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VOLODIA TEITELBOIM Imprimir Correo
Por: GUSTAVO ESPINOZA M. (*)   
Febrero 10, 2008
"El escenario político chileno huele mal. Por primera vez los orgullosos chilenos admiten que hay corrupción. Hay entonces un descontento generalizado. Cada vez más amplios sectores de la sociedad se sienten víctimas del modelo. Y lo son", nos dijo en un apacible barrio de Santiago de Chile la tarde del viernes 12 de enero del año pasado Volodia Teitelboim, uno de los más descollantes intelectuales y políticos de América Latina que acaba de despedirse de nosotros.

Lo visité por última vez en esa circunstancia, acompañado de un antiguo dirigente sindical chileno y destacada figura de la CUT de los buenos años de Luís Figueroa: Octavio González Becerra, quien tuvo la gentileza de llevarme hasta la Comuna de la Reina, donde vivía este prolífico escritor de nuestro tiempo.

Mientras el sol abrumaba quemando como plomo derretido y caía inmisericorde sobre la capital de un país presentado como el "modelo" de las sociedades latinoamericanas; Volodia recordó que esta crisis no afectaba sólo a Chile sino a todo el continente. "Ahora sí puede asegurarse sin ninguna duda que las recetas impuestas a la espalda de los pueblos han llevado a nuestros países a un abismo profundo", nos dijo con melancólica, pero a la vez profunda sabiduría, en palabras que, para conocimiento de nuestros lectores, recogí poco después en la edición Nº 59 de Nuestra Bandera.

Supe de Volodia Teitelboim, virtualmente desde que tuve uso de razón. Mi madre -la poetisa nacional Adela Montesinos- me habló de él a comienzo de los años cincuenta. Lo conoció cuando, desterrada en Chile con su primer marido que murió en 1932, fue generosamente acogida por los comunistas chilenos, con quienes trabajo durante varios años usando el nombre ilegal de Fernanda Martínez.

Desde entonces, cada vez que Volodia venia al Perú, era ritual un encuentro. Y también era un deber para mi visitarlo cada vez que, por una u otra razón, yo llegaba a Santiago, en tareas estudiantiles, sindicales o políticas.

Me toco entonces estar con él en la capital del Mapocho en marzo de 1964, cuando como Presidente de la Federación de Estudiantes estuve al frente de una delegación que intervino en el IV Congreso latinoamericano de Juventudes. Y algunos años después, cuando como Secretario General de la Central Obrera, la CGTP asistí en 1969 al Congreso de la CUT y luego en noviembre de 1970 a la toma de posesión del Presidente Allende. Allí en La Moneda, Lucho Figueroa me presentó diciendo que yo era "un apasionado lector de Neruda y Volodia"

En ese entonces había leído dos libros de Volodia: El hijo del salitre y la Semilla en la arena Y ambos me habían conmovido por la sencillez de su prosa, unida a la hondura de su pensamiento. Me parecieron una suerte de mensaje que venía desde el fondo de la tierra para mostrarnos la generosidad del hombre sencillo puesto ante los más difíciles avatares. Como en imágenes sucesivas, en ese entonces, desfilaron ante mis los "relegados de Pisagua", enviados a perecer en el desierto por el régimen traidor de González Videla. Supe así lo que vendría a corroborar después Luis Corvalán, Jorge Montes, Rodrigo Rojas, el propio Lucho Figueroa, y tantos otros gloriosos luchadores por la libertad americana.

Tuve la suerte de estar con Volodia compartiendo responsabilidades políticas en La habana, en julio y agosto de 1967 en la Conferencia de OLAS. Pero también e otras circunstancias, en diversos países. Y en Moscú, cuando era el centro de la Revolución Mundial. En cada circunstancia puede comprobar que sumaba a sus inmensas calidades literarias, una sabiduría política admirable. Por eso también busqué, cada que pude, su opinión y su consejo.

Jorge del Prado me obsequió de Volodia la biografía de Jorge Luís Borges, pero luego tuve en mis manos la vida de Neruda, publicada en ediciones BAT. Y también las memorias de Teitelboim: "Un muchacho del siglo veinte" y "Un hombre de edad media". También, por cierto las "notas de u concierto europeo y "En el país prohibido". Y, naturalmente, "la biografía de Neruda" editada por Jesús Boyero".

Ciertamente que aquí no se agota la creación de Volodia. Hay mucho que leer, todavía, para seguir admirando a este travieso personaje de la historia chilena que se burla de la vida, pero que toma muy en serio los retos de la historia.

Por ahora, evocando su imagen y añorando la posibilidad de asistir a sus funerales como hubiese sido mi deber, me basta recordar la afectuosa dedicatoria que me firmara aquella tarde de enero pasado: "Un gran abrazo de su camarada de Chile, del Perú, de América latina".

Lima, 2 de febrero del 2008

(*) Del Colectivo de Nuestra Bandera. www.nuestra-bandera.com


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