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El poema es el Tinku donde el poeta indaga hasta descubrir que otros mundos son posibles. (Angelo:tinku.org)
En el 20 aniversario de la muerte de Jaime Saenz. Esta página le rinde homenaje y le hace parte de su Tinku al gran poeta que pensaba, no así un pensador que escribía poemas. Saenz dialogó con su época en soledad y profundidad, no vivió vinculado a un momento histórico, ni algún movimiento literario. En la poesía boliviana de los 60 - 80:s Jaime Saenz representa uno de sus más altos momentos.
Si la condición humana es ser viviente, y la otra, ser mortal. Para Saenz, fue la poesía y la muerte. El poeta rechaza al mundo tal como es, no pretende confirmar una verdad revelada, como el creyente, ni fundirse a una realidad trascendente, como el místico; ni demostrar una teoría como el ideólogo. El poema es el Tinku donde el poeta indaga hasta descubrir que otros mundos son posibles. (Angelo:tinku.org)
Por: Carlos D. Mesa Gisbert
La Prensa
Saenz afirma que recorrerá la distancia a la muerte de espaldas a la morada del deseo, porque solo así parece posible encarar el encuentro definitivo con el hecho definitivo de morir. A la vez, solo el deseo es la afirmación de la vida...
Recorrer esta Distancia* es el camino a Ítaca, es el debate del tiempo, es el corpus de la cosa acabada. Saenz recorre la distancia de la mortalidad inmortal. Es "el secreto que fluye, del tiempo que se detiene, del fuego que se consume y del hielo eterno y presente". Contradiciendo a Cioran que dice que no es bueno que el hombre recuerde a cada instante que es hombre (para demostrar su propia visión de la sangre polar durante siglos), Saenz se da a la tarea de recordarlo a cada instante. Es la discusión sobre la mortalidad, que no es otra que el de la convención del tiempo como medida de esa finitud y que plantea el problema de los tiempos del tiempo. El presente es el único tiempo, que es finito y perecedero en cada fragmento de un fragmento. Recorrer, justamente, esa distancia es la propuesta reflexiva del poeta.
"Toda concavidad en el seno de la tierra, toda oscuridad que desciende, se quedará para siempre".
Saenz, igual que todos quienes miran y sienten y expresan al hombre en su compleja oscuridad, está a salto de mata entre la introspección que descubre que sólo el amor (humano) redime y la constatación de la gigantesca dimensión del espíritu. El juego trampa es la tentación de la inmortalidad, de cualquier manera, o mejor aún, de una manera poética; "toda alma se diluye en las aguas torrenciales con el alma universal". La conexión con el universo en el transcurrir de la vida que es una y son muchas todas, que son en suma la mortalidad inmortal. Lo difícil es no decir nada, pero no hay que decir nada, dice el escritor.
Grandeza y miseria, la cima y la sima. "Todos conspiran contra todos y se muerden y se despedazan los unos a los otros; jamás se mueren de hambre y comen caca, coman o no coman caca...". Sólo el silencio, terrible e inmenso, sólo tu silencio terminará con ese camino colectivo de destrucción. Sólo el mutismo reventará a esa jauría perdida en el tiempo de las cosas pequeñas. "Presiento..", dice el poeta "un lóbrego día...una noche interminable como la inmortalidad". En la búsqueda del misterio, finalmente la inmortalidad puede ser una maldición, una condición de la que nos libramos, no -como predica la visión espiritualista del Dios supremo- por el camino de la redención del alma. Se puede entonces adivinar el júbilo de un próximo acabamiento. Cuando el poeta presiente un "no sé qué", un algo inexplicable, el presentimiento es en realidad la conciencia de lo transcurrido, la presunción del final de ese transcurrir, la intuición de que el final, el del tiempo, el de la vida, el del presente, será una salida natural, el acabarse inestimable del cuerpo y el espíritu mortales.
El poeta, como otros poetas y filósofos, se ubica en el centro, en medio de dos eternidades; la de arriba, la de Dios ; la de abajo, la de un inasible demonio que no es otra cosa que "la lóbrega noche interminable". El espacio del hombre es el del tiempo, el del transcurso, el del camino, el de la ruta fascinante hacia una Ítaca que será la muerte. Así dice Saenz: "La hermosura de la vida es un hecho que no se puede ni se debe negar, por el milagro de vivir... por el milagro de morir". La vida, por eso, fluye y pasa, es esencialmente un tránsito. "Rasgando el horizonte o sepultándose en el abismo", aparece y desaparece la verdadera vida.
El tránsito no es el sueño de Calderón, la irrealidad de una materialidad inferior y despreciable, ni la esperanza de la verdadera vida más allá de la muerte. Ése es el rasgo distintivo de este tránsito que celebra y sufre, porque es el lugar esencial y único, aquel, que como presente eterno hasta que la muerte lo descabeza, define la alegría del milagro. Milagro nacer, milagro vivir, milagro morir.
El hombre solo se encuentra siempre con otro (a). "En el aislado mundo del que nada fluye, como no sea el perdido encanto, lo que me remite a ti". "Echo de menos..." dice, "...algún dolor que era tuyo, que se reunía con algún dolor que era mío... en lo profundo de tus ojos, en que echo de menos lo profundo de tus ojos".
El juego está entre el deseo y el miedo. Porque Saenz afirma que recorrerá la distancia a la muerte de espaldas a la morada del deseo, porque sólo así parece posible encarar el encuentro definitivo con el hecho definitivo de morir. A la vez, sólo el deseo es la afirmación de la vida, el encuentro cotidiano de uno con el existir. En esa paradoja reside el texto, allí también se puede encontrar el desgarramiento perpetuo que el final del tiempo matará o resolverá para todo y para todos.
El poeta vuelve -recurrente- a la idea del abismo como una suerte de totalidad, porque nadie ha estado en el abismo, porque nadie conoce el abismo, ni ha sentido su olor, por eso no se puede hablar de sabiduría entre los hombres. Sólo la muerte, el dejar de vivir, otorgará la sabiduría. Otra vez el horror a la eternidad y el deseo íntimo de la eternidad como salto al conocimiento, a la sabiduría. "El amor te lo dice, el mundo y las cosas todas, estar muerto. La oscuridad nada dice".
De pronto, categórico, implacable, Saenz afirma en la pregunta "Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir, y la vida es otra cosa. Vida y muerte son una y misma cosa".
Otra vez el misterio de lo que permanece y lo que es evanescente, lo que está y deja de estar después de haber sido pronunciado. Las palabras testifican la irreversibilidad del tiempo, confirman el transcurso implacable de las cosas, de los seres, de los humanos y lo humano. Todo, entonces, se concentra en ser. No te vas, no te quedas, sólo eres tú mismo. Todo se queda y nada se queda, sólo se es uno. Saenz afronta la cuestión crucial, el escenario del tránsito, el tiempo. "Nunca hubo tiempo; nunca ha sido nada; el humano todo lo tiene -cosa grave es la esperanza. Decir adiós y volverse adiós es lo que cabe". El término es ahora profano, pero es también una evocación. Volverse adiós-volverse a Dios. Es una afirmación y una negación. En definitiva la mortalidad es la grandeza, porque se cierra sobre uno y nada más.
* Saenz, Jaime - Recorrer esta Distancia, La Paz 1973, impreso en Cooperativa de Artes Gráficas E. Burillo, 36 pp. con tapa ilustrada por el autor.
EL POETA
Una vez más la paradoja
El último poema es, otra vez, estar con otro, compartir la soledad intransferible. Una vez más la paradoja, como paradojal es todo lo que al humano toca. "Qué mano habrá sido tocada por esta mano...qué boca habrá sido besada por esta boca... a la hora última en que llega este aire, cargado de presentimientos. A la hora final del encantamiento, en que el mundo se hunde en algún lugar... Más allá del más allá de todos los caminos, en que trasciende el olor de este cuerpo que amo, en que trasciende el olor de esta alma que amo". Más allá, trasciende el cuerpo y trasciende el alma.
Muriendo encuentra la sabiduría, muriendo se salva por el amor que es el alimento de la distancia recorrida, que es el sino de una mortalidad que de espaldas al deseo terminará, pero que alimentada por el deseo perdurará por siempre, más allá del tiempo. Será uno y él mismo, alimentada -sola- por el amor que no es otra cosa que el otro y uno. La soledad del poeta sólo podrá comprenderse en el otro y con el otro y sólo podrá despojarse del desconocimiento siendo uno en el trance del comienzo y del final del camino. Porque nacer, vivir y morir es un milagro que el poeta celebra, deseando comprender el abismo al que solamente lo llevará la muerte.
AL PASAR UN COMETA
Por: Leonardo Garcia Pabón
Al pasar un cometa de Jaime Saenz comprende poemas escritos entre 1970 y 1972. cronológicamente se sitúa entre El frío (1967) y Recorrer esta distancia (1973), y forma parte de la evolución de la escritura de Saenz, que culmina en Recorrer esta distancia y cuyas prolongaciones son Bruckner y Las tinieblas (publicados en 1978). Pero su lugar en esta evolución es bastante especial puesto que no es un momento más en el desarrollo sino un alto en el camino en el que se reúnen las preocupaciones poéticas de Saenz antes de dar el paso a otro espacio poético.
Al pasar un cometa se diferencia de sus otros libros en que no es un libro -poema sino un conjunto de diversos poemas. Lo que le da -precisamente- una frescura y una intensidad diferentes. Frescura por la ausencia de una fuerte estructura general dominante, lo que permite acceder en actos únicos a sus diferentes temas y preocupaciones. Cada poema es como una pasión erguida que no espera ni intenta una prolongación, que desafía al "discurso poético" y donde la unidad del libro esta mas en una transversalidad que en una continuidad. La intensidad, a su vez, se da también por esta particularidad: cada poema es un instante de deslumbrante aparición de lo poético y de la belleza, un abismamiento en lo tocado por su escritura.
Todo esto hace que este libro sea uno de los más apasionados de su obra poética. Por eso el amor es una de las presencias más acentuadas. Amor a la mujer, a la ciudad, a la muerte, al adiós. Sobre todo al adiós, que en su tensión con el amor crea la particular visión de Al pasar un cometa:
"Al fin y al cabo, alguien te espera y te quiere siempre - y tal el olvido, tal el adiós".
Al pasar un cometa permite la aparición de muchos caminos poéticos, que han ido conformando la poesía de Saenz, en su propio espacio y en toda su pureza, y prepara, al mismo tiempo, la posibilidad de otro espacio: la escritura como preocupación poética.
Jaime Saenz (La paz, 1921) ha publicado, además de los libros ya citados, El escalpelo, Muerte por el tacto, Aniversario de una visión y Visitante profundo, todos libros de poesía. También ha publicado Imágenes paceñas (narraciones) y Felipe Delgado (novela)
TEXTOS PÒSTUMOS
Jaime Sáenz
El inventor de la campana
El inventor de la campana se me aparece entre sueños y se me queda mirando silenciosamente.
Es un esqueleto ya desvencijado y gastado por el tiempo y sus huesos raros y no siempre quietos suenan como carambolas.
Ya tal esqueleto es más bien un hombre alto y de noble porte aunque cubierto de herrumbre y con unos dientes y con unas barbas que crecen a ojos vistas.
Se me aparece entre sueños y con aire desvelado me cuenta muchas cosas.
A la indecisa luz de una claraboya me muestra un metal oscuro y espectral que sólo él conoce y con el que infundió un día un metal de infinita profundidad a la más grave campana que jamás haya fundido.
Sus manos de bronce resplandecen con fulgores que no son sino sonidos que se detienen en el tiempo y que se hacen perceptibles a lo lejos.
Tiene el instinto del caracol y la sabiduría del mineral y habita una campana que sólo resuena para escucharse a sí misma.
Guarda el secreto de las fundiciones y de las temperaturas y conoce la vibración que suscitará el badajo para resolver el sonido y sabe el espacio que recorrerá la onda para llegar a destino.
Jamás olvida que sus virtudes mágicas manan del sufrimiento y tienen un ojo para mirar lo mirado y otro para escuchar lo escuchado y tiene un oído para escuchar lo que mira y otro para mirar lo que escucha.
Se me aparece entre sueños el inventor de la campana y después de ponerse pensativo se queda inmóvil y absorto.
Y con estatura de gigante alza los brazos al cielo y me hace señas misteriosas como para dar a entender que no en vano ha trabajado mil años y que por eso mismo seguirá trabajando con siempre renovado fanatismo.
Capaz de transmontar muchas orillas desde los confines del silencio que palpita en sus adentros me mira con ojos cóncavos que evocan perdidas resonancias y antiguas juventudes.
Incansablemente vaga por los caminos en busca de una campana que sin embargo está siempre a su lado y se pregunta qué vientos soplan y qué lluvias caen y recorriendo rutas y páramos y desfiladeros de petrificados ríos medita y encuentra angustia y solaz al golpe de la campana.
De las cartas a Bertha
1.12.42.
No soy, jamás he sido un habitante de ese país. Aunque lo fuera, no sería dable que tanto te alarmes, y me digas: "cómo llegaste hasta tan peligroso lugar?". En cierto modo, en mi carta de siete hojas encontrarás una respuesta a todo lo que me dices en tu cartita, pero, concretando, amada mía, es necesario que comprendas una cosa: que soy un poeta y nada más. Y el hecho principal consiste en que ese pequeño mundo de que tú hablas no es un país de sueño ni está dentro de la irrealidad; es más bien un mundo, el más real y verdadero que puede haber. Hablando en forma clara y dando el denominativo que se le debe dar, se trata nada más que de una "elite" que hay en todas partes del mundo, constituída por los mejores y más excelentes hombres. No incurro en miserable vanidad ni pobreza moral al decir esto ya que yo sé quién y cómo soy; me hallo, además, en condiciones de asegurarte que soy un poeta, en todo el hondo sentido que encierra esta palabra.
Así, pues, amada mía, no hay por qué alarmarse, estás frente a un artista muy singular y tienes el deber de amarlo, y apreciarlo en todo su valor.
16.2.43
Bertha:
Acerca de la morgue y la poesía. Sin duda alguna, la morgue, como es natural, me infunde respeto y cierto pavor, pero, para no darte lugar a malas interpretaciones, he de decirte que la morgue representa para mi, una belleza fracasada, es decir, el caos de una belleza.
Claro que ahí no hay belleza; no existe belleza; pero hay infinita sugerencia, precisamente por las razones que tú expones, y además por esa sugerencia fantasmagórica, de una belleza que pudo haber sido pero que no es. Te explico que ese depósito me causó una impresión profunda, precisamente porque hice flotar sobre él, algunas angelicales melodías de Mozart: ¡qué contraste! Un contraste que forjaba de inmediato un poema.
Así, pues, Bertha, te ruego no creer que yo me he burlado neciamente de ese cuadro, que es sencillamente conmovedor.
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