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"En Cuba no habrá sucesión ni transición: sólo continuidad". La sentencia fue martillada, una y otra vez, por la dirigencia cubana 18 meses atrás,cuando se hablaba de la "inminencia" de la muerte de Fidel Castro tras la confirmación de la gravedad de su enfermedad.
Y por ahora es eso lo que parece primar en La Habana: no pasa nada, todo bajo control. Ante los ojos del mundo, y de sus enemigos en primer lugar, que a fin de cuentas no pudieron con él en casi cincuenta largos años, Fidel se da el lujo de organizar su salida, y de hacerlo por la puerta grande, mise en scène incluida. Pasará a cuarteles de invierno, seguirá escribiendo, ésa será su contribución "de soldado", su hermano tomará las riendas, habrá llegado la hora de que nuevas camadas "revolucionarias" asuman la herencia en acuerdo con lo que queda de la "vieja guardia", según dice en su carta de renuncia aparecida el martes en el diario oficial Granma... Y la rueda -socialista- de la historia seguirá avanzando en la isla, contra viento y marea.
Sin embargo, no hay quien no vea en el gesto de Fidel, por más esperado que fuera, el signo de un final de época. "No pasa nada" ahora en la isla, pero es más que probable que, entreabiertas las compuertas, algo nuevo comience a colarse. A qué ritmo y con qué composición, más allá de eslóganes y de expresiones de deseos, parece difícil aventurarlo ahora.
Para muchos, en la izquerda, Castro sigue apareciendo como el único mito sobreviviente a toda una sucesión de debacles, fracasos, decepciones, traiciones y derrumbes. A él se aferran para demostrar que pese a todo, y contra todo, "se puede". Ahí está aún en cuerpo presente el propio Fidel, escapado de decenas de atentados urdidos o codirigidos por una decena de administraciones de distinto pelaje de la primera potencia mundial. Ahí está aún el alma de la "América Latina irredenta", encarnada en una pequeña, y digna y heroica isla, suerte de Asterix caribeño, sometida a todas las presiones, tsunamis y bloqueos lanzados como azotes por el César norteamericano. Fidel y Cuba, fuerzas de la naturaleza. Fidel como Gardel, según titulara más de una década atrás este semanario cuando el líder cubano visitara por última vez Montevideo. El mito, la leyenda, que no quiere saber del autoritarismo, de la militarización de la sociedad, de la burocracia, de la concentración del poder... O que los explica y justifica: ¿qué son, se dice, comparados con la solución de los problemas esenciales: la erradicación de la miseria, del analfabetismo, de la mortalidad infantil, la atención sanitaria para todos, el acceso a la educación, la dignidad recuperada del cubano, y todos los otros éxitos de la revolución?
Cuba como cruce de caminos. Sin duda lo seguirá siendo por muchos años. Y le dolerá más aun a algunos. Y será su ultimísima bandera para otros. Pero sin Fidel, para bien y para mal, no hay duda de que será otra cosa.
La Habana sin Fidel
Las calles de La Habana palpitan con la misma respiración estos días. Todo sigue igual. Nada altera el lento discurrir de la vida cotidiana, el pausado ritmo habanero. Los viejos y destartalados vehículos, que renquean y tosen como tísicos, circulan con la misma parsimonia y escupiendo el mismo humo negro. La gente esperando al sol la guagua que siempre llega tarde, si es que acaso llega. Las muchachas pidiendo botella en las esquinas. Las horas siguen detenidas en los balcones. El malecón mantiene su condición de Olimpo de los dioses menores: manos de parejas entrelazadas, miradas escudriñando el ocaso, turistas buscando mulatas, jineteras aguardando turistas, policías espantando jineteras, travestis exhibiendo sin pudor su feminidad, ya sin miedo, sin ser perseguidas/os. Santa Mariela Castro, la bendita hija de Raúl, vela por ellas/os. ¿Y Fidel? Nada, aparentemente, hace referencia a su ausencia, a su renuncia. Cualquiera que llegue del exterior, estos días, a La Habana puede transitar por las calles de La Habana Vieja, por el Parque Central, por Centro Habana, por el Vedado sin percibir nada especial en el ambiente, sin siquiera percatarse de que la historia está dando uno de sus pasos, chiquitos, minúsculos dentro de esa Historia con mayúscula del ser humano, pero un paso gigante, mayúsculo en la caja de resonancia de la historia con minúscula que como ser humano nos toca vivir a cada uno. Ésa es la sensación que probablemente, sin expresarlo de esa manera, tienen muchos cubanos. Y desde luego la tiene el visitante.
La renuncia de Fidel Castro a seguir en la primera fila política, en el avatar diario del poder, no ha generado una desmesurada reacción colectiva. No hay grandes manifestaciones de dolor, no hay corrillos comentando lo sucedido, no hay rasgado de vestiduras ni miradas de orfandad. Y sin embargo todo es ahora distinto. Fidel ha sido un hombre y un dirigente de una dimensión como sólo los grandes personajes, los verdaderamente históricos, llegan a alcanzar. La historia de Cuba hubiera sido otra, completamente distinta, si este tozudo, visionario y apasionado hombre no hubiera nacido en esta tierra. Y tras su paso, nada puede ser igual. No lo va a ser la revolución, no lo va a ser Cuba, no lo va a ser La Habana. El gobierno cubano insiste en que el camino va a seguir siendo el mismo, que la revolución continúa por la misma senda, que no habrá cambios en lo fundamental, en la esencia. Se intenta conjurar lo inevitable, algo así como el reverso del viejo aforismo, uno tiene la sensación de que va a ser no cambiar nada para que todo cambie. Sin Fidel, para lo bueno y para lo no tan bueno, nada puede ser lo mismo, nada lo será.
El legado
Con el triunfo de la revolución, el 1 de enero de 1959, a pesar el bloqueo estadounidense impuesto en 1962, Cuba ha alcanzado las siguientes metas:
• Que todos los estudios, incluidos los superiores, sean gratuitos en todos los municipios de la isla, lo que permite que estudien más de dos tercios de los jóvenes de entre 18 y 24 años. La revolución comenzó un amplio proceso de democratización de la cultura, que logró que para 1961 un millón de personas fuera alfabetizada. Este logro derivó en el programa "Yo sí puedo", para erradicar el analfabetismo en América Latina
• Es el único país de América Latina y el Caribe que cumplirá la Meta del Milenio de Educación para Todos, al ocupar el primer lugar con un "índice alto", según señala el informe de la Unesco 2007.
• Tiene una esperanza de vida de 80 años y una de las menores tasas de mortalidad infantil del mundo (de 5,2 por cada mil niños nacidos vivos) e incluso de 4,2 de cada mil nacidos vivos en provincias como Camagüey, como resultado del reconocido sistema de salud gratuito y universal, una de las promesas de la revolución.
• Ha impulsado la Operación Milagro, que ha devuelto la vista a más de un millón de personas en América Latina y el Caribe, con apoyo de Venezuela, uno de los países más beneficiados por el proyecto. Apenas el 50 por ciento de la humanidad tiene acceso a atención oftalmológica, pero Cuba ha instalado 49 centros oftalmológicos y 82 hospitales en América Latina para atender todo tipo de males oculares.
• El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en su informe anual sobre desarrollo humano clasifica a Cuba entre los países con desarrollo humano alto, y es el que con menos ingresos per cápita alcanza esta calificación. En ello inciden, entre otros, los indicadores de esperanza de vida al nacer y de educación.
• La Comisión Económica para América Latina y el Caribe identifica a Cuba como el país de la región que más recursos destina de su producto bruto interno a gastos sociales, triplicando, como promedio, lo que destinan los otros.
• En 1997, implementó el Plan de Acción Nacional de seguimiento a la IV Conferencia de Naciones Unidas sobre la Mujer, que contiene 90 medidas para la inserción de la mujer en puestos de toma de decisiones.
• La región del Caribe es, después de África, la que mayor incidencia tiene de vih, pero Cuba ha logrado mantener bajo control la propagación del sida con campañas de concientización, y ha trabajado con grupos vulnerables, asegurando el acceso a los antirretrovirales y fortaleciendo el diagnóstico y vigilancia epidemiológica.
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