuesta.
En
2005, varios movimientos sociales entraron en las instalaciones de SEMAPA para
protestar por las prácticas corruptas en que supuestamente habían incurrido
algunos de los representantes sindicales. Los manifestantes irrumpieron en la
empresa y exigieron que se eliminara el asiento para el representante sindical
de la junta. Frente a los manifestantes, la junta votó unánimemente a favor de
retirar al representante sindical del organismo encargado de tomar las
decisiones. De este modo, la participación social en forma de protesta funcionó
a la hora de ejercer presión sobre los trabajadores y representantes corruptos
de la empresa para mejorar su comportamiento.
La tercera forma implica
que las organizaciones sociales desarrollen relaciones estratégicas con los
directores ciudadanos y con varios profesionales de la empresa para proponer
proyectos de infraestructura y acceder a datos clave de la compañía usados para
evaluar el rendimiento oficial de la gestión. ASICA-Sur,(3) la
asociación de comités de agua comunitarios de la marginada zona sur de la
ciudad, se ha situado en la vanguardia para crear la presión necesaria y mejorar
los servicios de agua. ASICA-Sur no ha dejado de criticar el mal rendimiento de
la empresa ni de exigir un plan integral y sin injerencias políticas para
expandir el suministro de agua en la zona sur.
Poco después de la guerra
del agua, esta organización trabajó con su representante como director ciudadano
para proponer un proyecto que pretendía expandir el servicio en la zona sur de
la ciudad. En 2003, la directiva aprobó la propuesta que la comunidad respaldaba
para el plan de expansión.
En consecuencia, SEMAPA se encuentra ahora en
las primeras etapas de ejecución de un Plan de expansión. Por primera vez en su
historia, se está centrando en proporcionar infraestructuras para el suministro
de agua a un gran número de ciudadanos de la zona sur, donde más del 60% de la
población no está aún conectada al proveedor municipal de agua pública.
En 2007 se desplegó otra campaña de colaboración que ha dado sus frutos.
Durante varios meses, organizaciones sociales clave, los directores ciudadanos y
varios profesionales de SEMAPA realizaron una investigación conjunta sobre la
administración de la empresa bajo la gerencia de Eduardo Rojas (gerente general
en 2006-2007). La corrupción generalizada que al parecer se había vivido bajo la
dirección de Rojas había provocado un importante menoscabo económico a la
empresa que dificultó el pago de los salarios a los empleados y puso en peligro
el préstamo internacional del Banco Interamericano de Desarrollo que estaba
financiando el plan de expansión. Durante varios meses, estos diversos actores
combinaron estratégicamente sus respectivas capacidades y autoridad para
recopilar y analizar los datos financieros de la empresa, y demostrar que ésta
era víctima de una tremenda corrupción de la que Rojas era responsable. Tras
varios meses presionando a funcionarios sindicales y representantes políticos
locales –que hasta entonces aún apoyaban públicamente a Rojas–, en octubre de
2007 la junta votó por unanimidad a favor de destituir al gerente general y
abrir una investigación oficial sobre las acusaciones de
corrupción.
Restricciones institucionales y contextuales para ejercer
un control social efectivo
Sin embargo, los logros alcanzados por
los actores participativos se han visto constreñidos por varios factores
relacionados con la estructura institucional y arraigados en contextos
culturales. Los directores ciudadanos se han encontrado con graves dificultades
por el hecho de no recibir una formación formal cuando asumen sus cargos. Muchos
de los directores ciudadanos que empiezan su labor con gran motivación y
preparados para generar cambios positivos se ven rápidamente cuestionados por su
incapacidad de proponer planes técnicamente viables o de inspeccionar su puesta
en práctica. Además, la ampliación de la junta para pasar a integrar a
representantes ciudadanos no fue acompañada de cambios en la gestión interna de
la empresa con el objetivo de acoger a estos nuevos actores, como el
proporcionar información adecuada para personas no expertas en un formato que
puedan comprender y que les permita analizar adecuadamente los planes de la
empresa y los informes de rendimiento.
Además, existe por lo general un
sesgo técnico entre el personal técnico y profesional de las empresas que tiende
a despreciar el valor de las aportaciones de los ciudadanos de a pie. Los
primeros intentos por crear los comités técnicos fueron rechazados por el
entonces gerente general, que también era miembro de la Coordinadora. Este
desacuerdo interno dentro de la propia Coordinadora puso de manifiesto la
marcada división entre los diversos actores que formaban la coalición; unos más
orientados hacia los aspectos sociales y otros hacia los técnicos. Hay aún una
fuerte desconexión entre los técnicos de la empresa y el público general.
Por otro lado, ni siquiera la presión de ASICA-Sur, con la que se ha
conseguido una expansión de la infraestructura, se puede describir como una
clara victoria del control social. El proceso se ha visto manipulado en muchas
ocasiones por el alcalde y el gobernador, que han aprovechado la oportunidad
para impulsar sus bases políticas y marginar del proyecto a la asociación y a
los directores ciudadanos. Esto demuestra la tendencia de las elites políticas a
controlar el suministro de servicios con el fin de proporcionárselos a sus
propias bases electorales. Además, la falta de capacidades entre los directores
ciudadanos y las organizaciones sociales no les ha permitido proponer de forma
efectiva planes de servicio técnicamente viables ni criticar los planes formales
creados por profesionales de la empresa y tecnócratas municipales.
Las
luchas contra la ineficacia y la corrupción de SEMAPA han demostrado que aunque
las protestas pueden brindar algunos resultados, no abordan los problemas de
base ni organizativos que permiten que este tipo de funcionamiento se perpetúe.
En el contexto de los deseos populares de participar en el proceso, está claro
que se deben establecer mecanismos específicos para canalizar estratégicamente
este interés. El mal funcionamiento y la corrupción constantes han creado una
notable desconfianza entre las organizaciones sociales, los funcionarios
municipales y la junta, y los administradores de la empresa. Aunque en algunos
casos las organizaciones sociales colaboran eficazmente con la empresa y los
funcionarios públicos, queda por ver si sus relaciones mejorarán para fomentar,
por el bien de toda la comunidad cochabambina, un entorno más favorable a la
gobernanza colectiva y el rendimiento de la empresa.
Conclusión
La gestión colectiva de servicios públicos
basada en el control social aspira a proporcionar empresas de agua con un buen
rendimiento y con un suministro de servicio equitativo. Ésta es una proeza que
aún no se ha alcanzado en Cochabamba. Estos profundos cambios institucionales y
culturales no se pueden producir en el transcurso de una guerra del agua y mucho
menos con una reestructuración simbólica de la junta de la institución de
servicio público.
Crear formas eficaces de control social exige la
adopción de instituciones participativas viables y compromisos a largo plazo, y
una amplia cooperación de ciudadanos activos, para trabajar diligente y
estratégicamente con el fin de desarrollar demandas de servicio consensuadas y
minar las culturas organizativas y políticas de corrupción y explotación. Además
de la voluntad política de las personas, las estructuras de toma de decisiones
de la empresa se deben reformar para dar cabida efectiva a las capacidades de
los ciudadanos. La gobernanza colectiva en empresas de servicios públicos exige,
por ejemplo, crear nuevas formas de transparencia que proporcionen información a
los usuarios del servicio en un formato que se adapte a las necesidades e
intereses de participantes profanos en la materia. Además, las organizaciones
sociales implicadas deben trabajar para desarrollar nuevas capacidades y
relaciones estratégicas con funcionarios de la empresa y políticos locales para
negociar sus demandas de servicios y supervisar el rendimiento de la compañía.
En tales circunstancias, las estructuras de gobierno democráticas y
participativas pueden generar unas instituciones de servicios públicos que
funcionan bien y de forma equitativa, y que respetan y responden a las demandas
y necesidades sociales de toda la comunidad en que están integradas y a la que
supuestamente deben beneficiar.
Aunque los muchos contratiempos con que
se ha topado SEMAPA se deben tratar en el marco de un debate general sobre el
control social, es igual de importante centrarse en sus incipientes puntos
fuertes y en los efectos positivos que surgen del mero hecho de intentar
desarrollar este proceso, no sólo en Cochabamba, sino también en el seno del
movimiento mundial en defensa del agua. Los experimentos que están teniendo
lugar en SEMAPA reavivan una serie de debates progresistas y radicales sobre la
conceptualización de modelos de gobernanza colectiva. A medida que el movimiento
mundial por el agua va madurando y consolidando sus reivindicaciones de
gobernanza colectiva, estos primeros experimentos están aportando una
experiencia fundamental y un aprendizaje colectivo que pueden sentar las bases
preliminares para profundizar las estrategias de los activistas con el fin de
construir una gobernanza participativa sólida y sostenible en el seno de los
organismos de servicios público de todo el mundo.
Notas
(1)
Filial de la empresa transnacional Bechtel con sede en San Francisco,
California.
(2) Para
los políticos que controlan las instituciones este botín sirve principalmente a
dos objetivos: recompensar a los partidarios políticos con empleos públicos y
bien pagados, y ofrecer el suministro de servicios a varios sectores a cambio
del apoyo político durante períodos electorales.
(3)
Asociación que cuenta con la participación de más de 120 comités de agua que
representan a unas 60.000 personas de la zona sur.
Travis Driessen está licenciado en Antropología cultural por la
Universidad de Wisconsin Madison. Su especialización se centra en la
democracia participativa y los bienes comunes, y sus actuales investigaciones
analizan la estructura institucional y el contexto cultural de los procesos de
presupuesto participativo en Cochabamba y Porto Alegre, y en organizaciones de
servicios de agua y saneamiento.
El grupo de trabajo de control
social es una plataforma social para promover la reflexión y la cooperación
críticas entre varias organizaciones sociales cuyas iniciativas están
relacionadas con el control social y la participación ciudadana en Bolivia.
Los dos proyectos principales en que participa la red están pensados
para: 1) mejorar la transparencia y los mecanismos para el examen público con
respecto a la gestión de SEMAPA e 2) incrementar el papel del público en la
planificación, supervisión y evaluación de políticas y presupuestos
públicos.
Para
preguntas, comentarios y críticas, puede escribir al autor a
Este artículo se publicó por primera vez en mayo
de 2008, como parte de la edición en árabe de Por un modelo público de agua:
triunfos, luchas y sueños (verano 2008).