|
La vida breve |
|
|
|
Por: el Administrador
|
|
Julio 07, 2006 |
 “Se ven muy jóvenes. Menos enfants terribles que ‘guachos tiernos’, como ellos mismos recuerdan que alguien dijo después de haber visto 25 watts. Rebella es elocuente y verborrágico. Habla y gesticula con entusiasmo, vehemencia y convicción. Stoll habla poco y se mueve nada, pero cuando lo hace sus intervenciones son oportunas, pertinentes, precisas.”
Juan Pablo Rebella (1974-2006)
Por:Rosalba Oxandabarat Brecha 7/7/06
“Se ven muy jóvenes. Menos enfants terribles que ‘guachos tiernos’, como ellos mismos recuerdan que alguien dijo después de haber visto 25 watts. Rebella es elocuente y verborrágico. Habla y gesticula con entusiasmo, vehemencia y convicción. Stoll habla poco y se mueve nada, pero cuando lo hace sus intervenciones son oportunas, pertinentes, precisas.”
Así empezaba la entrevista hecha por Pablo Ferré para BRECHA en abril de 2001 a Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, pleno festival de Cinemateca, en el que iba a estrenarse a escala nacional 25 watts, que ya había ganado el premio de Rotterdam poniendo a la dupla en los titulares no sólo de la aldea –siempre pronta a alborotarse cuando uno o más de sus hijos reciben beneplácitos “afuera”– sino en la prensa de ese mismo afuera. Todo estaba por comenzar. Eran “los Pablos”. Amigos desde hacía añares –muchos, para la edad que tenían ambos–, hermanos, podría decirse.
Estudiantes en la Universidad Católica, postulantes a un premio del Fona –que se asegura no ganaron porque el guión contenía muchas “malas palabras”–, muchachos cinéfilos y cineros con buena disposición para el trabajo de grupo.
Gente de 25 años que entraba por la puerta grande con una película en cuya confección se habían divertido tanto que lograron divertir a fondo a (casi) todos los que la vieron. O eso parecía. Hacer una película demanda horas y horas de riesgo, planificación y esfuerzo, aun para gente tan consustanciada entre sí, aun con esa voluntad explícita de desdramatizar su trabajo. No se cansaron de aclarar que no querían representar nada altisonante ni pensaron en ningún público en especial ni en ganchos de ningún tipo, que no se trataba de plantear un asunto ni una visión “generacional”: sólo se trataba de una película, la de ellos. Como tampoco se cansaron de aclarar, a raíz de esta película y de la siguiente, que sí, que muchas gracias, que les encanta Kaurismaki y les encanta Jarmusch pero no les interesaba copiarlo, que también les gusta mucho el cómic y el rock y etcétera. De defender esa sencillez minimalista que a nivel mediático sirvió para atajar los cuestionamientos grandilocuentes y fundamentalistas, esa manía de representatividad que suele aquejar a lo uruguayo, y que a nivel creativo seguramente está en la raíz de la libertad, y sobre todo la de la frescura, con que se enfrentaron a su trabajo. Estaban entonces algo shockeados por la paliza de los festivales, las entrevistas, las fotos. No intuían (¿o quizá sí?) que pocos años después, con una película radicalmente distinta en forma y tema esto se repetiría multiplicado por diez. Whisky (2004) cosechó premios varios en el Sundance, Tokio, Huelva, Cannes, Lima, Gramado y otros. Después de una película “de jóvenes”, una película “de viejos”, hecha por los mismos jóvenes. Después de la travesura, el humor absurdo, la pequeñez clasemediera y adolescente, lo aparentemente opuesto: la melancolía, la frustración, el sentimentalismo asordinado... pero de nuevo el humor absurdo, el horizonte chato, otra pequeñez pero de gente grande, ya sin vueltas ni futuro. Y el mismo cuidado formal, de mínimo detalle tan finamente diseñado que sólo se manifiesta en el tono que adquiere la narración (como debe ser), la misma felicidad para que cada actuación encontrara esa formulación que han hecho de Daniel Hendler y Jorge Temponi (25 watts) y el notable trío actoral de Whisky (Bolani, Pazos, Mirella Pascual) los rostros más reconocibles y frecuentados del cine uruguayo. Con claves tan (aparentemente) disímiles, estos muchachos y su equipo (Fernado Epstein, Gonzalo Delgado, entre otros) lograron el milagro de una continuidad de trabajo, de expresividad, de formas de hacer, que no podían ser menos que una estimulante noticia para esta provincia deseosa de historias e imágenes propias –que tan pocas veces encontró en el cine, y menos en la televisión. Todo eso –mucho más, en realidad– hizo Juan Pablo Rebella con Pablo Stoll y su equipo en tan poco tiempo. Parecía que el horizonte era inmenso y tenía aún muchas paradas, muchos trabajos, muchas cosas buenas para él, para ellos, para nosotros. Esperábamos la próxima, que, se asegura, estaba en camino. Ahora Juan Pablo ya no está. Un mazazo para los amigos, la familia, el país, el cine. Para Pablo, su hermano. Para los que no podemos creer ni aceptar que muera alguien de la generación de nuestros hijos. Esta muerte es una herida que no cierra. Saber que esa vida breve fue intensa y bella –o así la miramos– no es consuelo. No le gustaba –lo dijo en innumerables entrevistas– buscar ni dar explicaciones sobre las conductas de los personajes de sus películas. Pero este plano final, inamovible, quedará buscando la suya por mucho, muchísimo tiempo. Qué atmósfera gris, qué muro de barrio, qué sueños amortiguados pueden dar razones de esta ausencia. Esto es lo que no está en las películas de Rebella y Stoll. Esto, es la tragedia.
No ha lugar Soy crítico de cine, no poeta. No encuentro palabra o frase capaz de expresar, aunque mínimamente, mis sentimientos ante esta muerte. Para salir de este apuro, que de los otros, los verdaderos, no hay salida, y también para dejar aun más en evidencia mi propia y rampante mediocridad literaria, sólo se me ocurre parafrasear a Billy Wilder, el maestro a la distancia que Juan Pablo admiró tanto como muchos y mejor que nadie. Durante el entierro de Ernst Lubitsch, aquel inimitable genio de la comedia cinematográfica, Joseph Mankiewicz, un amigo común y, él mismo, otro de los pocos realizadores que se las había ingeniado para incorporar con éxito la acidez centroeuropea al soleado circo hollywoodense, sólo atinó a pronunciar lo siguiente: “Qué pena, Billy: no más Lubitsch”. A lo que el bueno/malo de Wilder replicó: “Mucho peor: no más películas de Lubitsch”. ¿Por qué dije que iba a “parafrasear” y no simplemente “citar” a Wilder y Mankiewicz? Porque, Dios lo quiera, Stoll, Epstein, Delgado y los demás sí seguirán haciendo las películas de Rebella. A ellos, a la formidable familia de Juan Pablo y a tantos compañeros de ruta, vayan, además de las condolencias, este ruego. Sigan adelante. Ronald Melzer
--------------------------------------------- SE SUICIDO EL DIRECTOR URUGUAYO JUAN PABLO REBELLA
Fin prematuro e inexplicable para un cineasta montevideano. Junto a Pablo Stoll, cambió la forma de hacer y entender el cine en Uruguay con sus películas 25 watts y Whisky. Tenía 32 años.
Por: Página12 7/7/06
Juan Pablo Rebella era de una raza que se inspira trabajando en dupla. Así construyó una pequeña gran carrera, aferrado a Pablo Stoll, inseparables los dos para crear las películas que cambiarían para siempre la manera de entender y hacer cine en Uruguay. Primero con 25 watts y luego con Whisky, estos uruguayos plasmaron un cine de bajo presupuesto, de historias mínimas empapadas de melancolía, y fue imposible separar esos relatos de los aires grises de Montevideo. Rebella, que con Whisky se había consagrado en 2004 en los festivales de Huelva, Tokio y Cannes, nada menos, se habría pegado un tiro –dijeron fuentes de la jefatura policial de Montevideo– en la madrugada de ayer y todavía nadie sabe por qué lo hizo. Tenía 32 años, había fundado una productora (Control Z Films) que se financiaba holgadamente en el paisaje montevideano, era un cineasta precoz que encontró lo que muchos nunca lograrían: un tema y un estilo.
Estudió cine en la Universidad Católica de Montevideo, donde entendió que durante toda su vida trabajaría de a dos, tanto en sus cortos Buenos y santos y Víctor y los elegidos, como en los largometrajes hechos con Stoll a cuatro manos, empapados de esa melancolía propia de su ciudad-escenario. Su primera película, 25 watts (2001), fue premiada en Rotterdam y en el Bafici, con un relato sobre el vacío existencial de tres jóvenes (uno de los cuales es Daniel Hendler) entregados al no hacer nada en la vida, introduciendo en el cine uruguayo preocupaciones tales como no pisar mierda de perro, pasar un examen de italiano u odiar en silencio al jefe; era la vida misma de Montevideo en un sábado de verano, allí donde no pasaba gran cosa, a conciencia de que la mirada, siempre, pesa más que los hechos que se cuentan.
Rebella/Stoll reflejaron su propia aldea, allí donde las situaciones mínimas remitían a sus admirados Martín Rejtman, Raúl Perrone o Juan Villegas. Al cronista que vio en Whisky, su segundo film, una versión de El Capital filmado, o una mezcla perfecta de Bailarina en la oscuridad (de Lars Von Trier) con Los soñadores (de Bernardo Bertolucci), le respondió, lacónico: “No sé, no hubo intención”. Su descriptivismo tajante no era falsa modestia; era una manera de concebir el cine: contando una vida sin interpretarla.
En Uruguay, nadie entendió nada todavía, aseguraba ayer el productor argentino Hernán Musaluppi, de Rizoma Films, que era su amigo y trabajó reiteradamente con Rebella: “Eran una dupla absolutamente increíble con Stoll, con quien compartían todas las decisiones creativas”. A su vez, la directora Ana Katz, que hizo una fugaz aparición en Whisky (protagonizada por los uruguayos Mirella Pascual y Andrés Pazos), dijo que es “una falta gravísima que él ya no esté entre nosotros, un amigo colosal, tan afectuoso”.
Lo admira también la Asociación de Productores y Realizadores de Cine de Uruguay, a través de un comunicado: “El cine uruguayo ha perdido uno de sus grandes talentos. Juan Pablo fue un artista inteligente, de un humor agudo y genial, un colega generoso a la hora de compartir el éxito y repartir los premios de sus películas entre quienes trabajaron en ellas”, se lee allí. Su idea era dar oportunidades a otros cineastas a través de Control Z, y por eso produjo la película La perrera, de Manolo Nieto, que ganó el último Festival de Rotterdam y en abril se vio en el Bafici. Quería que el éxodo de creadores uruguayos se terminara; imaginaba una industria local que siguiera, a su escala, el modelo argentino de productoras independientes. “Es como una especie de mareo, como la sensación de que hubo un error en algún lado”, había dicho cuando lo premiaron en Cannes. Pero esa vez –a diferencia de lo que sucedió en la madrugada de ayer– no hubo error alguno. |
|
Última actualización ( Julio 07, 2006 )
|
|