Poemas (1970 - 1972)
AL PASAR UN COMETA
Para mi hija Jourlaine
y para Erika
Por tu modo de morir,
por ese modo de conocer
yo adiviné,
viajabas en la antigüedad.
I
EN LO ALTO DE LA CIUDAD OSCURA
Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto
de la ciudad oscura
con el ruido a lo lejos
es seguro que suspirará
yo suspiraré
tomados de las manos por un gran tiempo en el
interior de la arboleda
sus ojos claros al pasar un cometa
su cara llegada del mar sus ojos en el cielo mi
voz dentro de su voz
su boca en forma de manzana su cabello en for-
ma de sueño
una mirada nunca vista en cada pupila
sus pestañas en forma de luz un torrente de fuego
todo será mío dando volteretas de alegría
me cortaré una mano por cada suspiro suyo me
sacaré un ojo por cada sonrisa suya
me moriré una vez dos veces tres veces cuatro
veces mil veces
hasta morir en sus labios
con un serrucho me cortaré las costillas para en-
tregarle ,mi corazón
con una aguja sacaré a relucir mi mejor alma para
darle una sorpresa
los viernes por la tarde
con el aire de la noche cantando una canción me
propongo vivir trescientos años
en su hermosa compañía.
TU CALAVERA
- A Silvia Natalia Rivera
Estas lluvias,
yo no sé por qué me harán amar un sueño que
tuve, hace muchos años,
con un sueño que tuviste tú
-se me aparecía tu calavera.
Y tenía un alto encanto;
no me miraba a mí -te miraba a ti.
Y se acercaba a mi calavera, y yo te miraba a ti.
Y cuando tú me mirabas a mí, se te aparecía mi
calavera;
no te miraba a ti.
Me miraba a mí.
En la alta noche,
alguien miraba;
y yo soñaba tu sueño
- bajo una lluvia silenciosa,
tú te ocultabas en tu calavera,
y yo me ocultaba en ti.
EN LA VENTANA
- A Nelly Villanueva
Sabe Dios lo que yo buscaba, quería encontrar
no sé qué,
una tarde,
sentía el antiguo momento del encanto, las cosas
olvidadas en el tiempo
-los objetos sin forma dentro de mí,
un rastro de ceniza y un pedazo del acre,
esos nombres inmortales en la memoria.
El ancla, en los botones dorados, y los papeles,
el polvo en el vació
- el olor,
en unas ropas de niño, unos restos, unas migas
de hace años
-y desde muy lejos, al soplo del aire en la ven-
tana,
pensé en ti:
en las nubes, un presagio de lluvia era el echarte
de menos,
con tus ojos inexplicables,
y la tarde moría.
Era un color, la ansiedad de los presentimientos:
era una sombra: el adiós,
la noche profunda en la ventana.
DESPUÉS DE TÍ
Tú no sabes el secreto -mientras vivas, no me
mires ni te acerques.
Las paredes se derrumban, me sepultan los es-
combros.
A la hora del pan, los gusanos me devoran. Es-
te cuerpo es ya mío,
bajo tierra
-aunque la alegría me corroe, la disolución es
alegría, a la hora del pan que me aniquila.
No te acerques.
Yo soy el pan.
Estas puertas son oscuras, no tienen un porqué,
no sirven para nada
-al otro lado no hay nada.
Se mira la muerte, y se transfigura, se adivina y
se pierde
-tiene una fecha, la cual se olvida.
Es un después, el cual se recuerda después de ti.
ESPACIO Y SILENCIO
Mirando la ciudad apoyado sobre una peña es-
cucho el ruido con toda atención
cada lamento cada grito cada rumor
miro en la altura mas allá de las luces me de-
tengo en el sendero con mis pasos tiemblan las som-
bras
un hálito se desprende a ratos del cielo me incli-
no sobre el abismo busco entre las breñas
entre los arbustos con calma y paciencia escu-
driño el silencio en el horizonte
alzo los ojos en pos del crepúsculo con el soplo
del viento azotando mi cara
ningún sacrificio ninguna muerte ninguna música
ninguna conjunción de los astros mis votos mis
promesas mis plegarias
el júbilo el llanto la ira la meditación la agonía
nada ha servido de nada
sé que no existes pero estas aquí
pensé encontrarte en alguna cara en una mirada
en medio del gentío
en la quietud del campo en el curso del río en el
vuelo del moscardón
traté de inventarte de alguna manera traté de so-
ñarte traté de escribirte
donde tú no estas me encuentro yo mismo a ti
te sucede lo mismo.
GRAVE RELÁMPAGO
Un grave resplandor
en las colinas
el aura de un caminante
en las fisuras del cielo
en las grietas en el abismo
el terror la soledad el olvido
con el frío intenso y nocturno
había que ir en pos de la vida
que brilla en aquella estrella
en la desesperanza
había que escuchar
silenciosamente había que mirar
el grave relámpago
una música en el fuego
el hervor en la ciudad
descendiendo poco a poco
sigo mi camino
en lo hondo del infierno
una llamarada de destruye
el soplo del como me acongoja
y sombríamente palpita
en lo profundo de mi alma
con el adiós de mi alma
es a ti a quién amo
con el amor del olvido
y con inolvidable olvido
es la luz de la partida
un adiós a quién amo
digo adiós a tus ojos
adiós a tu voz
adiós a tus manos
con un júbilo que me trastorna
adiós eternamente adiós.
II
ALGUIEN TENDRA QUE LLAMARSE CREPÚSCULO
- A Carlos Ramírez
Persiste el resplandor a lo largo del os años.
Persiste el horizonte en que resuenan y en que
se apagan mis pasos conforme discurre el crepúsculo.
Las lluvias de primavera, la espera que comien-
za cuando el año se acaba, y la visión que siempre
aparece;
este cielo de duendes, este cielo de cosas y de
sombras; persiste el caer de la tarde.
Persisten los muertos, las piedras y los cantos;
las nubes y los ruidos y las vidas;
la oscuridad, el mundo y la distancia.
Persiste el resplandor a lo largo de los años.
Pues no puede consumirse sino la verdadera vi-
da que vive del resplandor que la consume.
Muchas veces al buscar sin poder encontrarte el
crepúsculo me sorprendía a la hora de tus ojos.
Muchas veces me olvidé de ti, quise olvidarme y
recordar, y recordé que tenía que olvidarte,
acordándome de ti por lo mismo que no quería
recordarte
-el crepúsculo me envolvía en tales circuns-
tancias, perfectamente lo recuerdo.
Yo te confundía con el crepúsculo al confundirme
contigo;
tú me confundías con el crepúsculo al confun-
dirte conmigo,
y tú y yo nos confundíamos con el crepúsculo, que
nos confundía a ti conmigo y a mi contigo,
confundiéndose contigo el confundido conmigo,
para confundirse conmigo el confundido contigo.
Y muchas veces se confundían en una y misma
persona el crepúsculo y tú y yo,
y otras muchas cada cual se confundía con otras
tres personas distintas,
que con esto se volvían nueve en total, osea
cero.
Y no había tal persona llamada crepúsculo,
sino que en realidad no había persona que no se
llamara crepúsculo,
excepto las llamadas tú y yo, que sin embargo
no podían dejar de llamarse crepúsculo.
PREFIERO IRME
Ya estoy cansado no quiero hacerme ilusiones
en el país de los muertos estaré vivo
para dejar de estar muerto entre los vivos quiero
irme no me des consejos no me mortifiques no me
digas nada
tu cara me marea tu voz me limita tus gustos me
disgustan tu vida me causa malestar
ándate a dormir con tu cuerpito entre tus brazos
no te necesito para nada
si te pones a mi alcance te morderé si te pones
a espiarme te empujaré
tu sola presencia me trae mala suerte tus cade-
ras antiéconomicas me llevan al descalabro y tus cos-
tumbres también
apártate de mi vista no me molestes tu lengua
será famosa pero me importa un carajo no es nada
edificante me hace perder la fe
déjate de cosas y cositas no me hables ni me mi-
res no me expongas al crimen no quiero saber nada
contigo o sin ti me estaré y no cambiará ni el
mundo ni la vida
contigo o sin ti te estarás lo mismo que conmigo
o sin mí
prefiero morir conmigo y sin ti antes de vivir
contigo un sin mi
odio el escándalo no grites no provoques el cu-
chillo no toques en ti no encuentro la solución
eres buena pero mala eres bonita pero fea sa-
brás bailar pero no cocinar no seas así
con tus cabellos despeinados a la última moda
me haces cosquillas se ha hablado se ha visto se ha
pensado se ha estudiado demasiado
por favor no metas bulla no me tengas sobre as-
cuas no me digas buenas noches por favor desaparece.
LA CANASTA DE LANA
Queriendo sin poder me soñaba en este cuarto
durmiendo y me soñaba pudiendo,
haciendo sonar una canasta de lana para quedar-
me durmiendo,
y queriendo que vengan que no vengan y que ha-
gan que no hagan sonar una canasta de lana hacien-
do un daño sin querer,
Ilustrando una música japonesa que me hace llo-
rar recordando mas no escuchando,
evocando una escena inevocable que por pura
suerte puede evocarse,
como quien dice:
ahora que esta señora evoca hablando y aquel se-
ñor habla evocando,
como quien dice:
"Ven aquí, lora; hagamos sonar esta canasta de
lana", quedando todos contentos con esta música ja-
ponesa que me hace llorar evocando,
y que sigue ilustrando y sigue soñando y sigue
tocando toda la noche.
III
LA PARTIDA
Por tu modo de morir, por ese modo de conocer
yo adiviné,
viajabas en la antigüedad.
Tus ojos miraban mi manera de vivir, mi manera
de ser,
tú sabías estas cosas.
Un abandono misterioso, un permanente silencio.
Unos latidos en la lluvia y tú,
en esta húmeda oscuridad, y también mis hue-
sos, yo siento la pena infinita con que me van a dejar.
Te lo ruego:
cuando mires no me mires.
DICIEMBRE
- A Alvaro Díez Astete
Una llanura en el cielo pasa volando sobre el ca-
mino
-es una suerte mirar esta imagen, sumergida
en mi edad,
perdida en el tiempo, bajo la sombra del agua.
Imagen que no tiene tiempo,
eterna y siempre nueva,
ésta es una imagen.
Como los días, como las noches.
Un acontecimiento, sin principio ni fin.
NI UNA PALABRA
-A Edgar y Maritza
Unos ojos miran con fijeza, el olvido amanece
en la penumbra.
Un ruido de muerte se escucha allá, en el hilo
de la luz
-en la penumbra,
ni una palabra.
Es la respuesta que guardabas tú.
TE DOY ENCUENTRO
En los cuartos vacíos la forma de tu cabeza
-en esta calle, el olor del viento,
y tu voz.
Mas yo guardo el secreto.
Abro esta puerta, siempre visible, siempre a mí
alcance
-en tu lugar hay un lugar.
Yo no me muevo;
te pierdo de vista,
y te doy encuentro en un punto muerto de la re-
dondez del mundo.
EN PRIMAVERA
Alguna cosa ha de romperse bajo el secreto sol,
mientras la luz se retira del recinto que yo me
asigno.
Por qué tendrá que tener una fatalidad cada mú-
sica -una voz, una forma, un deslumbramiento.
Cuestiones importantes y graves, rara vez no ve
uno derrumbarse las cosas
-y eso que no debería de fenecer lo que nace
de por sí.
Pero no se puede reformar el mundo. Es negocio
de ponerse a llorar, o hacer no sé qué.
AQUI
En la distancia, en el silencio, en los reinos de la
infancia,
alguien lloraba por mí.
Tu antigua mirada ocupaba el espacio, y la eter-
nidad renacía, y la juventud.
Una gota de agua, en lugar de mí.
EN LA ALTURA
Te mire de cerca, era propicia La primavera en
la altura.
Era visible el resplandor en tus entrañas, la re-
velación de mi afecto por ti,
su causa y secreto
-y se cayó la noche.
DECIR ADIOS
-A Rubén Vargas
Qué pasará en el fondo del abismo -qué será
de ti, estamos solos.
Decir adiós
es muy sencillo,
mas el adiós no tiene término.
Es como la vida,
una sustancia del tiempo que se acumula en
el tiempo
-de muchas vidas ajenas vive la vida, la pala-
bra adiós no significa nada.
Te quedarás para siempre, eres el adiós.
UNA PIEDRA
Buscaré en el confín del horizonte, en la oscuri-
dad del recuerdo y más allá de él,
alguna presencia acolta en mi presencia
-buscaré más allá del miedo y del olvido, y me
iré de mi.
Buscaré un tú en algún yo, un mí en algún ti, una
piedra.
El que yo no esté importa poco.
Allá me quedaré.
EL ENCANTO
-A Carlos Alfredo Rivera
Seguir el camino bajo la tormenta o bajo el sol
quemante,
día y noche y con toda calma,
tal vez mejor que volver a la Mirada en pos del
encanto,
cómo será.
Al fin y al cabo, alguien te espera y te quiere
siempre
-y tal el olvido, tal el adiós.
Ha sido un fue, siempre una nube. Una sonrisa
en la distancia
-y tal el encanto.
EL ECO
El planeta que habito fue descubierto por mí, yo
conozco el camino.
Un túnel cuya boca se abre
cuando el planeta se cierra.
Con el terror de la ciudad y con el estruendo del
eco en la montaña,
me siento aterrado;
cual un animal del tamaño de la ciudad volando
en la espesura del túnel,
buscando tres pies al gato.
NO VA NI VIENE
Qué pasara con sus cosas. Que pasará con sus
muebles. Es un hombre ya viejo,
con un pie en el sepulcro, y no tiene a nadie.
Y tiene papeles: parece que escribe libros: qué
pensará.
No va ni viene, y ni quién lo busque.
En realidad, vive entre cuatro paredes, es un
hombre raro; un inocente
-y parece un condenado.
Alguien que lo vio en el corredor se puso a tem-
blar de puro susto.
Arrastraba los pies y torcía los ojos; miraba con
odio, y la cabeza le bailaba sobre los hombros;
maldecía y escupía con locura.
Dicen que su padre era cura, y por añadidura,
aseguran que su abuela era bruja
-mejor no meterse.
YO L0 VI
Hay muchas cosas en un cuarto oscuro.
Cajones inclinados, unos bultos, montañas de ba-
sura y fierros retorcidos,
unas tablas que no sirven para nada y con lar-
ga lengua colgante,
un muerto formidable.
Yo lo vi.
Quién sabe qué haría este hombre.
Unos policías vieron en sus pantalones una man-
cha y lo llevaron preso;
buscaban al acecino de una Nina.
Lo interrogaron y lo golpearon a matar; él no di-
jo nada -no quiso hablar.
Silenciosamente y con temblorosas manos, se
limpió la cara ensangrentada,
y se quedo acurrucado en el rincón -mas en la
oscuridad se sintió solo;
en la alta noche, tuvo miedo.
Por suerte para él, encontró un cable de luz y
se ahorcó.
IV
LAS OBRAS
-A Arturo Orias Medina
Las impenetrables obras de mampostería son
obras olvidadas,
las obras que a lo lejos parecen quedarse más
allá de la muerte
son obras que pasan veloces por el camino.
En estas obras, en las obras en que se vislum-
bran las formas del secreto,
pongo los ojos a la hora del crepúsculo,
conforme subo por el camino en dirección opues-
ta a la ciudad,
adivinando una presencia que, en simetría con
la realidad verdadera,
jamás dejará de ser como lo que es en sí misma,
vista de espaldas.
Mascando coca con el rescoldo, mirando unos ca-
minos que pasan y suben y bajan,
alguien me mira,
sentado sobre una piedra, en la colina algún
viajero, con inmensos años de misterio;
de mirar indiferente, sombrero negro y peque-
ñas manos
-pequeñas manos, y pequeños ojos.
Según el cansancio que me aqueja y según la as-
pirina que tomé,
esta intensidad de la vida en el abismo que se
abre a mis pies
me parece increíble,
no hay para que imaginar ni inventar nada.
Con mirar basta.
SEGÚN ESTOY PERSUADIDO
-A Jaime Taborga V.
Todos viven en uno
-yo, tú, ellos.
Todos vivimos en todos, nadie vive ni muere, y
cada cual se esta por su lado
-pero nadie sabe lo que pasa.
El mundo es una conjetura, según estoy persua-
dido.
La forma que te atribuyes tú a lo que yo me atri-
buyo es la que él asume.
Movimiento y forma son una y misma cosa, y no
hay tal redondez del mundo,
pero sí una forma que incesantemente se trans-
forma en virtud de los movimientos del tiempo,
los cuales ya se comprimen ya se expanden en
las espirales, en las esencias y en las existencias, o
en los reinos del caos,
para retomar a la partícula primordial, o para
alejarse hacia las regiones de lo increado y lo no
creado,
en donde nada pasa por más que pasa, y en don-
de todo pasa por más que no pase;
debiendo de encontrarse precisamente allí la
causa última de la forma,
según estoy persuadido.
MIENTRAS NO SE LEVANTE
-A Humberto Quino
Ese hombre, abandonado del mundo y
de él mismo,
que yace en plena calle mientras todos pasan y
escupen sobre su cuerpo,
así se quedará, mientras no sea capaz de incen-
diar y de matar y mientras se esté sin hacer nada,
mientras no se levante y haga arder lo que no
sirve, no podrá vivir,
las moscas se lo comerán.
Y parece mentira:
ese hombre se esta ahí, botado tranquilamente
en plena calle y nada le importa
-la lluvia no le importa
el calor no le importa
el frío no le importa
el hambre no le importa
la injusticia no le importa
y tampoco la vida, porque se dejo llevar por un
invento que la gente de mala fe ha llamado mala
suerte,
y porque no supo pisotear a tiempo esa mala
hierba que yo llamo piedad ese hombre esta ahí,
con la boca abierta y los ojos cerrados mendigan-
do entre sueños una palabra de amor,
porque no supo sacudirse del miedo ni supo mear-
se en el que dirán, ni supo ser fuerte,
y porque en lugar de mandar al demonio a quie-
nes lo miraban desde arriba y le torcían los ojos, ha
mirado desde abajo y se ha humillado,
sin sospechar que lo que querían era verlo bota-
do en la calle como un perro,
por lo que precisamente lo torcían los ojos
cuando lo miraban.
Y por haber ido a beber y haberse puesto a llo-
rar, y por no haber procedido despiadadamente y no ha-
berse matado de risa,
ese hombre esta ahí,
en espera de que alguien se digne darle una ma-
no, cuando no una buena patada.
Incapaz de hacer algo por la patria y por el estó-
mago, incapaz de ponerse la mano al pecho y levan-
tarse y asumir una actitud radical,
el muy infeliz no se sintió capaz de enfrentarse
con la ignominia, con el oprobio, con la iniquidad y
con la degradación que azotan al mundo,
habiendo visto por conveniente emborracharse
y soslayar todo problema, para luego lamentarse, tro-
pesarze caerse de barriga y hacerse el muerto, con
el secreto deseo de inspirar compasión.
Y por eso, precisamente, los rufianes y los si-
muladores pasean su indignidad por las calles,
mientras los hombres auténticos son mal vistos,
por eso precisamente;
pues él tiene la culpa de todo.
LA CIUDAD
-A Blanca Wiethuchter
y Ramiro Molina
Con el humo y con el fuego, mucha gente apa-
gada y silenciosa,
en una calle, en una esquina,
en la alta ciudad, contemplando el futuro en bus-
ca del pasado
-en las entrañas sutiles el relámpago nocturno,
en el ojo caviloso, las meditaciones se vuelven
agonía.
En otra época, la esperanza y la alegría servían
para algo -era invisible el paso del tiempo,
y la oscuridad, una cosa invisible;
tan solo revelada a los infinitos ancianos avan-
zando a tientas que procuran palparte para saber si
entre ellos no estas tú,
mientras procuran palpar a unos niños a quienes
creen palpar, no obstante que estos los palpan a ellos
y se confunden con ellos a tiempo de palparte a ti,
palpando a solas un manto de oscuridad que fue
tejido con una tristeza sin limites por algún habitante,
muerto y perdido en esta oscuridad transparente
que es la ciudad en que actualmente habito yo,
habitando una ciudad en el fondo de mi alma que
no habita sino tan sólo un habitante
-y tal una ciudad llena de chispas, llena de es-
trellas, llena de fuegos en las esquinas,
llena de carbones y de ascuas en los aires,
tal una ciudad en que muchos seres solitarios y
alejados de mi, se mueven y murmuran con desti-
no que el cielo ya no sabe,
con unos ojos, con unos ídolos, y con unos niños
que ese mismo cielo arrebató,
sin más vida que la vida, sin más tiempo que el
tiempo,
amurallados en las grandes paredes del fuego y
del olvido, mecidos en el vaivén de las desesperan-
zas,
llorando calladamente con esta ciudad que se
hunde.
Y ningún ángel o demonio en este pozo de silen-
cio.
Solamente los fuegos a lo largo de las calles.
Solamente los contornos helados de las sombras,
la calma de un sol que se retira.
El soplo de un alba que por última vez amane-
ció, el chirrido de las puertas con el viento,
Los ámbitos que estallan y que se dispersan, y las
formas que se funden con las llamas,
los signos y los cantos,
con una angustia muy recóndita, en el suelo y
más allá del suelo,
y la respiración de los muertos, las lluvias ince-
santes,
el abandono con sabor de pan, en una casa que
entre sueños me persigue,
los patios y las gradas, los seres y las piedras,
y los corredores infinitos;
las ventanas que se abren al vació y se cierran
al espanto,
los cuartos en que me pierdo y los rincones en
que me oculto
-las lóbregas paredes y el húmedo musgo, los
confines en los cuales busco no sé qué,
ocultándome del vasto olor de las costumbres.
Ninguna voz, ninguna luz, ningún testimonio de
mi antigua vida,
Solamente los fuegos,
inextinguibles aunque siempre menguantes, y
tan solamente los fuegos.
El desolado portento del fantasma que una vez
se llamó la juventud
-en mi ciudad, en mi morada.
MIRANDO COMO PASA EL RIO
-A Leonardo Garcia Pabón
Llegada la hora hablaré contigo, mirando cómo
pasa el rió, al lado del rió.
Con el perfil de tu frente, con el eco de tu voz,
difundiendo mi voz en lo profundo,
en las grandes amplitudes en las cuales el ojo
de la muerte ha mirado, conocerás la palabra oculta.
Donde el viento permanece. Donde el vivir se
acaba y donde el color es uno y solo.
Donde el agua no se toca, y donde la tierra no
se toca; donde tú sabes estar, en mi estar invisible,
en estado milenario
-de obras, de olores y de formas; de animales,
de minerales, de vegetales en el tiempo.
En el tiempo del tiempo. En la raíz del presen-
timiento. En la semilla, en la angustia,
solamente tú conocerás la palabra oculta.
La soledad del mundo. La soledad del hombre.
La razón de ser del hombre y del mundo
-la soledad circular de la esfera. El crecimiento
y el decrecimiento;
el cierre de la cosa hermética. El cierre hermé-
tico de la cosa.
El ingente, el incalculable -el inconmensurable
sepulcro indiviso y vacío .
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