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Aun se recuerda que, cuando en junio de 1990 -aún antes de asumir el cargo de Presidente de la República- Alberto Fujimori viajó a Tokio haciendo escala en los Estados Unidos, contrajo dos compromisos que ocultó celosamente al electorado que lo había elegido hastiado ya de la demagogia y el desgobierno aprista: aplicar el modelo económico neo liberal impuesto por el Fondo Monetario, y desarrollar la "guerra interna" recurriendo a los mecanismos operativos que se aplicaron con relativo éxito en diversos países del Cono Sur.
Fueron esas, dos condiciones que le impusieron al unísono el Fondo Monetario y el Banco Mundial para respaldar su gobierno y asegurarle el apoyo de la Comunidad Internacional, en una circunstancia en la que el "prestigio" de las autoridades peruanas estaba por los suelos.
Para llevar a la práctica ese escondido propósito, y a su retorno a Lima, Fujimori dispuso medidas excepcionales. La primera, fue ocultarse en instalaciones castrenses, para ponerse a buen recaudo de cualquier demanda ciudadana.
Luego, cuando tomó la conducción del país, el 28 de julio de ese año, adopto dos decisiones orientadas a este fin: el Programa económico de agosto implementado por Juan Carlos Hurtado Miller, su ministro del sector, y la creación de los aparatos punitivos que dieron pase a la "guerra sucia" impulsada contra el pueblo. De ese modo nació el tenebroso "Grupo Colina" que se ha convertido hoy en el más calificado vertedero del horror pero, dialécticamente, en la principal pesadilla del procesado Fujimori..
Este grupo recibió la denominación que llevó, en homenaje a un oficial de policía, el capitán Juan Colina Gaigee, en torno al cual se ha levantado también una suerte de leyenda que busca presentarlo como un "héroe de la democracia en la lucha contra la subversión".
En realidad, el capitán Colina fue un efectivo de la institución armada a quien se le dio una tarea específica: actuar como si perteneciera a Sendero Luminoso, operando en representación de la estructura terrorista en coordinación con ella y con los mandos castrenses.
Por la dinámica de su trabajo, el oficial se convirtió a partir de allí en un "infiltrado" en Sendero, o en "un mando senderista" como suelen repetirlo los "expertos" en la estrategia de la época. Y murió en un enfrentamiento con el ejército, cuando éste capturó al continente que había "formado", y no le dio tiempo para revelar su verdadera identidad. En otras palabras, a Colina Gaigee lo mataron sus colegas de uniforme en una guerra desatada entre ellos mismos. Y hoy es presentado como un mártir de la lucha contrainsurgente..
El capitán Colina y sus tareas, plantean sin embargo, dos hipótesis. Una podría conducirnos a considerar que el oficial de marras fue, en efecto, un "infiltrado" en SL que llegó allí con el propósito de conocer la organización por dentro, evitar o neutralizar sus acciones y capturar sus mandos. A lo mejor, quienes lo mataron, lo hicieron para impedir que cumpliera su tarea.
La otra, podría más bien afirmar la idea que el uniformado estaba encargado de planificar y realizar acciones terroristas que debía adjudicar a Sendero Luminoso, con el fin de generar un clima de violencia que justifique una represión mayor contra la población civil.
En esta variante, cabría preguntarse si fue el único encargado de esa tarea o si, como él, hubo otros -quizá muchos- designados para similar función, por lo que la estructura terrorista pudo darse el lujo de aparecer como autora de innumerables actos terroristas que, en realidad, no fueron cometidos por ella sino por los efectivos de la institución castrense infiltrados en sus filas. Esto último tiene que ver con las características de este grupo operativo.
Y es que, en efecto, innumerables informaciones recogidas en ese periodo dan cuenta de "actos terroristas" que fueron realmente cometidos por elementos de la institución castrense; policías o militares en actividad o en retiro: voladuras de torres de asalta tensión, asalto a un banco en Barranco, ataque al Frigorífico del Callao, secuestro y muerte de Saúl Cantoral y Consuelo García; acciones todas que en su momento fueron adjudicadas a "la subversión", resultaron realmente cometidas por efectivos de la institución armada.
Para protegerlos -y proteger de paso a la institución- se adoptaban distintas medidas: se les hacía firmar cargas de "renuncia" a la Fuerza Armada, para "presentarlas" en caso que fuera necesario a fin de demostrar que ya ellos no tenían relación alguna con la Fuerza Armada o la Policía; o se les "separaba" de la institución con fecha anterior como ·"medida disciplinaria", a fin de argüir luego que "habían desertado", o habían sido marginados de ella.
En suma, se recurría a procedimientos de "camuflage" que no tenían otro propósito que encubrir la relación entre el Estado Terrorista y sus agentes, a fin de garantizar el mejor cumplimiento de los propósitos de estos y su impunidad en el caso de ser aprendidos. Métodos asimilados todos gracias a la Escuela Norteamericana del crimen y la represión.
Carlos Pichilingue, uno de los integrantes del Grupo Colina, apremiado por las autoridades para revelar las acciones del grupo Colina, dijo recientemente: "En 1980, por convenio del Estado peruano con los Estados Unidos, un grupo de cadetes de la escuela Militar de Chorrillos fuimos becados para asistir a un curso en la Escuela de las Américas, Fort Gulick, zona del Canal de Panamá... en el lugar recibimos instrucción de guerra contrasubversiva, combate de baja intensidad, en la zona de la selva caribeña ; siendo la instrucción recibida en aquella época por militares norteamericanos que combatieron en la guerra de Vietnam. La instrucción consistió en lineamientos doctrinarios y práctica operacional orientada a regular los procedimientos de destrucción y/o aniquilamiento del enemigo terrorista".
Fue en esa línea, que en junio de 1991 se celebró en Lima una Mesa de Trabajo, que no fue sino una reunión de los altos mandos del ejército, convocados por el entonces comandante general de la institución, en la que se presentó el "Libro Rojo" o Manual de la Guerra Contrasubversiva, que se puso en vigencia de inmediato. La tesis central se orientó a asegurar que el único camino era "enfrentar al terrorismo con sus propios métodos". Ese fue el preludio. Algunos días después, otro cónclave en el que participaron los jefes de los servicios de inteligencia aprobó sin más trámite lo que se juzgó era "la tarea": "vigilancia, seguimiento y eliminación de terroristas".
A partir de allí, el Jefe del grupo Colina, Santiago Martin Rivas, pudo decir "los operativos militares no fueron actos aislados de un grupo de soldados, fueron parte de una estrategia preparada y aprobada por la más alta instancia de gobierno, y cuyas decisiones correspondieron al Presidente Alberto Fujimori; el jefe de facto de los Servicios de Inteligencia, Vladimiro Montesinos; y al Comandante General del Ejército, Nicolás Hermoza Ríos".
Fueron ellos, por cierto, los que dieron la orden de inicio a las acciones de esta estructura terrorista. Y es ella la que hoy los incrimina en un "sálvese quien pueda", que dice mucho de lo corroía que estuvo la base operativa del régimen dictatorial.
Por eso, el tema no puede limitarse a encontrar las responsabilidades individuales y colectivas de los crímenes que se cometieron en este aberrante periodo de la historia. Urge, además, poner en evidencia los métodos usados y la razón de los mismos, para conocer los entretelones de una política de terror y de muerte impuesta por el Poder Imperial contra pueblos y naciones.
El Grupo Colina se desmorona. Y con él, caen también las figuras más calificadas de la represión en el Perú. Deben caer también sus formas de actuar y sus nexos con los verdaderos responsables, los Kissinger del Imperio (fin)
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