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Habrá que cuantificar cuántas toneladas de carne, cuántos containers de vestimenta y cuántos pares de zapatos incrementarán el flujo comercial con Estados Unidos tras la visita del presidente George W Bush, y de ello habrá que deducir el costo, para el gobierno y el Frente Amplio (FA), que insumirá la presencia del mayor terrorista mundial, en rubros no materiales como soberanía y principios.
La ecuación tiene un costado absurdo: no hay una relación lineal y automática entre una visita oficial y una modificación de la balanza de intercambio comercial. Pero sí permite ejemplificar un extremo que se exhibe como constante: la política exterior parece reducirse a cuestiones económicas, inversiones, exportaciones, aranceles, cuotas; o, en todo caso, las cuestiones económicas son elevadas a un plano tan sustantivo que el resto de las cuestiones son relegadas a un último plano.
Desde el presidente para abajo, los líderes del FA han reiterado un concepto universalmente aceptado: las relaciones comerciales entre países hasta cierto punto son independientes de la valoración que se tenga de los mandatarios de turno y de sus políticas; de la misma manera que, hasta cierto punto, es aconsejable diferenciar a un pueblo de las políticas que despliega su gobernante.
La visita de Bush hijo expresa en dimensiones extremas esa contradicción. Las ambiciones uruguayas de profundizar sustancialmente las exportaciones a Estados Unidos y ganar nuevos espacios de ese inmenso mercado para nuestros productos, no sólo incurre en el peligro de aceptar contrapartidas comerciales que en el mediano plazo pueden ser -seguramente lo serán en materia de patentes y propiedad intelectual- lesivas para nuestro interés y desarrollo, sino que implican "olvidar" todo aquello que representa el rostro imperialista, agresor, genocida, de Bush.
¿Acaso no existen fórmulas para congeniar los dos elementos de la ecuación? ¿Acaso nuestros gobernantes y nuestros dirigentes políticos son incapaces para encontrar soluciones al problema? ¿Es incompatible el recibimiento a un jefe de Estado extranjero con la reafirmación de principios y de posturas históricamente defendidos? La solución "salomónica" que la dirección del FA adoptó ante la visita de Bush sugiere incapacidad o falta de voluntad. La presencia de Bush, con la fresca experiencia de Afganistán, Irak y Guantánamo, inevitablemente despertaría en nuestro país una onda de repudio tal como se está generando en todo el continente a raíz de este tardío interés del inquilino de la Casa Blanca por América Latina.
La dirección del FA optó por abstenerse de convocar a sus simpatizantes a participar de las marchas de protesta y resolvió "dejar en libertad de acción". El argumento difundido por quienes rechazaron la propuesta de convocar a las manifestaciones fue el de "evitar crearle un problema al gobierno". ¿Por qué la adhesión a una protesta contra la política exterior de Bush significaría un problema para el gobierno? ¿Acaso el gobierno y el FA no representan planos distintos? ¿En qué medida un pronunciamiento de la fuerza política podría afectar las negociaciones que Bush y Vázquez emprenderán mañana, sábado, en la estancia de Anchorena? Y más aun: en el supuesto de que tales protestas interfirieran en el tono del diálogo, ¿el presidente de los uruguayos no tiene margen para superar el inconveniente y anteponer el logro de sus objetivos? Si así fuera, que no lo es, las condiciones serían inaceptables.
Por contrapartida, la solución "salomónica" provocó otro tipo de problemas, que desgastarán la interna del FA. Por lo pronto, la abstención engendró la rebeldía en las bases, y 13 coordinadoras resolvieron participar de la marcha convocada por el pit-cnt y otras organizaciones sociales. Otro tanto hizo el mpp, cuyos delegados en la Mesa Política se abstuvieron de pronunciarse, pero cuya dirección convocó a sus militantes a integrarse a las protestas; el Partido Comunista ya había decidido su participación en la marcha, antes de la discusión de comienzos de semana. La actitud del mpp sugiere una percepción distinta del problema: su principal líder, el ministro José Mujica, al parecer no considera que la participación de las bases de su sector en el rechazo a la política exterior del gobierno de Estados Unidos pueda condicionar o afectar la negociación que Vázquez mantendrá con Bush en temas al parecer vitales.
No es la primera vez que el FA se embreta en estas disyuntivas. El mensaje es claro: la "responsabilidad de gobernar" obliga a estos tragos amargos, aun a costa de desdibujar su identidad. Una definición clara, comprometida, sobre la responsabilidad de Bush en los dolores que laceran al mundo, claudica ante una postura timorata, esquiva y sobre todo errónea de la forma de encarar estos "problemas" que seguirán ocurriendo, porque el FA es una fuerza de izquierda.
SEGURIDAD Y SOBERANÍA
No hay una explicación razonable para estas "buenas maneras" innecesarias. Como no la hay para la aceptación de situaciones de hecho admitidas como inevitables. La presencia del jefe del país más poderoso de la tierra -cuya política ha dejado en claro cómo concibe ese poder- exige un despliegue de seguridad personal, y en cierta medida las pautas de seguridad de los servicios secretos de Estados Unidos aportan tranquilidad al gobierno nacional, por la responsabilidad que asume al recibirlo en territorio nacional.
En este caso, la seguridad de Bush requirió la presencia de diez aviones y cinco helicópteros, un personal de 1.200 efectivos entre militares, marines, agentes secretos y custodias, y un volumen impresionante de material de alta tecnología. Además, la presencia en nuestras costas del portaviones uss John Kennedy y un número no determinado de lanchas con equipos de hombres-rana.
Para evitar cualquier atentado contra el hombre que más odios concita en el mundo, cuatro aviones awac vigilarán el espacio aéreo en tareas de rastreo permanente. Tres aviones cisterna kc-135 aprovisionarán de combustible en vuelo a las aeronaves rastreadoras. La vigilancia del espacio aéreo exige que tres de esos cuatro aviones estén en operaciones las 24 horas del día. Cinco helicópteros militares atenderán el desplazamiento de efectivos y complementarán la cobertura de vigilancia en Montevideo y en Colonia. Finalmente, comandos de la denominada fuerza Seals de la Armada de Estados Unidos realizarán una vigilancia de las costas de Montevideo y de los arroyos de Colonia.
Las pautas de seguridad de los servicios estadounidenses exigen que durante tres días se imponga una zona de exclusión permanente que tiene como centro el Radisson Victoria Plaza -donde se alojará buena parte de la comitiva- y una zona intermitente de exclusión que abarca la rambla costera, por donde se desplazarán los vehículos del mandatario y su comitiva. Algunas medidas pueden parecer extremas: los vecinos que ingresen a la zona de exclusión en el Centro serán acompañados hasta su destino por personal policial uruguayo; y en la rambla cualquier vehículo estacionado será considerado como un posible coche-bomba.
Se informó que todas las actividades de seguridad desplegadas por el personal estadounidense son coordinadas con las autoridades militares, policiales y de Presidencia uruguayas, las que serán permanentemente informadas.
La cuestión que surge es hasta qué punto las autoridades uruguayas tuvieron capacidad de debatir el alcance del despliegue de seguridad. Algunos extremos afectan la soberanía: de hecho, durante tres días Estados Unidos asume el control del espacio aéreo uruguayo, y también incursiona en el control de las comunicaciones. Por ejemplo, la seguridad de Bush exige que en el Centro de Montevideo las comunicaciones con celulares sean "distorsionadas" (es decir, eliminadas) con el argumento de que una llamada desde un celular puede activar una bomba. Para ello operarará en la zona un sofisticado dispositivo controlado, claro está, por los equipos de seguridad de Bush.
Afortunadamente, el presidente de los uruguayos no enfrenta los riesgos de su colega estadounidense, de modo que en sus visitas a Washington no fue ni será necesario interferir las comunicaciones de celulares en las inmediaciones del Capitolio o de la Casa Blanca. Pero, en todo caso, ¿las autoridades estadounidenses hubieran accedido a tal exigencia?
El domingo al mediodía Uruguay reconquistará el control de sus comunicaciones y del espacio aéreo. El balance posterior dirá si valieron la pena tales sacrificios en materia de soberanía y de conflictos internos.
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