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PERÚ: LA CRISIS SOCIAL EN SU PUNTO Imprimir Correo
Por: GUSTAVO ESPINOZA M. (*)   
Agosto 19, 2007
La crisis social llegó a su punto, sin embargo, por otros indicadores.

Fueron tres minutos, pero parecieron trescientos para el común de los mortales que vivieron en vilo el terremoto del pasado miércoles 15 de agosto. Aunque los daños materiales en la capital no fueron cuantiosos, la tragedia sí se enseñoreó en las zonas más deprimidas de la ciudad y se hizo carne, y sangre, en las denominadas "provincias del sur chico", pero también en Ica y Huancavelica, en la costa y en la sierra más deprimida. .

Aunque han transcurrido ya más de 90 horas de los sucesos, las autoridades no tienen una versión final de los hechos. No se sabe a ciencia cierta cuántos fueron los muertos ni los heridos. Tampoco a cuánto ascienden los daños materiales ni el número de las viviendas destruida. Sólo existen datos esporádicos y episódicos: En la ciudad de Chincha, un poblado de casi cien mil habitantes, 16,000 viviendas se fueron al suelo. Y el número de muertos calculado en el departamento de Ica supera los 500. Cuando se tengan a la mano los informes finales, se verá que estas cifras se quedaron en pequeño y las pérdidas humanas y materiales fueron ciertamente mayores.

La crisis social llegó a su punto, sin embargo, por otros indicadores. El colapso de las comunicaciones, fue uno de ellos. Durante tres horas la gente en todo el país pugnó desesperadamente por comunicarse por vía telefónica con sus hogares y seres queridos. Todos los esfuerzos fueron vanos. Las empresas privadas de telecomunicaciones, que tienen el monopolio del servicio, no se dieron abasto y simplemente salieron de la competencia. El país quedó incomunicado ¿Dónde se produjo un fenómeno similar? ¿En qué país del mundo ocurrió un hecho de esta naturaleza?

La explicación que brindan las autoridades es ridícula. Ocurre -dicen- que todos quisieron llamar al mismo tiempo. Y eso bloqueó las líneas. ¿Qué debiera hacerse, entonces, en circunstancias como ésta? Ordenar por ejemplo a los interesados para que llamen por orden alfabético y por turno? ¿O pedirles que usen más bien señales de humo para no enturbiar la red establecida?

Pero apenas se supo que la tragedia mayor se había producido en las localidades situadas al sur de Lima, subieron desmesuradamente los costos de los pasajes para esos destinos. Si antes había pagado doce soles para viajar a Ica, ahora tendría que pagar sesenta para concretar el mismo propósito. La regla del mercado dice, en efecto, que la mayor demanda permite elevar los precios. Y esa mayor demanda existió: todos querían viajar para conocer la situación de los suyos, y el estado de sus viviendas.

Los pocos establecimientos encargados de comercializar víveres, subieron también abruptamente sus precios. Si antes podía comprar diez panes por un sol, ahora le daban apenas cuatro por la misma suma. Y así como falto el pan, escaseó el agua, y los medicamentos. Y hasta los cajones de difuntos para enterrar a las víctimas de la tragedia se tornaron inalcanzables para la gente. Los propietarios recordaron que era agosto, y por tanto quisieron hacer el suyo a su antojo. Y nadie pudo poner orden ni concierto porque esa era la norma del Mercado.

Curiosamente, nuestro país no ha previsto tener -como sí ocurrió en el Imperio de los Incas- depósitos con alimentos no perecibles. Tambos destinados a almacenar productos que pudieran ser usados en una circunstancia dramática como ésta que, por lo demás, se repite periódicamente en nuestro suelo.

La incapacidad del Estado, por otra parte, se tornó patética. Las autoridades oficiales pedían a gritos que un alma caritativa le llevara cargadores frontales para descargar de los aviones cajas con víveres y medicinas. El Director de la Cárcel de Tambo de Mora rogó a los 700 reclusos que allí se hallaban, que abandonaran el penal para salvar sus vidas. Y luego se habló de la "fuga masiva" de los presos. El Presidente García pidió que no se enviaran medicinas porque "ya tenía lo suficiente", pero los hospitales y las postas sanitarias no podían atender a los pacientes porque les faltaba todo: medicinas, camas, personal, instrumental quirúrgico, vitualla.

En Pisco, a nadie se la había ocurrido construir antes una Morgue. Por eso centenares de cadáveres fueron llevados a la Plaza de Armas de la ciudad para ser allí reconocidos por sus familiares y luego velados a la luz de la luna y a la intemperie. Porque claro, así como se suspendió el agua, así también desapareció la electricidad, y los víveres, y los medicamentos, y el orden social precario que existe en las aldeas olvidadas.

Como la disposición presidencial era que los camiones llegaran a Ica con auxilio, los conductores pasaron de largo las numerosas poblaciones intermedias. Y los habitantes de ellas vieron discurrir todo los que también a ellos les faltaba. Optaron, entonces, por bloquear las carreteras y asaltar los vehículos. Sólo así tuvieron el líquido elemento y lograron llevarse algo a la boca. Pero los medios de comunicación hablaron de inmediato de "saqueo" y de "pillaje".

Esos medios, en efecto jugaron en el marco de esta crisis un papel siniestro: unos se limitaron a clamar a Dios pidiendo "piedad" para los peruanos de nuestro tiempo. Otros, alentaron el caos y lo exaltaron como si fuera la antesala de algo bueno. Y la mayoría se dedicó a buscar los ribetes llamativos del fenómeno como una manera de servir la voracidad competitiva del mercado.

Sin embargo, como no todo es drama ni es tragedia, el pueblo ha comenzado a enfrentar -él mismo- con sabiduría y tino sus problemas. Y ha ido descubriendo por su propia experiencia que la única manera de asimilar la circunstancia es recurriendo a la organización ciudadana. Desde la base misma de la sociedad, en Pisco, en Chincha, en Cañete, han ido surgiendo comités de pobladores organizados que han buscado afirmar la tarea con optimismo pero, sobre todo, con conciencia y dignidad.

La solidaridad internacional no se ha hecho esperar. La gran potencia del mundo, los Estados Unidos, se ha dignado enviar, sin embargo, una suma ridícula: cien mil dólares para los damnificados, en tanto que la Unión Europea ha entregado un millón de euros, Ya hoy se calcula en más de cuarenta los millones de dólares que habrían de llegar a nuestro país para asistir a los martirizados pobladores de las zonas siniestradas. Después habrá que pedir cuentas del modo cómo esta ayuda fue utilizada para evitar el afloramiento de nuevos ricos a la sombra del poder.

El primer avión que aterrizó en nuestro suelo, es bueno que se recuerde, fue boliviano. Evo Morales llegó al corazón de los peruanos con la primera ofrenda de apoyo y de ayuda, confirmando el lazo de solidaridad y colaboración que lo une a nuestro pueblo. Pero Argentina, Chile, Venezuela, Brasil, Ecuador y también Colombia se hicieron presentes como un modo de testimoniar la hermandad americana. Y Cuba -y esa es ya una vieja lección para nosotros- una vez más nos tendió la mano pese a todas las adversidades que afronta por la presión del Imperio. La Habana nos enseñó otra vez que la solidaridad no consiste en entregar lo que nos sobra, sino en repartir lo que se tiene. Esta vez, lo volvió a hacer.

A cuatro días de la tragedia, nuestro pueblo comienza a levantarse, más consciente que el sistema -y el modelo- no sirven. Y países como el nuestro deben buscar nuevos derroteros para el desarrollo y el progreso (fin)


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